Tiempo estimado de lectura de 12 a 15 minutos

las putas de Bob 1
Escrito por joaquín

Las vio venir a kilómetros de distancia. Cuando se lleva tanto tiempo en la calle como llevaba él tiendes a ver venir las intenciones de la gente. Y desde luego las intenciones de esas dos no eran nada buenas.
La rubia se plantó delante de él sin disimular, la morena se quedó detrás de ella.
— Hola. Mi amiga Susan y yo hemos decidido que hoy vamos a realizar contigo la buena obra del día.
— ¿Me la vas a chupar tu primero y luego ella?
— ¿Qué? No.
La morena se rió de la broma mientras la rubia intentaba poner cara de estar indignada.
Esta abrió su bolso y sacó de la cartera un billete de 100.
— Pensaba darle esto, pero por su grosería, creo que debo darle la mitad de lo que pensaba darle en un principio.
Agarró el billete con ambas manos y lo partió por la mitad.
— Aquí tiene, que lo disfruté.
Echó el trozo del billete al cesto de las limosnas, se dio la vuelta y ambas salieron del callejón corriendo y riéndose de su broma como el par de chiquillas que eran.
Al hombre en realidad no le importó una mierda. Simplemente cogió el trozo de billete, lo miró, y tras reírse lo guardó en el bolsillo como recuerdo.
Tenía cosas mucho más importantes que hacer que andar perdiendo el tiempo con la broma de dos colegialas pijas. Recogió todo el dinero que se veía en el cesto y también el que no se veía y se marchó.
No entró por la puerta principal del bar. La gente como él tenía su propia puerta de entrada.
— ¿Qué tal el día, Bob?
— Maravilloso. Lo he vendido todo y he conocido a un par de guarrillas de lo más interesantes.
Arrojó un fajo de billetes encima de la mesa y se sentó. Su interlocutor ni siquiera lo contó antes de guardarlo. Llevaba años haciendo negocios con Bob y nunca había faltado un solo centavo.
— Mira lo que me han dado.
Sujetó el trozo de billete roto con dos dedos y mientras mostraba una sonrisa triunfante.
— Si se pueden permitir tirar el dinero de esa forma se pueden permitir comprar nuestra mierda.
— Eso mismo estaba pensando yo. Y si no pueden siempre pueden pagar en especies.
Las chicas eran ajenas a todo esto. Estaban encantadas de la vida por haberle gastado un bromazo al mendigo negro de la esquina.
— No sé cómo no me he muerto del asco cuando ha insinuado que se la íbamos a chupar. ¿Sólo te lo imaginas? Su polla tiene que estar tan mugrienta que seguro que primero habría que limpiarla para verla.
— Creo que de eso se trata, de limpiarla con la boca.
— Joder, que asco. Ni lo menciones.
— No he sido yo quien ha sacado el tema. Y cuando lo ha dicho creí que te ibas a rajar.
— ¿Quién?¿Yo? No.
— Desde luego que te pongas de rodillas para hacerle una mamada no se me ha pasado por la imaginación.
Alice agarró uno de los cojines de su cuarto y se lo tiró a su amiga mientras esta se reía.
Sí, conocía muy bien a su amiga, y era exactamente esto lo que se le había pasado por la imaginación.
— No te enfades.
— No logró entender como tienes la mente tan sucia.
— Hablando de cosas sucias. ¿Has pensado ir a la fiesta de Robert?
— ¿Me quieres repetir qué se nos ha perdido en la fiesta de ese perdedor?
— Música, alcohol, yerba y chicos guapos.
Esto último se lo había susurrado al oído, justo antes de tirarse en la cama.
— ¿Crees que tras limpiarle la polla la veríamos limpia o seguiríamos pensando que está sucia?
— Eres toda una guarra.
Habían pasado dos días desde que decidieron asistir a la fiesta. Dos días de tedio en los que no habían tenido nada mejor que hacer que dedicarse a observar al vagabundo que siempre se ponía en la misma esquina.
