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La conversión de José I
Escrito por Lena

- Cualquier día se enterará de lo nuestro y no sé qué ocurrirá.

- No ocurrirá nada si te anticipas a ello.

- ¿Anticiparme? No entiendo quieres decir. ¿Pretendes que se lo cuente antes de que se entere por otras personas?

- No, no me refiero a esto, sería un disparate. Lo que tienes que hacer es feminizarlo. Convertirlo en una putita como tú.

- ¿Feminizarlo yo, una sumisa? no sabría por dónde empezar.

Seguro que sí. Piensa en ello, mejor aún; hazlo. Tómatelo como una orden mía.

Pero…

- ¡Hazlo!

- Si, amo. lo intentaré…

- No he dicho que lo intentes, he dicho que lo hagas. Feminizarlo, someterlo y luego ya me cuidaré de él.

Buscó información, leyó sobre ello, miró videos. Era el momento de empezar. De empezar con ello, aunque se le hiciese cuesta arriba.

El bueno de José, con los años, sin llegar a ser obeso, había engordado y quizá por esto o por los trece años de matrimonio cada vez era menos activo sexualmente, pero ella seguia queriéndolo. A pesar de su infidelidad, de su entrega como sumisa, seguía queriéndolo.

- ¿Qué haces?

- ¿No te gusta?

- No se…Sí…Pero…

- Relájate. Déjate ir.

Estaba ladeado, intentando dormir, cuando ella, Marta, había empezado a acariciar su ano. Había tenido cuidado en recortarse bien las uñas y se había provisto de lubricante. solo deseaba que todo saliese bien. Era el principio, el principio de un camino a recorrer.

Introducía con sumo cuidado su dedo. Solo un poco. Lo suficiente para ver su reacción. para prepararlo para lo que vendría en días posteriores. Cuanto antes mejor.

- Dios…sigue…sigue…

Parecía que aquello le gustaba más de lo esperado. Dirigió la otra mano a su pene. Estaba totalmente flácido y aun así parecía que él gozaba. sabía, por sus lecturas, que algunos hombres reaccionaban así. pensó que parecía, en cierto modo un eunuco y aquello le hizo sonreír. Sería más fácil de lo que pensaba.

Se atrevió a penetrarlo más de lo que había previsto. Veía como su esposo se entregaba a un placer que hasta entonces no había conocido. Lo oyó jadear. Noto las contracciones de su cuerpo. Había sentido placer y se preguntaba si aquel placer era algo parecido o cercano a los orgasmos que ella obtenía.

- ¿Y tú mi amor? No puedo penetrarte ahora.

- Sabes muy bien como darme placer sin usar tu pene…

Abrió las piernas para recibir la boca de su esposo en su sexo. Estaba excitada y no tardó en gemir de placer.

Por la mañana no hablaron de ello, se despidieron como siempre, con un beso en los labios y cada cual salió hacia a su trabajo.
No fue hasta la hora de cenar. José parecía preocupado:

- Lo de ayer…

- ¿No te gustó cariño?

- Sí, sí me gustó, pero no soy maricón.

- ¿A qué viene esto? Ya sé que no eres maricón. Hay muchos hombres que les gusta eso y no lo son.

- ¿Y tú como sabes esto? ¿De dónde sacas que esto gusta a muchos hombres, sin serlo?

- Porqué me he informado. Hace unos días, tomando un café, en un descanso del trabajo, estaba charlando con Clara. No sé cómo la conversación le llevó a decirme que a su esposo le gustaba que practicara pegging con él. No le dije nada porqué ni siquiera sabía que significaba aquella palabra, pero cuando llegué a casa lo consulté en Internet y bueno…pensé que quizá a ti también te gustaria.
Es solo un juego. Un juego entre nosotros.

- Un juego peligroso…

- ¿Un juego peligroso? ¿Por qué dices esto?

- Parece algo propio de homosexuales. Ya viste que no se me ponía dura.

- A algunos les pasa, a otros no. Pero de verdad me parece una tontería que pienses eso. Ya te he dicho que es solo un juego…
Te confieso algo: Mientras me dabas placer con tu boca yo fantasee que era una mujer quien me lo estaba haciendo y te aseguro que ni por un momento he pensado que era lesbiana.

