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la sumisas de Bob 3
Escrito por joaquín

Iban caminando por la gran avenida que conducía a su casa. Sin hablarse. No se había dirigido la palabra desde que salieron del instituto.
Alice echó un vistazo a su alrededor. Casi parecía otro mundo. Desde luego muy distinto al que se habían movido el día anterior.
Echó un ojo a la cara de su amiga. Estaba resplandeciente.
Suspiró.
— ¿Y bien? ¿No me vas a contar que te ha hecho para que estes así?
— Tratarme como una puta.
— Por Dios, Susan.
— Es la verdad. Me ha pagado por usarme. Y lo mejor es que ha tirado los billetes al suelo y los he tenido que recoger desnuda del suelo del callejón
— Susan…
— Y se los ha llevado el viento. He tenido que moverme de aquí para allá para que no sé me escapará ninguno.
— ¿Y te han visto?
— Eso ha sido lo mejor de todo. Bueno, y esto.
Se apartó el pelo para mostrar a su amiga el claro chupetón que su amo le había dejado en el cuello.
— Eso es algo que te hacen los novios, Susan.
— Mi amo puede hacer conmigo lo que quiera.
Alice mantuvo la boca cerrada durante un rato.
— ¿Te duele el culo?
— ¿Qué? ¿Los azotes? No, no mucho.
— No me refería a los azotes.
— Como el infierno cada vez doy un paso. Pero me gusta.
Su amiga resopló.
— Es seguro que tengas alguna fisura o un desgarró a causa de la monstruosidad que te has metido dentro. Vamos al hospital para que te miren.
— No quiero ir al hospital.
— Tú harás lo que yo te diga. Ahora dame la mano.
Susan era incapaz de reconocer a su amiga.
— Que me des la mano te digo.
Susan alargó tímidamente su mano y Alice la sujetó con fuerza. Siempre había querido ir agarrada de la mano de su amiga.
— Es para que no te escapes.
— No pienso escaparme.
Desde hacía años sabía los sentimientos que Alice albergaba por ella, pero nunca la había visto tan decidida.
Ambas no tardaron mucho en llegar al hospital general de la zona y se plantaron delante de la recepción de urgencias.
— Buenas, mi amiga necesita una revisión médica, por favor.
— ¿Y qué le pasa si puede saberse?
— Que ha mantenido relaciones sexuales con un negro con una polla así de grande. Oral, vaginal y anal, por si se lo pregunta.
— Y sin condón. — Subrayó Susan divertida.
— Y sin condón. — Aseguró Alice irritada.
— Chicas, ¿Es esto algún tipo de broma?
— Avise al ginecólogo, por favor.
Las chicas, aún agarradas de la mano, se sentaron en la recepción a esperar.
No tuvieron qué esperar mucho. Un ginecólogo, un hombre de unos 60 años, medio calvo y regordete, salió del interior del recinto y les dio paso a una consulta cerrada.
— Entra ahí y desnúdate completamente.
— ¿Es eso necesario?
— En caso de agresión sexual, sí. Pero entiendo que si les molesta que sea un hombre quien les atienda puedo pedir a una compañera que lo haga. Solo tenemos que dar el aviso.
— No, estoy bien contigo.
Susan comenzó a desnudarse delante de él, se tumbó en la camilla y se abrió de piernas
El hombre se acercó a ella. Echó un vistazo rápido por todo el cuerpo y le abrió el coño para examinarlo.
— ¿Está bien? — preguntó Alice.
— Sexo duro, muy duro, pero consentido y sin mayores destrozos. Desde luego si tu amo hubiera querido, te hubiera destrozado.
— ¿Cómo sabe…?
— Varias pistas aquí y allá. Va sin bragas, tiene la planta de los pies sucios de andar por la calle descalza y ese collar de esclava que no se ha quitado y que tú también llevas.
Alice se mordió los labios.
— Date la vuelta, tengo que revisar la parte de atrás.
El hombre agarró con fuerza los glúteos de la chica y se los abrió.
— Tiene una fisura por aquí, pero nada realmente grave. Te va a sangrar y te va a doler como el infierno cada vez que vayas de vientre. Normalmente te la trataría, pero sabiendo lo que eres te lo preguntó. ¿Quieres que la trate o la dejamos tal cual está?
