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Un castigo ejemplar
Escrito por Dómina Ama

Era un viernes normal. Un viernes cualquiera de primavera. Pero estábamos llegando al fin de semana, y ese en concreto lo teníamos para nosotros. Sin planes ni interrupciones por delante, la vibración de mi smartwatch acudió puntual a su cita a las 6:30 de la mañana.

Hice lo que Ella me ordenó hace meses, y que hace que cada día sea maravilloso desde que comienza. Silenciosamente salí por mi lado de la cama, y medio dormido fui al baño. Hice pis sentado (otra de las rutinas que Ella estableció casi al principio), me lavé la cara y las manos, y cuidadosamente deshice la cama por los pies, para poder meterme bajo las sábanas y lamer sus bonitos pies.

Estuve un buen rato, como cada mañana desde que vivimos juntos, dedicándome con esmero a sus pies. Dedo a dedo pasaba mi lengua por ellos, los lamía, los chupaba y a medida que irremediablemente iba excitándome iba metiendo su pie entero en mi boca, metiéndolos hasta la campanilla.

Después de diez minutos, fui subiendo por sus piernas, y en ese momento cambiaste tu postura y te pusiste boca arriba. Lo identifiqué como una señal de que podía dedicarme a tu coño, pero como siempre hago, comencé a lamer tu culote de encaje. Notaba mi lengua rozándose contra el tejido de encaje y estaba deseando alguna señal, pero después de cinco minutos sin parar de lamer y notar tu humedad y tu sabor en mi lengua, nada ocurría.

Y de pronto, tú misma retiraste la tela del culote, y con ambas manos apretaste mi cabeza contra ti. Mi lengua luchaba por seguir lamiendo y dándote placer, a la vez que mi cerebro buscaba la forma de conseguir oxígeno para poder respirar. Pero el deseo le pudo a la razón, y haciendo un esfuerzo, seguí lamiendo como si se fuera a acabar el mundo, pero cuanto más disfrutabas, más fuerte apretabas tus piernas alrededor de mi cuello (y más me costaba respirar).

Empezaste a mover tus caderas y a follarte contra mi lengua y mi nariz con movimientos rápidos e intensos, pero eso me dio opción a respirar para seguir con más intensidad por mi parte. Entonces te escuché decir que querías mi lengua muy dentro de ti, y busqué dentro de tu coño con avidez, mientras con mis manos se echaban a un lado, para agarrarte firmemente las caderas y empujar con fuerza dentro de ti.

Fue así como sentí tu orgasmo. No solo por tus gemidos, que iban subiendo de volumen y de frecuencia. Tampoco fue por la forma que te follabas contra mí, o la fuerza de tus piernas sobre mi cuello. Lo sé porque de pronto sentí que mi cara recibía todo tu placer mientras tu cuerpo se contorneaba y se ponía rígido de placer, disfrutando de ese orgasmo mañanero con el que te despierto cada día desde que vivimos juntos.

Después comenzó otra de mis rutinas. Cada vez que se corre, he de limpiar bien su coño, sus piernas, las sábanas… todo lo que manche, he de limpiarlo con la lengua dándole las gracias por permitirme hacerlo. Cuando quedó todo limpio, me agarró del pelo y me dio un bofetón mientras me decía:

“Vete a preparar el desayuno, puta. Y recuerda que sigo enfadada contigo, y este fin de semana tendrás el castigo que llevo una semana pensando”.

Bajé la mirada y sentí el peso de las consecuencias de mis actos. Unas semanas atrás, hablando de cómo darle placer, cometí el error de decirle que seguro que otros hombres mejor dotados que yo le darían más placer, porque era un tema físico. Inmediatamente después de que saliera la última palabra de mi boca, me arrepentí… pero sentí de golpe que era demasiado tarde. Me miraste y me dijiste:

“Pedro, te he dicho mil veces que te quiero a ti, y que disfruto contigo y con tu pollita. No valoro el tamaño tanto como crees, pero ya que tú sí, recibirás un castigo que no olvidarás fácilmente”.

Pensaba que se te había olvidado, o que quizás me habías levantado el castigo, porque estuve muy pendiente durante las siguientes semanas, pero después de tanto tiempo, debería saber que nunca se te olvidan las cosas. Simplemente las dejas reposar, y aparecen cuando menos lo espero.