— ¿Cuánto crees que sacará al día?
— Lo suficiente para comer pero no para darse un baño.
— ¿Crees que se acordará de nosotras?
— Con lo buenas que estamos seguramente.
— ¿No es ese que va por ahí Robert?
— ¿Qué? Déjame ver
— ¿Qué demonios hacen?
El hombre y el chico se pusieron a hablar. Mientras el primero se reía y negaba con la cabeza el segundo parecía completamente desesperado. Pero la situación cambio cuando el negro las hizo señas para que se acercaran.
Las invitaciones para que se acercaran se hicieron cada vez más fuertes y evidentes. Al final las dos chicas terminaron acercándose por pura curiosidad.
— Vaya, así que era verdad que las conocéis. Seguidme, aquí llamamos demasiado la atención.
El grupo de tres siguió al vagabundo hasta el interior del callejón.
— Muy bien, esto es lo que hay. Este tío va a montar un fiestón este viernes y necesita de algo que yo tengo. Pero hay un problema.
— Ya te he dicho que te lo voy a dar todo y más cuando venda esto.
— No, así no se hacen negocios. Ya te he fiado una vez y aún me lo debes. Si te vuelvo a fiar me vas a deber mucha pasta.
El hombre dirigió su mirada a las chicas.
— ¿Estáis dispuestas a prestarle el dinero que me debe?
Ni Alice ni Susan se esperaban nada de esto. Pero no estaban dispuestas a echarse para atrás. La situación parecía muy divertida.
— ¿Cuánto es? — preguntó Alice.
— Dos mil.
— ¿Qué? Solo te debo mil
— Sí, cierto, pero a ellas les pido el doble.
— Chicas, en esta fiesta podemos ganar un montón de pasta. Os devolveré hasta el último céntimo.
— Y con intereses.
— ¿Perdón?
— Si te prestan dinero hay que devolverlo con intereses.
Robert no podía creer lo que estaba oyendo.
— Tres mil. — Sentenció Bob.
— Eso es un cincuenta por ciento más.
— Así son los negocios. A mi me debes mil y ellas me van a dar dos mil porque tú a ellas les vas a dar tres mil. ¿Estamos?
— Estamos — confirmó Robert tras un momento de duda. — De acuerdo, si me prestáis dos mil, yo os daré tres mil.
— ¿Podemos pensarlo? — preguntó una de ellas.
El hombre sonrió y les dio permiso para hacerlo.
— ¿Tú sabías que era un camello?
— Primera noticia.
— ¿Y qué hacemos?
Susan tenía la mirada decidida en su rostro.
— De acuerdo. Lo haremos. Le daremos los dos mil euros.
— Bien. Hay un cajero allí que podéis utilizar porque supongo que no lleváis el dinero encima. No hay cámaras y nadie le importa. La morena se queda conmigo, como garantía. El resto puede ir a por mi dinero.
— Pero fue ella quien…
— No pierdas el tiempo y ve.
No le gustó dejar a su amiga sola con el vagabundo pero no tuvo más remedio que hacerlo. Robert iba con ella.
— Yo… lo siento.
— No tienes que sentir nada. Ya te disculparas con Susan cuando nos devuelvas el dinero.
El corazón de Susan no paraba de latir. No sabía que estaba pasando, pero sabía que era excitante.
El hombre que la acompañaba estaba sucio, con la ropa desgastada, olía mal, era negro y ciertamente mayor, pero emitía una presencia que la atraía y no le faltaba atractivo.
No podía dejar de mirarlo.
— ¿Ves algo que te guste?
— No. — Mintió
— Ja. He visto a muchas chicas como tú. Os atraen los hombres fuertes y dominantes, con las ideas claras. No los niñatos de medio pelo como Robert.
— Robert está muy lejos de ser mi tipo. — Confirmó ella.
— ¿La idea del billete fue tuya o de tu amiga?
— Suya.
— Si tú lo dices.
Se sacó un cigarrillo y se puso a fumar. Susan no podía dejar de mirarlo.
Alice y Robert tardaron un buen rato en venir.
— No me mires así, he sido un niño bueno.
Alice le entregó el sobre con el dinero mientras leía la cara de Susan. Sabía que no había pasado nada, pero tampoco le extrañaría que hubiera ocurrido algo.