- ¿Una mujer? ¿Qué mujer?

- ¿Te vas a poner celoso ahora? Una mujer cualquiera, una mujer sin nombre. Se podría llamar Engracia. - Dijo sonriendo.

- ¿Engracia? ¿Porque Engracia?

- Porque es un nombre que nadie usa, al menos nadie que yo conozca.
Pero bueno ¿Te gustó o no?

- Sí…Mucho…Nunca había pensado que me podría gustar algo así.

- Entonces esta noche lo haremos mejor. Ya verás.

- ¿Esta noche?

- Sí. ¿Por qué no?

- Está bien…si tú lo quieres. Pero por favor…No se lo digas a nadie.

- Claro que no. No soy como Clara; nunca cuento a nadie nuestras intimidades.

Hizo que se arrodillara en la cama, ofreciendo su ano, con el pene, como la noche anterior, su pene permanencia flácido, mientras el gemía de placer. Esta vez sí le penetró todo su dedo, con cuidado, con suavidad, lo movía lentamente con sumo cuidado, pero cada vez, con más intensidad. No se atrevió a un a llamarle zorra, aún no había llegado el momento, pensó.

Dejó pasar una semana, sin hablar de ello. hasta hicieron el amor, como habían hecho antes. Lo hizo para que no hubiera rechazo por parte de él, para que no se asustara, pero al mismo tiempo para que le creara ansiedad. Ansiedad por volver a sentir aquello.

Se sonrojó cuando lo llamó aquella tarde desde el salón comedor. Estaba sentada en el sofá mirando la portada de aquella web, en la cual se había asesorado.

- Ven aquí, Engracia. Quiero enseñarte algo.
Dime ¿Qué te parece?

Solo se le ocurrió una expresión:

- UFFF.

Aquella mujer vestida, frotando lo que parecía un gran pene, situado debajo de su falda, hacía que no pudiese quitar la vista de la pantalla.

- ¿Te gusta verdad, Engracia mía?

Se levantó para situarse frente a él, desabrochando su camisa y empezó a acariciar sus tetitas de gordito.

- Por favor, mi amor…

Las chupaba, chupaba sus pezones, erectos como los de una mujer.

- Dios ¿Quieres de verdad que sea tu Engracia?

- Sí. Mi amor.

- Seré lo que tú quieras. Lo que tú quieras.

- Hoy es sábado, podemos ir a comprar un arnés, en una sex-shop lejos del barrio.

- Ve tú sola, por favor. Me da mucha vergüenza.

- Venga, mujer. Así lo escogeremos las dos.

La chica era muy amable, aunque no podía evitar mirarlos con una cierta sonrisa. Sobre todo, a él, que no sabía muy bien cómo disimular su curiosidad, su nerviosismo y su vergüenza.

Aquella noche sí le pudo llamar zorra, había llegado el momento adecuado.

Naturalmente, su AMO, estaba al corriente de aquellos avances. Aprovechaba cualquier ocasión para verse y ser sometida por él.

Luego vino, paso a paso, con cuidado, deslizarlo hacia su total feminización. El día que hizo que se mirara en el espejo, con los labios pintados y la ropa interior que le había comprado, diciéndole lo guapa que estaba, se sorprendió de verse, de gustarse.

- Sé que no te gustan los hombres, pero estoy segura de que tu gustarías a muchos

- ¿Tú crees? …Prefiero no pensar en ello. A veces pienso cómo sería…

Aquella fue la primera noche en que lo azotó.

- Bien perrita, ha llegado el momento de que lo convenzas para que se inscriba al gimnasio. Ya tengo ganas de follarme a tu Engracia.

- ¿Crees que se dejará? Siempre me recuerda que no es maricón.

- Será maricón o no, pero seguro que está ansiando una polla de verdad.

Le costó convencerle de que se inscribiera en el gimnasio y fuese con ella el día que ella acudía. Después volverían juntos a casa.

- Vaya. José, el esposo de Marta. ¿No te acuerdas de mí? Nos presentó un día que coincidimos tomando un café. Pero, claro, hace tiempo ya.