Preparé el desayuno apesadumbrado, porque no tenía ni idea del castigo. No soy un sumiso que busque ser castigado. Odio decepcionarla, y aquel día sentí la decepción en su mirada y en su ánimo… y ahora vendrían las consecuencias. La llamé para que bajara a desayunar. Me senté a su lado tratando de darle normalidad al día, pero pronto me dejaste ver que no sería un día normal.

“Al suelo, puta. Hoy no vas a desayunar a mi lado, sino a mis pies”.

Arrojaste mi café en un bol de perro con mi nombre, rompiste la tostada de pan en pedacitos que también metiste en el bol, y después de atarme las manos a la espalda con un una brida, metiste tus pies en el bol y me dijiste que podía empezar a desayunar cuando quisiera. Bebía el café como las perras, con la lengua… y tenía que meter media cara en el café para poder coger los trozos de pan. Tú te encargabas de apoyar tu pie sobre mi cabeza para hundírmela más en el bol cada dos por tres, mientras te reías de lo patética que estaba y de lo sucio que estaba dejando el suelo.

“Cuanto más manches el suelo, más vas a tener que limpiar con la lengua y más vas a tardar en ponerte a trabajar, perra”.

Después de un buen rato, conseguí ducharme, y al ir a elegir la ropa, vi que la habías elegido por mí, como muchos días. Al ser un viernes, sabes que trabajo en casa, y habías aprovechado la oportunidad para seguir apretando un poco más.

Tienes acceso a mi agenda laboral, y habías visto que tenía por delante un viernes sin reuniones, con lo que inmediatamente entendí lo que vi encima de la cama. Un vestido verde suelto, un tanga negro de encaje, medias con liguero también negras y un sujetador a juego. Y mis zapatos negros de tacón (talla 46). Me quedé mirando la ropa y emití un suspiro en el mismo instante en el que entrabas en la habitación.

“¿No te gusta la ropa que he preparado para ti, mi amor?.
“Sí, Ama. Claro que me gusta… estaba pensando en la casualidad de que me vistas de mujer justo el día que no tengo reuniones”.

Mirándome fijamente, y sonriendo me dijiste:

“Será una serendipia. Procura tener cuidado hoy y no usar nuestra palabra de seguridad salvo que sea estrictamente necesario, o las cosas se pondrán peor para ti”.

Contesté con un hondo: “Sí, Ama”, mientras notaba como un torrente de calor inundaba mi cuerpo. Lo tenías todo pensado. El tono de tu voz y la intensidad de tu mirada, reflejaban en mi mente la señal de peligro, así que me vestí con la ropa elegida y me puse a trabajar. O mejor dicho, me senté en la silla a intentar trabajar, porque estaba excitado y no dejaba de pensar qué sería lo que habías preparado para ese día en el que recibiría el castigo por mi constante inseguridad.

La mañana se me hizo eterna. Además, el hecho de que Ella teletrabajara, no me lo ponía fácil. Sentí que levantabas entre los dos un muro de silencio y de frialdad muy poco común en nuestro día a día, lleno de sonrisa, complicidad y bromas. Pero estabas sembrando las semillas del castigo, y por la intensidad que sentí en todo lo que sucedió esa mañana, notaba que no tardaría mucho en descubrir de lo que se trataba.

A la hora de comer, te acercaste a mi escritorio para comprobar que estaba guardando el portátil y el cuaderno electrónico en la mochila, con lo que de algún modo, daba por terminada la semana laboral. Te miré y me acerqué subido en mis tacones, con el vestido verde y demás vestimenta. Quería darte un beso, pero retiraste la cara y en vez de un beso me llevé una sonora bofetada que no esperaba.

Te miré sorprendido, y sin solución de continuidad, me escupiste en la cara para volver a darme otra bofetada aún más fuerte que la anterior, y me dijiste con cierta solemnidad:

“Hoy no te vas a divertir, Pedro. Quiero que te quede claro desde ahora, porque necesito que estés preparado para lo que viene. Necesito que te quites de la cabeza esa ridícula idea de que tu pollita no es capaz de satisfacerme como deseo. ¿Lo entiendes? ¿Estás listo?”.

Contesté que sí lo estaba, y bajé la mirada. Sentí fuego subir desde mi estómago hasta mi cabeza. Un punto de vergüenza, de humillación… y cierta excitación que empujaba mi pequeña polla por fuera del tanga y que se hacía sentir en la silueta de mi vestido. Al darte cuenta, no pudiste evitar sonreír y decirme:

“Pero qué puta eres, cariño”.