— Bien, está todo. Con esto quedamos en paz.
— ¿Cómo que en paz? ¿Y mi mercancía?
— Y ahora es cuando te pregunto. ¿Tú le darías mercancía por valor de seis mil euros a alguien que no ha logrado darte ni mil?
— Eso no era el trato.
— El trato era que me dieras mi dinero. Ya me lo has dado. Por mi parte, estás libre. Ahora le debes el dinero a ellas.
Alice miró a Robert.
— No tengo los dos mil.
— ¿Me estás diciendo de verdad que no los tienes?
— Si los tuviera no te los habría pedido. Contaba con la venta de la mercancía para tener pasta.
— ¿Y cómo le cuento a mis padres que me faltan dos mil euros? ¿Tienes la menor idea del lío en que me puedo meter?
Bob se guardó el dinero en la chaqueta. Sabía que las tenía a punto pero que tenía que salir de ella.
— ¿Y si… y si nos fias a nosotras?
Fue Susan quien lo propuso.
— No lo sé. Es mucho dinero. ¿Qué garantías me dais?
— Sabes donde estudiamos. Y donde vivimos.
— Sí, tengo una ligera idea, sí. ¿Y?
— Nosotras somos las garantías.
Se había puesto delante de él, con las manos en la espalda. Bob dio una fuerte calada a su cigarrillo y echó el humo a la cara de la chica.
— ¿Entiendes lo que eso significa, verdad?
— Que de no pagarte seríamos tus putas.
Alice se quedó sin habla ante la escena. Conocía a su amiga y conocía parte de sus oscuras fantasías. Pero verlas en acción era algo realmente increíble.
A Bob tampoco se le escapó el detalle.
— Seguro que tienes el coño empapado ahora mismo.
Susan ni lo afirmó ni lo negó.
— Tú, Robert o como te llames, largo. Esto ya no va contigo.
— No voy a dejarlas solas.
— He dicho que a tomar por culo. Las señoritas y yo tenemos negocios que hacer.
Alice dio unos pasos hasta situarse al lado de su amiga. Estaba con ella.
— Alice, no puedes estar de acuerdo con esto.
— Largo de aquí, ya has oído, estorbas
Quien habló fue Susan. Ella era la líder, siempre lo había sido, y Alice la seguiría a cualquier sitio. Robert se marchó corriendo del callejón.
Mientras se terminaba el cigarrillo observó a las dos chicas que tenía delante.
No había que ser un lince para darse cuenta de que la rubia sentía algo por la morena ni de qué pie cojeaba esta. Lo que sí le sorprendió fue darse cuenta de que ambas iban en serio, o al menos, más en serio que el pringao que aún estaba corriendo.
— Seguidme.
Tras acabarse el cigarrillo Bob camino hacía el interior del callejón. Solo dio una docena de pasos antes de llamar a una puerta negra de chapa.
Las dos chicas le siguieron a su interior. Se encontraron en un cuartucho con dos puertas. Dentro vieron a un hombre enorme y con la cara marcada. Bob levantó dos dedos para indicarle algo. El hombre asintió, entró al local, y no tardó en volver con un par de collares de cuero negro y una pequeña chapa metálica. Se volvió a meter dentro.
— Poneos esto. De está forma nadie os molestará.
Lo que tenían en sus manos eran collares de esclavas.
— Aún no somos tuyas.
— No tengo aquí la mercancía. Y a donde vamos es mucho mejor que piensen que sois mías. Eso sí, cuando os los pongáis, aseguraos en todo momento de obedecer mis órdenes.
A Alice le temblaron las manos. Una cosa era seguir a su amiga y otra cosa era hacerse pasar por las esclavas de un negro. Incluso siendo un juego, era un juego muy peligroso.
— ¿No hay otra manera?
— No si queréis la mercancía.
Fue Susan, como siempre, quien tomó la iniciativa y se colocó el collar al cuello. Alice suspiró al ver a su amiga y la siguió.
— No hace falta que me llaméis amo. Con tener la boca cerrada y caminar detrás de mí mirando al suelo, es suficiente.