- A sí. La verdad es que primero no te reconocí.

- Será por la desnudez. - Dijo sonriendo.

Allí en el vestuario, juntos a las duchas, se encontró, creía que casualmente, con aquel hombre, completamente desnudo. Musculoso y fuerte, no como él. No pudo evitar que su mirada se dirigiera a su pene.

- ¿Qué pasa? ¿Te gusta? Si quieres puedes probarla.

- Yo…No…perdona.

- ¿Nunca te has llenado la boca con una?

- No. Por dios.

- Ya veo. Hasta te has sonrojado. ¿No te vas a duchar?

- Prefiero hacerlo en casa.

- Venga. desnúdate y vamos a la ducha.

- ¿Vamos?

- Sí. vamos. Te estas muriendo de ganas. No serás el primero en hacerlo aquí. Todo es empezar.

- Pero yo…Yo…No soy maricón.

- Ni yo. Tú mismo, no suelo rogar.

- Pero aquí…

- No hay nadie ahora y además si alguien nos oye no va a hacer ni caso. Te lo aseguro. Es más corriente de lo que imaginas.

Arrodillado, dentro de la ducha, frente a él. llenando la boca con su polla. Hacía tanto que lo deseaba…

- Vaya, por ser la primera vez no lo haces mal del todo. Se nota que hace tiempo que tenías ganas.
Así. Muy bien. Traga. Traga.

Sentía su polla dura y aquello le excitaba. Con una mano acariciaba sus testículos, mientras su pecho se cubría de sus propias babas.

- Para. Tienes un bonito culito que quiero estrenar. Ponte de pie y sabrás lo que es una buena polla.

Había cogido un preservativo, se lo puso mientras le decía que estuviese tranquilo, que se lo haría con suavidad. Que seguro que le gustaría.
Le penetró con facilidad y simuló su sorpresa.

- Vaya. Haciéndote la estrecha y lo tienes totalmente dilatado. ¿Cuántos te han follado ya, zorrita?

- Solo…Solo ella…

- ¿Ella? ¿Quién? ¿Tu esposa? No me dirás que te dejas encular por una perra sumisa como Marta.

- Sí…sí…Por dios…sigue…sigue…

- Como os gusta esto. A cuál más puta.

Marta lo esperaba a la salida del gimnasio.

- Si que has tardado para ducharte.

- Me he encontrado con Antonio.

- ¿Antonio? ¿Mi cliente? Pues si que habéis estado charlando.

Parecía un poco ido, con la mirada baja. Como si estuviera en shock.

- No…No hemos estado hablando. Me ha follado…

- ¿Qué? ¿De verdad te has dejado follar por él?

- Sí, me ha follado y me ha hablado de ti. Me ha dicho que eras una perra sumisa y una puta. Te ves con él. ¿Verdad?

- Si. Perdóname…Perdóname…Necesitaba…

- Necesitabas un macho…Como yo…¿Me vas a dejar por él?

- ¡NO! Nunca lo haría. Te quiero. Te quiero de verdad…perdóname…Perdóname por favor.

- Y tú a mí. Pero seguirás viéndolo. ¿Verdad?

- No puedo evitarlo…Si tu supieras…

Se hizo un largo, un larguísimo e incómodo silencio.

- Sí…Lo sé… ¿Por qué no lo invitas a cenar? Yo también quiero volver a verlo.

- No sabes lo que dices ¿Te imaginas lo que ocurrirá si hago esto? Antonio es un hombre muy correcto, pero en el sexo es muy dominante, es un verdadero AMO. Nos usaría, humillaría. No quiero que me veas así.

- Sí. Sé lo que pasaría y quiero verte así y que tú me veas con él. Es lo mejor para las dos. Nada cambiará entre nosotras…Espero…

- ¿Estás segura de lo que dices Engracia? Mi amada Engracia.

- Muy segura. Invítalo este viernes. Así el sábado podremos descansar y amarnos como siempre.


Licencia de Creative Commons

La conversión de José I es un relato escrito por Lena publicado el 25-04-2023 22:11:45 y bajo licencia de Creative Commons.

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