Solo esa frase, rebajó la tensión y frialdad por un segundo, pero inmediatamente después me dijiste que fuera a la cocina a preparar la comida y que te la sirviera en el salón. También me dijiste que habías dejado pan y agua en mi bol preparada, así que ya habías cumplido, y con cierto tono de sorna, comentaste:

¿Ves qué bonito, mi amor? Yo te preparo la comida, y tú me la preparas a mí”.

Bajando la mirada, me dirigí a la cocina y tras 45 minutos, te preparé la comida y la llevé al salón, donde encontré el bol con el agua y el pan justo a tus pies. Mientras comías, me arrodillé y comí del bol. La segunda vez del día, pensé…

Cuando terminaste te levantaste de la mesa y fuiste directo al sofá mientras yo recogía la cocina y el salón. Al terminar me acerqué a ti y te pregunté si necesitabas algo, a lo que respondiste que necesitabas que no cometa más errores y que esperabas que la lección de hoy me ayudara a no volver a dudar de mí.

Sin saber qué hacer, y empujado por tu indiferencia, me senté en el suelo, cerca de ti, con la esperanza de algún gesto o caricia que nunca llegó. Cambiaba el canal de la televisión sin poder concentrarme en nada, mientras escuchaba tus dedos deslizarse rápido por el teclado. Imaginaba que estarías hablando con alguno de los juguetes con los que a veces disfrutábamos juntos, pero preferí no preguntar y tragarme mis dudas, no sin esfuerzo.

Entre el cansancio de la semana y tu indiferencia, me entró sueño y me quedé dormido en la alfombra del sofá. Debió ser una siesta de media hora, pero al despertar, tú no estabas allí. Eran las siete de la tarde, y en tu sitio, había un papel escrito de tu puño y letra que decía lo siguiente:

Pedro, me he ido de compras y volveré a las 9. Quiero que recojas la casa en cuanto leas esta nota. Después te duchas y te pones la ropa interior roja de encaje que compramos en Málaga (está encima de la cama) y los zapatos de tacón rojos. También quiero que te metas a Pepe (el nombre que le habíamos dado al plug grande) y que estés pendiente del timbre de casa. A las 8 llegarán Javier, Olibert, Pulevi y Miguel. A algunos ya les conoces bien porque hemos jugado con ellos, así que les abres vestido únicamente con la ropa interior y los tacones, les das algo de beber y les explicas lo que verás la nota que está en la habitación, junto a tu ropa interior y que podrás leer cuando te hayas duchado y vestido”.

No pude evitar una mezcla de humillación y excitación. ¿Para qué había juntado a cuatro juguetes en casa? Siempre me ha dicho que no le gusta jugar más que con uno, porque es un estrés, y porque la humillación y el dolor que me puede provocar con uno puede ser igual o mayor que la de dos o más… pero, ¿para qué había convocado a los cuatro el mismo día y a la misma hora? Imaginé que quizás no era cierto lo de que estabas de compras, y que vendrías con algunas conocidas Amas… pero mi ansiedad hizo que dejara de lado lo de arreglar la casa y me dirigí a nuestra habitación.

Nada más ser captado por la cámara que tenemos allí, sonó mi móvil. Eras tú, que con voz bastante seca me dijiste:

“Veo que ya te has despertado de la siesta, pero en la cámara del salón también veo que hay cosas desordenadas. ¿Acaso ibas a ducharte ya, bonita? ¿O no has podido resistirte a leer lo que te dejé en la segunda nota? Sabes que controlo tus movimientos con las cámaras, así que no estropees más la cosas y hazlo todo tal y como te he indicado. Tómate esta llamada como mi último aviso cordial del día, y obedece como sabes hacer, por favor”.

Soy idiota, pensé. Sé de sobra que eres una obsesa del control y que toda la casa está llena de cámaras y sensores de presencia conectados a tu móvil, pero me ha podido la ansiedad. No he visto la nota y además no he cumplido las órdenes que me has dado, en un día que pinta difícil.

Me concentré en seguir tus instrucciones al pie de la letra. Arreglé toda la casa dejándola perfecta. Incluso encendí el incienso olor a lavanda que tanto te gusta, y cuando lo tuve todo listo, entonces me dirigí a la habitación y me metí en la ducha sin leer la nota.