Susan colocó las manos por delante y agarradas por la muñeca.
Al verla, Bob se acercó a ella.
— Las criadas llevan las manos por delante. Las esclavas, por detrás.
Había agarrado sus brazos mientras se lo decía para cambiar él mismo su postura. le desabrochó el primer botón de la camisa. Le retiró el pelo de la cara para dejar su collar bien visible y subió su falda para que mostrará algo más de pierna.
Alice se quedó boquiabierta ante la actitud de sumisión de su amiga.
— Ahora quitaos los zapatos.
Las chicas no lo entendieron, pero obedecieron sin preguntar. Días más tarde ambas se enteraron de que las sumisas, y no digamos las esclavas, tenían suerte de ir calzadas o con ropa por los sitios. En realidad, más que el collar, lo que demostraba que pertenecían a Bob era que iban descalzas detrás de él.
Se habían sentado en el suelo para quitarse los zapatos que llevaban con ellas mientras Bob las observa desde lo alto.
— Y los calcetines y medias, también.
Sí, Bob se estaba divirtiendo dando las órdenes de una en una y viendo cómo dejaban sus delicados pies al aire.
Tal y como esperaba llevaban las uñas de los pies pintadas. Seguramente se lo hacían la una a la otra.
Le echó un buen vistazo a las piernas desnudas de Susan. Con las medias ya eran bonitas, pero al natural eran simplemente preciosas.
Cuando obtuvieron permiso para levantarse, cogieron sus cosas. De está forma en una mano llevaban los zapatos y en la otra los calcetines una y las medias la otra.
Bob llamó a la puerta.
Tal y como habían acordado las dos chicas le siguieron en completo silencio, mirando al suelo, sintiendo sobre ellas las miradas de todos los hombres presentes.
Era tremendamente vergonzoso.
— Hola hermano, encantado de verte.
— Buenas, Michael.
— Veo que el día te ha ido de puta madre.
— Están buenas y tienen potencial. Pero ya veremos. Aún están en ¿Está libre el vestuario?
— Todo tuyo.
Las chicas no preguntaron. Simplemente caminaron sin levantar la mirada detrás de su hombre. El grupo al completo entró en el vestuario.
Bob comenzó a desnudarse delante de ellas.
Corrían muchos rumores en el instituto en torno a ellas dos, pero lo cierto es que estaban lejos de ser las chicas que decía que eran.
No habían visto a un hombre desnudo en su vida.
Bob lo dedujo solo por su comportamiento.
— Podéis mirar.
No era una orden y no tenían por qué obedecerlo. Pero ambas levantaron su mirada.
Bob no estaba duro ni erecto. Aún así el gran tamaño de su polla asustó a las chicas.
— El precio de una joven virgen es muy alto. Ahora mismo no sé si seguir con el negocio o venderos al mejor postor.
Ninguna de las dos dijo nada.
Bob se acercó a Susan.
La tenía más que calada.
No necesitaba ser brusco pero algo le decía que si no lo era, la chica se sentiría gravemente decepcionada.
Agarró su camisa por el cuello y dio un fuerte tirón. Lo suficientemente fuerte como rajarla de arriba a abajo.
El sonido de la ruptura inundó toda la sala.
— Vaya, se ha roto. Quitatela.
— Sí amo.
Susan soltó lo que llevaba y se quitó los restos de la camisa rota. Se quitó también la falda por voluntad propia. Se quedó en un bonito conjunto de braguita y sujetador rosa.
No estaba segura de si debía quitarse nada más.
Bob realizó un gesto para que siguiera.
Susan se llevó las manos atrás y se quitó el sujetador dejando sus hermosos pechos al aire. A continuación se bajó las braguitas como si la molestaran.
Lo único que tenía encima era el collar que la identificaba como esclava.
A Bob le gustó lo que vio. Era un hermoso cuerpo lo que tenía delante. Blanco, pero hermoso.
