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Martita y la madre de Martita I
Escrito por Lena

- Te he dicho, muchas veces, que desconectes el móvil cuando estés conmigo. ¿Quién te está llamando?

- Es mi hija, señor.

- Respóndele y pon el volumen, quiero oir su voz.

- Dime Martita. ¿Qué quieres?

- ¿Dónde estás? ¿Vas a llegar tarde?

- No. En una hora, más o menos. Estoy con un amigo
.
- ¿Un amigo? ¿Quién és?

- No lo conoces. És un amigo de cuando era universitaria.

- ¡Ah! Vaya. Bueno. ¿Preparo la cena?

- Sí, mejor. Gracias Martita.

- ¿Para dos o va a venir tu amigo?

Daniel afirmaba, ostensiblemente, con la cabeza.

- No. No.

- Vale. No tardes. Un beso.

- Un beso.

- ¿Por qué le has dicho que no? Sabes que quiero conocer a tu hija. La llamas y le dices que iré contigo.

Desde el día que cogió el móvil de Montse para ver si tenía fotos de su hija Daniel venía insistiendo en conocerla.

- No. No quiero que conozca a Martita. No quiero que haga con ella lo que ha hecho conmigo.

Sabía que reaccionaría de mala manera, pero no iba a consentir con aquello, aunque le costara ser castigada. La había convertido en una sumisa y no quería esto para su hija y menos a su edad.

- ¿Qué coño te pasa? ¿Crees que voy a violarla o qué? Además, tiene dieciocho años. ¿No? Ya es mayorcita para decidir ella lo que quiere y lo que no. Llámala ¡Joder!

- No me haga esto…Por favor, señor…Esto no…Aún es una cría.

- Una cría que tiene una carita de vicio que no puede con ella. Dame el teléfono, la llamaré yo mismo si tu no lo haces.

Le arrancó el móvil de la mano. mientras la empujaba contra la pared.

- Está bien…Está bien, ya llamaré yo.

Sentado en una esquina de la mesa Daniel desplegaba todos sus encantos, interesándose por los estudios de su hija, hablando de su negocio, de cómo se habían conocido, hacía ya años con Montse, su madre. Ella estaba visiblemente cansada, ojerosa, después de haber pasado toda la tarde con él, de haber sido usada, como lo sumisa que era.

- Haces cara de estar muy cansada, mamá. ¿Por qué no vas a la cama? Mañana tienes que levantarte temprano. Deja que el señor Daniel se termine su whisky tranquilamente y luego él y yo recogeremos la mesa. ¿Verdad señor?

- Sí, claro que sí.

- ¿Y tu hija? También te tienes que levantar temprano…

- Yo mañana no tengo clase hasta las once.

Quería resistirse, pero la verdad es que sí que estaba cansada y con el cuerpo dolorido. Finalmente cedió, después de muchos ruegos por parte de su hija.

- Parece que tu madre no se fía de dejarnos solos - Decía aquello con una sonrisa en sus labios.

- Debe estar celosa. No querrá que le quite a su amigo.

- Razón no le falta con una hija tan guapa como tú, si no fuese un viejo no te dejaría escapar.

- Usted no es un viejo. En todo caso es un hombre maduro y ella sabe que a mí me gustan los hombres maduros.

- ¿Has estado con alguno?

- No, por dios qué más quisiera yo, pero ya estoy harta de niñatos.
Dígame la verdad. Usted y mamá son algo más que amigos. ¿No?

- La verdad es que sí. ¿Sabes? No quería que te conociera. Realmente está celosa.

- Vamos, que lo quiere solo para ella, debe estar muy enamorada.

- ¿Enamorada? No. Que va. Es otra cosa. No estamos enamorados.

- Pues si es solo sexo no tiene derecho a impedirle que conozca a quien quiera.

- Eso mismo pienso yo.

Dijo esto al tiempo que ponía una mano en su muslo, justo donde empezaban sus cortísimos pantalones tejanos deshilachados. Marta le regaló una sonrisa.
Por lo visto sería más fácil de lo que imaginaba.

- Qué piel más suave tienes. Tu novio debe disfrutar mucho de ti.

- ¿Novio? Por favor, yo no tengo novio. Solo he tenido algún amigo con derecho a roce y no crea que muchos.

Puso una mano encima de la de Daniel.

- Nunca he estado con un hombre de verdad.

- Ni yo, desde que dejé de ser joven, con una chica como tú.