Al salir de la ducha, me puse las braguitas rojas, el sujetador rojo y los tacones de 11 cm (igual que mi pollita, sueles decir). Busqué a Pepe en el baúl de los juguetes y con ayuda de algo de lubricante, lo deslicé dentro de mi culo. Solo entonces me senté en la cama para leer la nota, que decía lo siguiente:

Hola otra vez, bonita. Imagino que estarás limpita, vestida con la ropa interior roja y los tacones a juego y con el plug dentro de ti. Lee con atención esto, y recuerda que te quiero muchísimo, y que eres lo más importante de mi vida. Pero también recuerda que lo cortés, no quita lo valiente… y que hace unos días me has decepcionado en algo en lo que llevamos trabajando meses, así que me toca hacértelo entender de otro modo.

Hoy me voy a follar a los cuatro juguetes. Uno tras otro. Dices que no eres capaz de hacerme disfrutar con tu pollita, ¿no? Bien. Pues hoy vas a sentir lo que disfruto con cuatro pollas de verdad. Y digo sentir porque no vas a ver nada. Cuando entre en casa, lo primero que haré es bloquear el acceso de tus ojos de la máscara de cuero que has de ponerte antes de abrirles la puerta, como haces siempre que tenemos invitados.

También quiero que sepas que no será un día de juegos como otros que hemos tenido, ya que no vas a participar más que para dos cosas:

Tú serás quién prepares las pollas de mis juguetes. Primero con la mano y después con la boca. Tú serás quién les ponga el condón y les dirija sus pollas a mí. Y cuando lo hayas hecho con el primero, que será Javier, quiero que te coloques cerca de mí, con la cabeza en el suelo para escuchar como gimo, como chocan sus huevos contra mí, y como se corren mientras tú no podrás levantar la frente del suelo. Harás lo mismo con los demás, cuando te lo indique y en el orden que te vaya diciendo.

Te avisaré cuando me haya corrido cada vez para que vengas a limpiarlo todo, o le pediré a algún juguete que te guíe mientras te diriges de rodillas a limpiar mi coño, mis piernas… todo lo que haya mojado con cada una de mis corridas (sabes cómo funciona porque lo haces cada día).

Cuando yo decida que todo ha terminado, liberaré el acceso a tus ojos de la máscara, acompañarás a nuestros juguetes a la puerta y vienes a mi lado. Eso es todo, mi amor.

Te quiero muchísimo,
Lai.


Después de leer la nota solo puedo apretar la mandíbula. Me siento mareado, pero sé que de nada sirven mis lamentos, y después de mirar el reloj, decido aprovechar los veinte minutos que me quedan para prepararme mentalmente, y también para colocar la máscara de cuero negro con compartimentos, cerca de la entrada, para recibir adecuadamente a tus invitados.

Miro mi pollita y descubro que estoy dura. Pienso lo puta que soy, y lo difícil que van a ser las próximas horas. Voy al salón vestido como estoy, y cuando me quiero dar cuenta, suena el telefonillo del portal. Respiro profundo, me pongo la máscara y pregunto quién es. Somos nosotros, dice uno de ellos a quién no conozco (imagino que Miguel o Pulevi, porque con Olibert y Javier ya nos hemos visto algunas veces).

Les abro el portal y espero en la puerta a sentirles en el descansillo. Les abro la puerta y pasan. Nos damos la mano y siento su sorpresa al verme vestido así. Escucho que alguien dice:

“Este se va a cagar hoy. Pronto empieza”.

Les acompaño al sofá y les pregunto qué quieren. Risas otra vez. Y Olibert, que es el más mordaz de todos, contesta:

“Lo que queremos hoy creo que lo sabes bien, ¿no?. Jajajaja. Yo quiero agua, que quiero estar a tope, sobre todo después de que tu Ama nos haya exigido estar cuatro días sin corrernos”.

Les pregunto a los demás y les sirvo lo que me han pedido. Me siento a su lado y les pido que por favor te traten con respeto y cuidado. Una cosa es que desee humillarme con vosotros y otra muy distinta es que cualquiera de vosotros vaya a faltarle al respeto, les digo. También les indico cómo te gusta que te follen, cómo te gusta que te acaricien, y algunas reglas básicas que siempre hablamos con los juguetes. No habrá besos, mi pollita no la toca nadie que no sea mi Ama, y por supuesto, siempre con condón (mientras les señalo una pecera pequeña llena de condones).