Era joven, firme, sin cicatrices, y lo más importante, suyo.
Dio dos vueltas a su alrededor, como si estuviera comprando ganado.
Lo siguiente fue la inspección de chocho.
Bob la mandó tumbarse y que se abriera de piernas solo para comprobar lo que ya sabía. La chica tenía una depilación integral y era virgen
— Arrodíllate.
Susan se arrodilló con la boca abierta a petición de su amo.
Agarró con sus enormes y negras manos la cabeza de la chica y comenzó a introducir en su boca y muy despacio su inmensa polla.
Alice no daba crédito a lo que estaba viendo.
El negro no hizo nada más, solo mantenía su polla a medio meter en la boca de su amiga. Ni chuparla, ni follarse su boca ni nada.
Solo la mantenía ahí.
Luego le llegó el olor a orina.
Sí, su amiga se estaba tragando la meada del negro al que se había entregado.
Cuando no pudo tragar más, la orina comenzó a desbordarse de su boca, derramándose por todo su cuerpo.
Bob se detuvo.
Sacó su polla de la boca de la chica y la situó encima de su cabeza.
Comenzó a mear de nuevo sobre su preciosa cara.
Susan no tardó en estar arrodillada sobre un charco de pis.
— Tú. Ves fuera y solicita una fregona y ropa para las dos. Ellos saben que tienen que darte.
— Sí amo.
Alice salió del vestíbulo inmediatamente. No podía ver la cara que tenía Susan en ese momento.
Y no, no era de asco.
Era de arrepentimiento.
Debía estar tremendamente decepcionada con ella misma por no haber sido capaz de cumplir con las expectativas puestas sobre ella.
Se plantó ante Michael y pidió lo que le habían ordenado.
— Así que no ha podido.
Michael se tomó su tiempo en llegar con el cubo de fregar y una bolsa sellada con la ropa.
— Ten cuidado. He visto a chicas beber de este cubo para complacer a sus amos.
— No soy de esas.
— Claro que no. Por eso vas descalza y medio desnuda por aquí. Toma, tu amo te espera.
No se había sentido tan humillada en su vida.
Cuando abrió la puerta del vestuario pudo escuchar los gemidos.
Entró lo más deprisa que pudo cerrando la puerta tras de sí para que nadie viera lo que pasaba en el interior.
Susan sujetaba con fuerza el lavabo mientras su amo la empotraba desde atrás.
Se trataba de embestidas lentas y duras, muy secas.
El negro la tenía agarrada por las caderas y se tomaba su tiempo para sacar completamente su polla del interior de la chica para luego volver a meterla hasta el fondo de un solo golpe.
Susan gemía cada vez que él entraba dentro de ella.
Alice acercó el cubo de fregar hasta el charco y espero instrucciones. Nadie le había ordenado que lo limpiara ella.
Susan volvió a gemir.
— La primera vez duele. — Mencionó Bob. — Pero luego te acostumbras.
Susan volvió a gemir.
Alice pudo ver como su amiga se estaba quedando sin fuerzas.
Dos, tres, cuatro y hasta cinco gemidos más. Eso fue lo que aguantó hasta que se desplomó sobre el lavabo.
Bob la agarró del pelo y la obligó a levantarse y a que se viera en el espejo.
Estaba desnuda, meada, jadeando como una perra en busca de una bocanada de aire. Y muy dolorida.
Bob no se compadeció de ella.
— Aún no me he corrido. Si es verdad que no aguantas más, arrodíllate y comete mi polla hasta que me corra.
— Si amo.
Se apartó un poco.
Alice vio como a pesar del cansancio y del dolor que Susan llevaba encima, se arrodillo delante de su amo para meterse la polla de este en la boca.
Comenzó a chuparla con ansía, desesperadamente.
Recibió una fuerte bofetada por parte de su negro.
— No. Si lo vas a hacer así, mejor te paras y abres la boca.
Obedeció.
Alice vio como el negro le violaba la boca a su amiga. No se le ocurrió otra forma de describirlo.
