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Otro fetiche más
Escrito por Slave

Estaba tan caliente por unos pies de mujer que no se me bajaba más que por momentos. Sentía una carga sexual enorme en los testículos, y mucho más en mi parte más sensible, que es en donde más me gusta el contacto de los deditos de los pies de las chicas, la cabeza del glande.

Además. me quedé recaliente con Leticia, la profesional de 22 años, la de los pies de sabor delicioso, de uñas sin pintar y de deditos suaves, delicados, largos y muy hábiles, los más bellos que había allí esa tarde y noche, que fueron los que me trabajaron la cabeza con tanta habilidad y delicadeza. Tanto que aún los siento.
Después de la fiesta, fue la que más cerca de mí se sentó, me dio a besar los deditos a cada monento, me acarició la cara, vertía champán sobre el empeine y yo lo bebía en los deditos. Todas lo hicieron, pero ella fue la que más veces lo practicó. Me usó los muslos de apoya pies, me metió los deditos en la boca decenas de veces, como para un regalo completo decía. Me acariciaba consciente y distraídamente con los piecitos casi todo el tiempo.
Yo quería esos maravillosos pies de nuevo.

Le hablé a Gina y le conté todo desde la enorme calentura. Me dijo que fuera a la otra mañana a su departamento que me íbamos a organizar algo.
Fui, y me recibió con esas sandalias de tiritas mínimas que me vuelven loco. Parece casi descalza. Se sentó, y empezó ese baile cadencioso de calzado femenino en el aire, al borde del abismo de los deditos, casi casi cayéndose.
Le pedí perdón por la fijación, y me dijo que no me preocupara.

- ¿Quién es la única mujer en el mundo que te entiende a fondo?, preguntó sonriendo burlonamente.
- Tu, le dije.
- Bueno despreocúpate, te vamos a conseguir esos piecitos de princesa. Hoy mismo.

Cogió el teléfono y acordó una cita ahí mismo para almorzar los tres juntos y gozar de los pies de Leticia.

A las 12 horas sonó el timbre y vino el ángel de los pies bellos. Traía calzado cerrado, unos juveniles mocasines de cuero blando color rosa. Minifalda de jean y blusita blanca atada a la espalda.
Almorzamos. Ella se llevaba bocaditos pequeños de comida a la boca, y me decía: son como mis deditos. Me volvió loco toda la comida. Además sentada frente a mí, me masajeó los huevos con sus piecitos calzados durante toda la comida. Gina apoyaba sus piecitos descalzos en mis muslos y empujaba y acariciaba.

Por fin llegó el momento, durante el café y se quedó descalza. Leticia se las colocó y me hizo subir la temperatura cruzando las larguísimas piernas y con un tierno balanceo de calzado en el aire en la puntita misma de sus deditos.
Al final me hizo acostar delante de ella en el sofá, la descalcé y comencé a comer sus pies con desesperación. Gina me acariciaba el estómago y los muslos con las plantas. Invirtieron las posiciones, y mientras Sandra me masajeaba el miembro con esos arrebatadores deditos, Gina me daba a comer los suyos.

Luego me acariciaron con tanta ternura y suavidad el rostro y los hombros que, aunque no perdí la erección, me relajaron tan deliciosamente el cuerpo, que un estado de sensualidad y de sensibilidad tan grande se apoderó de mí, que podría haber acabado sólo con un toque en los labios de esos pies tan profesionalmente arrebatadores.
Después ensayaron pajearme las dos a la vez. Una en la base del pene y la otra en la cabeza. Intercambiaban el lugar, me llevaban al borde y paraban.

De pronto se detuvieron. Abrí los ojos.
Riéndose me dijeron que yo tenía que coger los pies, que ellas estaban cansadas.
Se colocaron frente a frente y Gina apoyó su incomparable pie derecho contra la planta y los deditos del delicioso pie izquierdo de Leticia. De esa manera quedaban frente a mí del lado de sus deditos pequeñitos. Mi perdición y mi locura. El dedito pequeñito es el que más me calienta y el que más me gusta chupar por horas. Los demás deliciosos dedos se apoyaban por las tiernas y rosadas yemas. Yo me arrodillé delante del gran sofá e introduje mi dura polla entre los deditos, y empecé a bombear, como entrando y saliendo de una maravillosa vagina hecha de deditos de pies de mujer. La entraba lentamente hasta que mi pubis tocaba contra sus deditos y mucho más lentamente la sacaba, sintiendo alternativamente la presión de dada uno de los deditos sobre mi cabeza caliente y dura.
Cuando llegaba al final, sólo sentía el contacto de esos deliciosos deditos pequeñitos y graciosos, pero tan exquisitamente sensuales y eróticos. Seguí así, aumentando el ritmo, hasta casi acabar. Al borde del clímax, Gina retiró bruscamente su pie y otra vez la miré desencantado.
Se rio y me dijo, me dijiste que estabas muy caliente con los pies de Leticia, así que es toda tuya, o mejor dicho sus pies son toditos para tu polla.
Me acosté paralelo al gran sofá, y Leticia envolvió la cabeza de mi miembro con sus deditos como si fueran un delicioso capullo rosadito de piel de pies, mientras que del otro lado Gina me metía los deditos de un pie en la boca para que mamara a gusto, y con el otro piecito me acariciaba el pecho y los hombros.

Sandra comenzó su masaje muy despacito y suavemente, apenas tocándome. Yo levanté un poco la cabeza y vi ese capullo de diez deditos bellísimos sobre la cabeza de mi polla y una descarga de placer me recorrió la espina dorsal.
A medida que avanzaba el clímax Leticia aumentó la presión y el ritmo. Gina sacaba y entraba sus húmedos deditos de mi boca, como si me estuviera cogiendo los labios, y el otro pie iba y venía por mi pecho. Sentí que ya venía el orgasmo y me pareció que me hundía más y más en la alfombra, hasta que desde el fondo de mi cerebro, mi polla, mis entrañas, todo mi ser, vino un orgasmo incontenible que casi me hizo perder el conocimiento. En realidad por unos instantes no sabía dónde estaba, era tal el placer que perdí la noción de tiempo y espacio, de quien era yo. Sólo sentía los dedos maravillosos de Leticia subiendo, bajando, oprimiendo y soltando la cabeza de mi miembro, mientras mi leche saltaba mojando sus preciosos deditos. Siguió con su experto movimiento hasta que me vació. Hasta que mi polla no se ablandó no dejó de mover los piececitos.
No se cuánto estuve hasta recuperar el aliento, pero me limpiaron con una toalla perfumada. Leticia se lavó los portentosos piecitos en agua con jabón perfumado, me dio un beso en la punta de la nariz y se fue a atender a sus clientes, no sin antes decirme:

- Estoy cuando quieras.

Quedé con la sensación en el pene de esos dedos maravillosos. No se me fue por horas, al igual que el sabor de los bomboncitos de dulce de pies de ambas chicas.
Gina me dio un beso en la mejilla, y dijo con esa sonrisa tan de ella, entre risueña y burlona, pero cariñosamente, como siempre.

- Mis pies están a su servicio, caballero.


Licencia de Creative Commons

Otro fetiche más es un relato escrito por Slave publicado el 18-11-2022 02:28:59 y bajo licencia de Creative Commons.

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