Apenas he terminado de hablar, cuando siento que se abre la puerta. Suspiro al verte llegar. Leggins de látex, zapatos de tacón fino negros y un top que destaca tu figura. Vienes perfectamente pintada y vestida, y sin mediar palabra, y antes de saludar a nadie, te acercas a mí y cierras la cremallera que la máscara tiene a la altura de mis ojos, con lo que desde ese instante, estoy sumido en una completa oscuridad. Me das un azote en el culo y me dices que estoy preciosa, mientras le preguntas a tus juguetes qué les parece a ellos.

Algunos comentarios jocosos sobre el tamaño de mi polla, sobre lo bien que combinan los pelos de mis piernas con el rojo de la lencería y poco más. Sigo de pie y escucho cómo Javier te dice lo guapa que estás, y las ganas que tiene de follarte, y por primera vez, siento como aprieto la mandíbula mientras pienso: “Mejor relájate, porque esto se va a hacer largo”.

Siento ruidos que no consigo identificar, pero mi imaginación me está jugando malas pasadas. Imagino que están todos desnudándose, pero me calmo un poco cuando te escucho decir:

“Chicos, no quiero más que una polla cada vez, salvo que lo indique de otro modo. Os lo dije por separado en Skype, pero os lo digo ahora. No soy una actriz porno. Quiero humillar a Pedro follando con vosotros, y quiero acabar agotada, así que no tengáis prisa. Las reglas son sencillas. Cuando esté con cualquiera de vosotros, el resto se queda en el sofá. Ni me toca a mí, ni toca a mi puta. Hoy no habrá ninguna interacción con él. Cuando yo le diga os preparará con mano y boca, aunque también lo haré yo si me apetece. Os pondrá el condón y se quedará con la frente en el suelo muy cerca de nosotros escuchando cómo disfruto y me corro las veces que quiera. Cada vez que me corra os apartáis y le indicáis dónde están mis piernas, para que lo limpie todo con la lengua. Si no os habéis corrido y me apetece seguir, seguiremos follando hasta que os corráis. Cuando termine uno, yo pasaré a por el siguiente mientras Pedro se queda aquí quietecito. ¿Está claro?”.

Todos contestan que sí y de pronto noto que colocas la correa alrededor de mi cuello y me dices:

“¿Nos acompañas a Javier y a mí a la habitación, preciosa?.

Camino a cuatro patas con la ropa interior y los tacones, mientras en el salón escucho risitas y siento cómo te diriges a nuestra habitación, decidida al sentir la firmeza de tus tacones golpeando el parqué.

Al llegar allí me indicas que ayude a desnudarse a Javier, y lo hago sin rechistar, aunque algo torpe por no ver absolutamente nada. El cuerpo de Javier es fibrado y musculoso, y tiene una polla enorme que sé que en unos minutos estará dentro de ti, lo que hace que un calambre de calor recorra mi cuerpo.

Una vez desnudo empiezo a escuchar ruiditos, gemidos, comentarios por tu parte del tipo:

“¿Tenías ganas de verme, no?” o un “Mira lo mojada que estoy… llevo pensando en esta tarde desde que me desperté”


Escucho tus gemidos y los de Javier. Estoy convencido de que te está comiendo el coño pero lo confirmo cuando te escucho decir:

“Javier, si sigues así voy a correrme… pero no pares, quiero hacerlo antes de sentir tu polla dentro de mí”.


Estoy duro. Noto como mi pollita lucha por salir del tanga, y siento mi humedad mientras siento cómo gimes, cada vez más alto, cada vez más intenso y cada vez con más frecuencia. Y me doy cuenta perfectamente de que estás a punto de correrte cuando siento tu orgasmo… es intenso y violento. Me doy cuenta de que esto no ha hecho sino comenzar y, mientras pienso en eso, noto un tirón en la correa que me dirige a tu coño. Limpio concienzudamente sin acariciar. Me lo has dejado muy claro. Limpiar es limpiar. Cuando termino, me dices que le ponga el condón a Javier con la mano. Tiene una polla tan grande que me cuesta ponerle el condón con la boca, y lo sé porque la primera vez que lo intenté no pude hacerlo. Después de ponerle el condón y sentir semejante pollón, escucho que le dices a Javier que se tumbe, que quieres cabalgarle.

Escucho tu gemido al sentarte sobre la polla de Javier y coloco mi cabeza frente en el suelo, cerca de ti. Todos son gemidos, y a los cinco minutos, vuelve a ser todo tan intenso que creo que os vais a correr ambos. Pero no. Eres tú la que te corres, y al rato vuelvo a sentir la tensión del collar tirando de mí. Repito el ejercicio y te limpio con la lengua de forma escrupulosa, y suavemente me apartan para, acto seguido, volver a sentir las embestidas de Javier sobre ti.
Más gemidos, más placer mientras el olor a sexo se instala en mi cabeza.