Tras agarrar su cabeza con ambas manos, comenzó a entrar y salir de ella de forma salvaje.
Por suerte para el cuerpo de Susan, su amo no tardó mucho en correrse.
— Limpia tu mierda antes de bañarte y vestirte.
— Sí amo.
Tras levantarse, Susan se dirigió hasta donde la esperaba su amiga. Agarró el fregón y se puso a limpiar.
Alice pudo verla bien. Había un hilillo de sangre manchando sus muslos, así como las marcas de un par de nalgadas y de un fuerte agarre en ambos pechos.
— Esclava, muestrale tu coño. Se ve que se muere por verlo.
— Sí amo.
Obediente a las órdenes de su amo, dejó de fregar solo para posicionarse delante de su amiga. Abrió su coño con sus propias manos.
Estaba impregnado con los restos de sangre y el semen de una fuerte corrida.
— ¿Quieres comértelo?
No. Alice lo único que quería era salir de aquí.
— Si no lo haces ahora, no te dejaré hacerlo en el futuro.
— Susan, despierta de una puta vez y larguémonos de aquí.
— Me temo que no te escucha. Verás, es masoquista. Y bastante extrema, por cierto. Es de las que se entregan completamente al hombre que pueda darles lo que buscan.
Bob se situó detrás de ella y cruzó su mano para manosear el pecho de su esclava.
Solo lo estaba sobando, sin hacer nada más, pero por la cara que ponía Susan sabía que esta se estaba muriendo del gusto.
— Te lo pregunto de nuevo. ¿Quieres comerla el coño?
— Sí.
Joder, era lo que deseaba hacer toda su vida y se había dado cuenta de que era ahora o nunca.
— Bien. Esclava, túmbate y déjala hacer.
No eran ni las circunstancias ni el escenario ideal soñado mil veces en su cabeza.
Su amiga… No, la chica a la que amaba estaba tumbada abierta de piernas en un vestuario masculino.
Y acababa de follar.
El coño que había soñado comerse mil veces estaba bañado en sangre y semen.
Pero por fin estaba a su alcance.
Metió la cabeza entre las piernas de su amiga y comenzó a dar lengüetazos, a introducir su lengua dentro del agujero de su amor.
— Tienes permiso para correrte.
Obediente a los deseos de su amo, Susan se corrió en la cara de Alice.
Se habían bañado y vestido.
Y no se reconocían.
Susan iba vestida con una minifalda y un top rosa. No llevaba sujetador por lo que los pezones se la marcaban. Tampoco llevaba bragas ni tanga. Lo que sí llevaba eran unas sandalias de tacón de aguja negros y muy largos.
Tenía los labios pintados de rojo y las uñas postizas y párpados de rosa, haciendo juego con su escasa ropa.
Un pequeño bolso a juego completaba el conjunto.
Alice llevaba pantalones vaqueros cortos y una camisa blanca. Al contrario que su amiga su amo le había permitido llevar ropa interior. Lo que no perdonó fueron los tacones. Ni los collares de esclava.
No recordaban haberse vestido de una forma tan guarra nunca.
Alice pensaba que ella todavía tenía un pase, pero Susan vestía como una verdadera puta.
Ninguna de las dos dijo nada mientras esperaban dentro de la habitación que les habían dado que su amo viniera a por ellas.
Había una cama grande, un retrete pequeño y sucio, una máquina de bebidas y condones, tanto usados como por estrenar tirados por la habitación.
No se atrevieron a abrir ni los cajones de la mesilla ni el armario.
Estaban en la habitación de un puti club barato.
Bob vino a por ellas un poco más tarde. Las chicas tuvieron que usar la típica excusa de que una estaba en la casa de la otra y viceversa con sus respectivos padres.
Cuando salieron al callejón pudieron notar la enorme diferencia entre sus yo de esta mañana y sus yo de la tarde.
Todo resultaba intimidante.