Le dio un beso, un beso corto, en sus labios. Los ojos de Marta brillaban, relucían.

- Porque no vienes una tarde a mi casa, me gustaria ver que hay debajo de esta blusita.

- Espérese un momento, ahora vuelvo.

Poco tardó en regresar, sentada de nuevo. Con una sonrisa, se desabrochaba su blusa.

- Puede verlo ahora si quiere. ¿Le gusta?

- ¿Cómo no va a gustarme? Cada una me cabe en la mano. Ya no recordaba lo duras que las tenéis a esta edad.

Su mirada había cambiado, ya no era una mirada pícara, sino llena de deseo.

- Yo también tengo algo duro para ti. Seguro que también quieres verlo.

Cogió una de sus manitas para llevarla a su entrepierna.
Una voz lejana llegó hasta ellos.

- Martita ¿Aún no vienes a dormir?

- Sí, mamá, ahora mismo recogemos.

- Será mejor que me lo muestre mañana, por la tarde, en su casa.

- Sí, será mejor…
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Le confesó que pocas veces lo había hecho, le daba cierto asco.

- Ya verás como la mía no te lo dará.

Había cuidado de excitarla con sus caricias, con sus besos. Se sentía deseada y caliente como nunca lo había estado. Sus labios temblando, temblando después de aquel último beso. largo y profundo, casi obsceno. Estaba dispuesta a complacerlo.

- Así, así, como si comieras una pirueta. Sí, así. mueve tu lengua. Pronto la comerás entera, como la puta de tu madre.

“La puta de tu madre”. “La puta de tu madre” Aquellas palabras se repetían en su mente. Unas palabras que dichas por otro, en otro momento, con otro tono. hubieran sido insultantes, ahora no hacían si no excitarla aun más de lo que ya estaba.

- Para, para zorrita. Quieres que te follé. ¿Verdad? Pues si es así para o me correré en tu boca.

A pesar de sus iniciales protestas. allí la tenía, con las muñecas atadas en la cabecera de la cama, así es como la quería; vulnerable, que supiera que podía hacer con su cuerpo lo que quisiera. Sabía que no tardaría en convertirla en una complaciente sumisa, como era su madre.

Vió como se desnudaba, no podía apartar la mirada de su pene, sus sabias manos recorrieron todo su cuerpo hasta llegar a su pubis, a su sexo. acariciaba su clítoris, de abajo arriba, de arriba a abajo. Ni siquiera jadeaba, estaba totalmente inmóvil con la boca entreabierta, los ojos cerrados, sentía algo que nunca había sentido; una sensación orgásmica recorría todo su cuerpo. No fue capaz de saber cuánto duró aquello. No, no usaba anticonceptivos. A pesar de su estrechez la penetró con facilidad, estaba totalmente lubricada, con facilidad y suavemente, al menos al principio.

- Te la voy a clavar entera, zorrita.

La follaba con dureza, nada que ver con los jóvenes con los que había estado. Ahora si suspiraba, jadeaba, gemía. Pronto se le vino la “pequeña muerte”, por dos veces, antes de que él se corriera.
Desató sus muñecas.

- Date la vuelta. Quiero ver bien estas prietas nalgas.

Las acariciaba, las sobaba, las palmeaba, Su dedo alcanzó su ano, que empezó a acariciar.

- ¿Qué haces? - Parecía algo asustada.

- ¿Quién te ha dicho que puedes tutearme, puta?

- Per…Perdóneme señor…

- ¿Te gusta? Contesta. ¿Te gusta?

- Sí. Sí, sí me gusta. me gusta mucho, pero…

- No tengas miedo, no te voy a encular, aún no. Lo haré cuando tú misma me lo pidas. Ahora vístete y vete a tu casa, tu madre te debe estar esperando.

- No le diga nada de esto. Por favor.

- Tranquila, no le diré nada, aunque seguro que, de una manera o otra terminará sabiéndolo. A partir de mañana quiero que tomes anticonceptivos. No deseo tener que usar más un condón contigo, quiero llenarte con mi leche.

- Sí señor ¿Cuándo volveré a verle?

Daniel la quería los fines de semana, para nada quería sentirse culpable de que no cuidase sus estudios, era muy joven y no quería sentirse culpable de arruinar su futuro.


Licencia de Creative Commons

Martita y la madre de Martita I es un relato escrito por Lena publicado el 28-11-2022 22:31:06 y bajo licencia de Creative Commons.

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