Pasa un tiempo indeterminado y siento que otra vez estás cerca de correrte. Recuerdo esa mañana de un mes de enero en la que te corriste 26 veces en menos de 4 horas y pienso que me espera una tarde/noche larga. Efectivamente identifico el ritmo de tus gemidos y la intensidad de los mismos y pienso que otro orgasmo está muy cerca. Y apenas ha cruzado ese pensamiento en mi cabeza, oigo que le dices a Javier que se corra contigo. Escucho sus embestidas claramente a un ritmo frenético e imagino que habréis cambiado de postura, y de pronto dice:

Me voy a correr. Eres increíble… ohhhhhhhh”.

Y sus gemidos y gritos guturales son ahogados por tu orgasmo. Súper intenso… gritas muchísimo y pienso que lo haces para darme una lección. Y de pronto. Silencio. Pausa. Respiración agitada por vuestro lado y los latidos de mi corazón y el sonido de mis mandíbulas apretando mis dientes, cuando vuelvo a sentir tensión en la correa, y sé qué tengo que hacer. Torpemente subo a la cama y, siguiendo la dirección de la correa, llego a tu coño, para volver a limpiarlo, pero en un momento dado noto que Javier me aparta la cabeza y mete algo en mi boca. Es el condón con el que acaba de follarte, con un nudo para impedir que su leche inunde mi boca. Inmediatamente después de que lo haya dejado ahí, sigo lamiendo con esmero hasta que noto que te apartas un poco y me dices que vuelva a mi posición.

Noto que vas con Javier al salón, que hablas con el resto y comentan entre risas el polvazo que habéis echado, por el volumen de los gemidos… y al cabo de un buen rato (lo sé porque me duelen las rodillas) siento que vuelves a la habitación con otro juguete.

No hay instrucción ninguna. Pero al rato siento ruido de ropa caer al suelo y la voz de Pulevi (creo). Comentas algo de su polla y de pronto noto un gemido de hombre y una voz sorda diciendo:

“Joder… cómo la chupas… me estás poniendo a 100 incluso con el condón puesto”.

Me quedo en mi posición y escucho tus palabras, comentando cómo pasas tu lengua por su glande, lo buena polla que tiene… y de pronto escucho esos sonidos de arcadas tan propios de una buena mamada. No pasa ni un minuto cuando vuelvo a notar la tensión de la correa, y casi sin darme cuenta noto que una mano empuja mi cabeza hacia una polla, que se cuela hasta lo más profundo de mi garganta. Comienzo a comer la polla como a ti te gusta que haga. Siempre me dices que no te haga quedar mal, así que me esmero en dedicarle a tu juguete una mamada antológica.

Me duele que no me hayas dedicado la palabra todavía. Siento tu indiferencia hacia mí mezclándose con el placer que te provocan tus juguetes y cuando estoy pensando en eso, escucho a Pulevi decir:

“Joder, qué puta es tu sumiso. La chupa mejor que muchas tías. Si sigue así, voy a correrme”.

Y escucho cómo te ríes. Esa risa pura y auténtica que tan bien conozco y que me hace romperme de dolor al escuchar:

“¿No prefieres follarme a mí, guapo”?

Y alguien me pone la mano en su polla, para dirigirla hacia tu coño, tan solo siguiendo la dirección de la correa y cuando siento tu gemido, noto que empiezas a follártelo y me retiro al lado de la cama, pegando la frente al suelo.

Se repite el proceso. Sé que lo estás haciendo a posta, porque sé que puedes controlar tus orgasmos perfectamente. Puedes decidir tener dos seguidos, tener cinco orgasmos en cinco minutos o uno en veinte. Pero sé que hoy va a ser un día en el que te vas a correr muchas veces por el placer que eso te da y el incentivo de mi humillación por no poder verte y encima por limpiar “lo que otros han provocado”, como dices muchas veces.

Efectivamente te corres en cinco minutos y vuelvo a sentir la correa tirar de mí y repito la operación, pero cuando estoy limpiando con mi lengua tu clítoris, tu culo, tus piernas… siento que me agarran por la cintura y después de quitarme el plug, siento que una polla empuja contra mi culo. Recordando tu orden inicial, intento apartarme, pero recibo un buen tortazo en la cara, sin una sola palabra. En ese momento sé que las instrucciones han cambiado, y recuerdo que Pulevi declaró ser bisexual, así que sigo limpiando tu coño mientras siento cómo su polla entra en mí y comienza a follarme.