Eso significó que ninguna de las dos pensó ni por un momento en separarse de su amo. Resultó difícil porque ninguna estaba acostumbrada a los tacones.
Fue Bob quien caminó más despacio.
Y quien plantó sus manos en el culo de las chicas cuando estás no podían permitirse estar sin él.
No les importó. Incluso Susan apoyó su cabeza contra él.
Ni siquiera se habían dado cuenta de que era la primera vez que su amo las metía mano en público y a plena luz del día.
Bob les transmitía una seguridad que nunca antes habían sentido. La seguridad de que nadie las tocaría porque eran suyas y nadie más.
Bob las condujo hasta la esquina de un parque cercano.
— Buenas, hermano. Joder, menudo par de golfas traes contigo. Si quieres algo de pasta, tengo sitio.
— No las traigo para trabajar aún, pero todo es posible. Solo he venido a traerte lo tuyo.
Vieron como las drogas y un fajo de billetes cambiaban de mano.
— Pues muchas gracias. Y con respecto a ellas, piénsalo. Pueden hacerte ganar mucha pasta.
Sonó una fuerte palmada.
A ninguno de los presentes se le escapó que Bob acababa de soltar una fuerte nalgada en el culo descubierto de su esclava.
— Puedes esperar sentado.
Susan apretó su cuerpo contra el de su amo. Le encantaba sentir la fuerza y el calor corporal del hombre al que se había entregado.
El trayecto en coche junto a su amo fue corto. Se dirigieron al puticlub del polígono industrial.
Ninguna de las dos había estado antes ahí.
Entraron por la puerta de servicio y pidieron mesa reservada.
— Para mí una cerveza fría y para ellas un chupito de semen de macho. Ni se te ocurra darme de sumiso.
— No te preocupes. Por ellas me ordeñaré la polla yo mismo.
Fue cuando el camarero vino con el pedido cuando Alice se lo preguntó a su amo.
— ¿Semen de macho?
— De un hombre macho. Lo hay de clientes, de perro, de caballo, de preservativos usados y el peor de todos, de sumisos.
Mientras Alice lo contemplaba entre admirada y asqueada, Susan se lo había bebido ya.
— Bien. Ahora hablemos de negocios. Os voy a dar mercancía por valor de diez mil. Vendiendo poco a poco a vuestros amigos ricos se pueden conseguir veinte mil fácilmente. Y dejémonos de chorradas. Ambas ya sois mías.
Ninguna de las dos lo negó.
— ¿Y nos va a poner a trabajar como putas si no nos sale bien? — preguntó Alice.
— Ya sea como vendedoras o como putas os voy a sacar a ambas todo lo que pueda. ¿Estamos?
Ambas sabían que era cierto.
El resto de la charla consistió en cómo esconder la droga, como dividirla en paquetes y como camelarse a un tío para que soltará mucha pasta y encima se sintiera el hombre más feliz del mundo.
Eran las diez de la noche cuando terminaron sus estudios sobre drogas. El resto de la noche debían pasarlo aprendiendo a chupar pollas.
O más concretamente, chupando pollas.
Ni Susan ni Alice se quejaron.
Si en algún momento del día habían tenido vergüenza o decencia, hacía un tiempo que la habían perdido.
Fueron conducidas cada una a un habitáculo con una silla y un agujero en la pared.
Cuando las sacaron ninguna de las dos era capaz de recordar ni cuantas pollas ni cuánto semen habían tragado.


Licencia de Creative Commons

las putas de Bob 1 es un relato escrito por joaquín publicado el 30-09-2023 20:56:33 y bajo licencia de Creative Commons.

Ver todos los relatos de joaquín

 

 

4 No me gusta0
PARTICIPA!! Escribe tu opinión

MÁS RELATOS

 las esclavas de Bob 2
 Escrito por joaquín

 Me convierto en la perra de papá II
 Escrito por Pandora

 Luna de Miel en Kenia-Maldivas FINAL
 Escrito por Amocalabozo

 Con mi perra en Nochevieja
 Escrito por Pandora



   ACCESO USUARIOS

   
   
   
   BÚSQUEDA AVANZADA