— Déjela.
— Susan…
— Le excita el dolor. — Dijo el hombre encogiéndose de hombros— Te toca.
— A mi no me ha hecho nada.
— Y voy yo y me lo creo. Te toca.
Desnudarse delante del hombre era vergonzoso. Ya había estado en realidad desnuda delante de unos cuantos, pero seguía siendo vergonzoso.
— Puedes ir allí a cambiarte.
— Déjela, tiene que acostumbrarse.
“Será perra…”
Alice terminó de desnudarse delante del hombre, se tumbó en la camilla y se abrió de piernas. Gimió cuando los dedos del hombre abrieron su coñito.
— Anda, si eres virgen.
— Ya se lo he dicho. ¿Puedo…?
— No, date la vuelta.
— Te estás divirtiendo con esto, ¿verdad?
— Para eso me hice ginecólogo.
Igual que a su amiga, le abrió los cachetes del culo él mismo.
— Menuda sorpresa. Virgen también.
— Ya se lo había dicho.
— Muy bien, os voy a recetar la píldora. A las dos. Así como la píldora del día después para ella. Os diría que os la toméis, pero debéis preguntar a vuestro amo antes de hacerlo.
— No sabíamos que teníamos que hacerlo.
— Pues hacedlo. No sé hasta qué grado estás sometida pero desde luego tu amiga no dará un paso sin su aprobación. Y a ti te sugiero lo mismo. Hay muchos hombres que pagan por mamar pechos de jovencitas.
Tras conseguir los medicamentos salvo la píldora del día después en la farmacia del hospital regresaron a casa. Caminaban agarradas de la mano pensando en cómo iban a explicar ciertas cosas.
O cómo no iban a explicarlo.
— ¿Dónde habéis estado? Porque en la casa de la otra no.
Quien preguntaba era la madre de Alice. Como casi siempre habían terminado en su casa tras salir del insti.
— Hemos estado de fiesta, mamá.
— ¿Una fiesta? ¿Y porque no me habéis dicho nada?
— Porque era una fiesta con chicos. Solo mira el chupetón que le han hecho a Susan.
Esta, entre divertida y avergonzada, le mostró su cuello a la madre de su amiga.
— ¿Estás segura de que eso no se lo has hecho tú?
— ¿Qué? No.
Fue en ese momento cuando se dieron cuenta de que todavía tenían las manos entrelazadas.
— No, no he sido yo. Ha sido un chico.
— ¿Y por eso te has confesado ya?
— Sí, digo no.
Alice alzó la mano que tenía entrelazada con Susan.
— Esto es difícil de explicar.
— Nos queremos — Aseguró Susan.
— Resumiendo mucho, sí. Nos queremos. Pero el responsable del chupetón ha sido un chico.
— ¿Y ese chico es responsable de que necesitéis esto? — Marie les mostró las píldoras previamente confiscadas. — Si lo hacéis entre vosotras no necesitáis esto.
— De cierta manera, sí, es el responsable.
— ¿Os acostáis las dos con él?
— Mamá…
Fue cuando la madre de Alice examinó la pequeña chapa metálica que colgaba de los collares que ambas llevaban puestos y en los que había una inicial grabada.
— ¿Su nombre empieza con B?
— Se llama Bob. — Confirmó Susan.
— ¿Y os ha marcado como suyas?
— Porque lo somos.
Alice no podía mirar a la cara a su madre.
— Hija, ¿Es algún juego?
— No, no es un juego. Es una larga historia.
— Me he entregado a él. Y Alice también aunque no lo admita.
Marie era abogada. Sabía desde hacía años cuando la gente le mentía. Por eso se sorprendió tanto al ver que ambas estaban siendo sinceras. Y que no estaban confusas ni pérdidas, que ambas tenían muy claro que estaban haciendo.
— ¿Tenéis alguna idea del mundo donde os estáis metiendo?
— No.
Fue una respuesta sincera y para nada ingenua por parte de ambas.
— ¿Desde cuándo lleváis con él?
— Desde ayer.
— ¿Y qué habéis hecho?
Ambas se miraron…
— Pues… — empezó Alice.
— Caminar descalzas detrás de él.
— Comer pollas en un cuarto oscuro.
— Beber un cuenco entero de semen.