Mientras Pulevi me folla, noto que tu mano me aparta la cara de tu entrepierna, e instantáneamente me doy cuenta de que te estás masturbando a escasos centímetros de mi cara. Tus manos se mueven cada vez más rápido, y escucho la humedad de tu coño responder al movimiento de tus dedos. Noto como entran y salen de ti, mientras la polla de tu juguete hace lo mismo en mi culo… hasta que vuelves a correrte casi a la vez que noto que él aumenta sus embestidas y se corre, apoyándose en mi espalda agotado.

“Has estado genial Pulevi… gracias por la iniciativa”, dices.

Él te contesta que le ha puesto muy cachondo follarte, pero que al ver mi culo expuesto, no ha podido evitarlo, a lo que tú contestaste con un:

“Es mi puta, y mi puta está para atenderme a mí y a mis amigos, ¿no?”.

Y otra vez risas. Te imagino coqueteando con ellos y me duele. Os oigo salir de la habitación, y vuelvo a mi posición.

Pasa mucho rato y escucho que estáis en el salón charlando. No sé si estás desnuda o vestida, pero me corroe imaginarlo. Es ridículo, porque dos de ellos acaban de follar contigo, y otros dos lo harán en cualquier momento… pero no me gusta imaginarte desnuda mientras ellos disfrutan de ese cuerpo tan bonito y yo, estoy con ropa interior y la cabeza pegada al suelo de nuestra habitación.

Al rato entra alguien y me deja un bol de agua para beber. O eso creía, pero al meter mi lengua dentro, me doy cuenta de que es pis. Tu pis, claro… pero igualmente bebo ávidamente la mitad de su contenido. Tiras de la argolla del collar fuerte hacia arriba y por primera vez en las horas que llevas en casa, decides hablarme para decirme:

“Abre la boca, bonita”.

Acto seguido, me escupes y me das una bofetada con cada mano. Me empujas contra el suelo y tiras fuerte de la correa, de modo que apenas puedo seguirte a cuatro patas. Por los sonidos, imagino que estamos en el salón. Oigo a los demás reírse al verme andar a cuatro patas a toda velocidad detrás de ti. Empujas mi espalda contra el suelo y me coloco boca abajo, como si fuera una piel de oso, pero me dan la vuelta para que quede boca arriba y expuesto.

Inmediatamente después, siento presión sobre mi pecho. Conozco perfectamente ese peso, y sé que eres tú. Intento acariciarte el pecho con mis manos, pero entonces, violentamente cambias de posición y me das un bofetón que no espero en absoluto. Me agarras las dos manos y las colocas estiradas por encima de mi cabeza. Noto que me las atas con una brida, con lo que además de no ver, apenas puedo moverme. Pero sí noto que tú lo estás haciendo, y creo intuir lo que vendrá ahora.

Te colocas de rodillas en el mismo espacio que ocupo yo. Noto tus pies y manos moverte y no sé muy bien qué está pasando… hasta que escucho tu gemido a la altura de mis pies, y el sonido de una polla entrando y saliendo de ti, muy cerca de mi cara. Vale, ya lo entiendo. Quieres que sienta de cerca cómo otro te folla… mientras tú, ni siquiera me tocas… pero estoy escuchando tus gemidos y también los golpes de los huevos de uno de los juguetes, golpeando en tus nalgas, mientras estás a cuatro patas.

Al rato noto que me aprietas los huevos. O imagino que eres tú, porque soy consciente de que te quedan muy a mano. Poco después siento que el movimiento de vuestros dos cuerpos se intensifica y vuelves a correrte. Y esta vez, el servicio de limpieza es “self-service”, ya que noto como tu coño se coloca en mi cara, así que, sin moverme de posición, me dedico a lamerte, a lamer tus piernas, tu coño y tu culo.

Siento que te mueves y me quedo así. Entonces, te escucho decir.

“Ven Miguel… quiero que me folles el culo, que mi puta me lo acaba de dejar perfecto” ¿Quieres?

Obviamente, tu juguete responde con un escueto: “Sí, Señora, me encantará”.