— Mear delante de un montón de hombres.
— Yo me he tragado toda una meada.
— Yo te he comido el culo.
— ¿¡Queréis dejar de jugar a ver quien es la más guarra!? — Gritó su madre.
Ambas se callaron durante un momento.
— Se ha corrido en mi pelo. Y aún no me lo he lavado.
— ¿En serio? ¿Y no lo tienes pegajoso?
— Sí, mira, aquí, aún se puede sentir…
— A ver, dejame ver…
— Sí, mira, es aquí…
Alice comenzó a inspeccionar con los dedos el pelo de su amiga con curiosidad.
— Hija, por Dios. ¿Pero cómo podéis ser tan guarras las dos?
Trato de calmarse.
— ¿Y os ha chantajeado? ¿O pegado?
Ambas desviaron la mirada. Fue Susan la que señaló a su amiga.
— Pero eso fue porque me estabas comiendo el coño muy rápido.
— Pero tú me pegaste.
— Solo te azoté.
— ¿Y eso fue antes o después de que la comieras el culo?
Alice pensó un momento.
— Después. Justo después de que mi amo me azotará la vagina.
— Así que primero Susan te comió el coño, luego tu amo te azotó la vagina y a continuación le comiste el culo a Susan. ¿Es correcto?
— Sí, es tal y como lo recuerdo.
— Y Susan, ¿Cuándo dices que te tragaste su meada…?
— Me tragué dos. Una por la tarde y otra por la noche.
— Y la de los tíos del cuarto oscuro, porque alguno de ellos no expulsó semen precisamente. — Aclaro Alice.
— Y recuerda cuando te bebiste la tuya propia tras mear en la sala principal.
— Pero solo fue un poco. La mayor parte me la derramó por encima delante de todos.
— Así que resumiendo, sois unas guarras del copón bendito. ¿Un día?
Ambas asintieron con la cabeza.
— ¿Cómo harás para contarle a tus padres, Susan?
— No hace falta, ellos no me lo van a preguntar.
Marie les mandó para arriba, a dormir. Tampoco es que pudiera hacer otra cosa. Eran mayores de edad y no había rastros de ningún delito en contra suya tal y como le había asegurado el doctor que las había atendido violando la privacidad médico paciente.
Tras bañarse y asegurarse de que Susan se limpiara la mierda de los pies, se metieron juntas en la cama. Un simple camisón corto cubría sus cuerpos.
Estaban contentas.
Habían sobrevivido a lo que parecía un día interminable.
Alice no podía dormir.
No sintiendo el calor corporal de su amada a su lado.
Quería acariciarla, besarla y darle placer.
Movió su mano despacio hasta acariciar la piel desnuda de la pierna de su amada.
— Estate quieta, debemos dormir.
La movía de abajo arriba, de arriba para abajo.
— Estate quieta.
Lejos de detenerse, plantó su mano aún con más firmeza.
— Alice…
— Quiero besarte.
Se colocó encima de ella antes de que esta pudiera hacer nada.
— Quiero besarte.
— Alice, no podemos.
— Claro que podemos.
La besó. Un beso dulce y sincero. Y a continuación un beso mucho más profundo.
— Alice…
Esta no le hizo caso a su amada y metió su cabeza entre las sábanas. Bajó sus braguitas y comenzó a lamer.
— Alice, para.
Claro que no iba a detenerse. Ya tenía a su amiga donde siempre la había querido y no pensaba detenerse por nada del mundo.
Marie, que había subido para ver que tal estaban las chicas y que era la verdadera razón por la que Susan quería que Alice parase, cerró la puerta.
— Mierda.
— No te pares ahora.
No, ya era demasiado tarde para echarse atrás. Alice siguió lamiendo el coño completamente expuesto de su amada, introduciendo su lengua en ella y dando pequeños mordisquitos aquí y allá.
Recorrió el cuerpo de su amante hasta llegar al cuello y comenzó a besarlo, plantando un chupetón en lado libre.
Tras la sesión de sexo, ambas quedaron dormidas mientras se abrazaban.


Licencia de Creative Commons

la sumisas de Bob 3 es un relato escrito por joaquín publicado el 03-10-2023 23:09:25 y bajo licencia de Creative Commons.

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