Y entonces, sin darme cuenta y de forma impulsiva, digo:

“Despacio al principio, por favor”

Y escucho tu carcajada, pero siento tu indiferencia (aunque sé que te ha gustado mi reacción) cuando le dices a Miguel… fóllame como quieras, pero hazlo ya, que me muero de ganas. Pero cuando siento que se está moviendo hacia ti, te oigo decir:

“Olibert, ven aquí. Siéntate en el sofá y haz que Pedro te prepare, te ponga el condón y te mantenga duro para mí”.

Noto que tiran de mi correa y que colocan mis manos al lado de unas piernas de hombre. Sin dudar, busco su polla y noto que está ya bastante empalmado. Mientras le masturbo, escucho que Miguel está disfrutando de tu culo. Oigo las embestidas, pero sobre todo escucho tus gemidos y en un momento dado, te oigo decir:

“Olibert, que te ponga el condón con la boca. Cuando lo haya hecho dímelo. Quiero follarte sentándome encima de ti mientras Miguel me folla el culo. Quiero dos buenas pollas dentro de mí, y las quiero ya”.

Me ponen un condón en la mano. Lo abro y lo coloco en la polla de Olibert, mientras con la boca voy bajando hasta dejarlo bien sujeto a la base. Comienzo a comerle la polla, pero me separan rápido de allí y empujan mi cabeza contra el suelo. Entonces noto ruido y risas. Estoy seguro que te estás sentando encima de Olibert porque siento tus gemidos y los suyos, y escucho a Miguel decir que si no paráis es imposible.

Entonces dejo de sentir ruidos para escuchar un:

“Joooooder, ahhhhhh…. sí” Folladme fuerte, juguetitos… quiero un buen fin de fiesta”.

Los gemidos se intensificaron. Tus gritos son evidentes. Al principio creo que es dolor, pero no. Es placer. Placer verdadero, mezclándose con el placer mental que te da la humillación a la que me estás sometiendo. Escucho gemir a Miguel y a Olibert, pero también estoy escuchando gemir a mi derecha, e imagino que Javier y Pulevi estarán masturbándose con la escena… y no me extraña.

Cinco minutos después, siento que tu placer no deja de aumentar. Tus gemidos suben de tono, y tu respiración es más intensa… hasta que te corres con un grito que no había escuchado nunca. Creo que uno de ellos se ha corrido también, pero no lo sé con certeza. Lo único que siento es que el collar vuelve a tensarse, y sé que tengo que hacer mi trabajo y volver a limpiar tu corrida. Lo hago encantado mientras escucho que les dices:

“Por hoy es suficiente, chicos. Vestiros y marcharos. Son las 3 de la mañana y quiero dormir. Ya hablaremos”.

Te levantas y les acompañas a la puerta. Escucho que se cierra y que te acercas a mí. Retiras la máscara y me besas. Un beso largo, lento, intenso. Un beso que está diciendo que me quieres. Que soy lo más importante de tu vida.

Entonces, rompo a llorar como un niño pequeño y te pido perdón. Tú me abrazas y me dices:

“No hay nada que perdonar, mi amor. Pero no quiero que vuelvas a dudar de ti. No quiero tener que hacer esto otra vez. Nunca más. Disfruto contigo, mi amor. Disfruto de ti. Y es a ti a quién quiero. Eres tú el hombre de mi vida. Grábatelo en la cabeciña, por favor”.

Abrazándote más fuerte, te digo que te quiero, y que me gustaría dormir, pero me dices que no. Antes de nada quieres que te duche despacio y con mimo. Te sientes sucia después de haberte follado a los cuatro juguetes, y quieres acostarte a mi lado habiéndonos duchado los dos. Así que nos metemos en la ducha y te enjabono con mimo mientras te abrazo, te beso y te digo que te quiero, y que he aprendido la lección.

Salimos de la ducha, te seco suavemente y te acerco la ropa de dormir. Cuando me voy a poner la mía, me dices que no, que yo dormiré desnudo porque quieres disfrutar de la piel de tu hombre pegada a ti.

Nada más tumbarnos en la cama, nos abrazamos y nos quedamos dormidos casi al instante. Cada uno por una cosa. Tú por estar agotada físicamente, y yo por estar roto mentalmente, pero feliz por ser tuyo. Por estar a tu lado y estar a tus pies. Por saber que pase quién pase por allí, soy yo quien estará siempre a tu lado.

“Gracias, mi amor”… consigo decir antes de quedarme profundamente dormido.


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Un castigo ejemplar es un relato escrito por Dómina Ama publicado el 16-09-2022 23:28:42 y bajo licencia de Creative Commons.

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