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La saga de Laika I
Escrito por Lena

NICO

Cada viernes por la noche se dejaba ver en aquel local. Se trataba de un bar musical, situada en la parte vieja de la ciudad, con una pequeña pista de baile y una particularidad que había mantenido durante años y esta se basaba en sus usuarios; mujeres maduras, la mayoría separadas o solteronas, aunque alguna también las había de casadas y hasta las que venían con su esposo. Mujeres en busca de sexo con jovenes y cuando decimos sexo, dicimos sexo en su más primitiva aceptación. Nada de buscar compañía. No buscaban chicos de compañía, No precisamente.
Aquella noche el lugar estaba bastante concurrido, estaba seguro que alguna caería, pero por el momento se lo tomaba con calma, bebiendo una cerveza en la barra mientras hablaba con su amigo Juan y observaba la pista de baile.

- Cóbrate estas y servimos un par más.

- Las tenéis pagadas.

La noche prometía, pensó.

- Vaya. ¿Paga la casa?

- La casa no paga nunca, ya lo sabes. Os ha invitado aquella de allí.

Miró hacia donde, con la mirada, le indicaba el camarero.

- ¡Hostia! Si es mi jefa.

Nunca había pensado encontrarla allí. Montse, la dueña de la empresa donde trabajaba, como mozo de almacén desde hacía un año. Iba vestida de su forma habitual, con un traje chaqueta gris y una blusa blanca, que acentuaba su seriedad y su autoridad. Allí sentada en la barra, tomando una cerveza, como ellos y dedicándole, por primera vez en su vida, una sonrisa.

- ¿No vas a saludarla?

- Sí, claro, qué remedio. Seguro que no tiene ni idea de lo que se cuece aquí.

- ¿Tú crees?

- Tú no la conoces. Además, no iría vestida así, digo yo. En fin, espero que no se quede demasiado.

No podía decir que era fea, todo lo contrario, alguna de las pocas veces que se acercaba por el almacén y sin que ella se diese cuenta había admirado lo poco que se adivinaba de sus formas. Con su larga cabellera negra y sus labios carnosos era una mujer deseable a sus cuarenta años, deseable e inaccesible.

Montse lo vió acercarse. Sabía su edad, veintiocho años y no pudo evitar pensar que, vestido con aquella camiseta negra, tan ajustada a su cuerpo, de manga corta, mostrando unos brazos músculos y aquellos pantalones tejando, marcando paquete se vería, en cualquier lugar, como el típico machista trasnochado y, sin embargo, en aquel momento y allí era atrayente, muy atrayente, sobre todo, seguro, para aquellas mujeres que frecuentaban el local y para ella misma.

- Hola, señora Montse; gracias por el detalle. Nunca la había visto por aquí.

- Ës la primera vez que vengo, hace ya tiempo había oído hablar de este local y la verdad, sentía curiosidad. Pensaba que, a estas alturas, en que la gente usa las aplicaciones del móvil, ya estaría en decadencia, pero veo que no es así. He querido aprovechar de que mi esposo está de viaje para pasarme a tomar algo, se lo hubiese propuesto, pero de la manera que és le habría estallado la cabeza solo de saber que se hay por aquí. Pero, por favor, tutéame, no estamos en la empresa.

- Está bien. Por lo que dices de las aplicaciones, bueno, allí se tiene que poner la foto y muchas de las mujeres que vienen aquí son casadas o simplemente quieren confidencialidad. Lo máximo que les puede pasar es encontrarse con alguna conocida y por la cuenta que le trae esta no dirá nada.

- O algún conocido, cómo me ha ocurrido a mí.

- Sí, claro, pero no creo que sea nada frecuente, los chicos que venimos aquí somos, muy mayoritariamente, currantes y ellas pertenecen a otra clase, ya me entiendes.

- Y tú ¿Sueles venir con frecuencia?

Pensó que podía divertirse un poco. hacer que fuese a ella, a su jefa, a quien le estallara la cabeza. Así que no ahorraría en hablarle de manera algo soez, después de todo era un chico de almacén.

- Sí, cada fin de semana. Así me saco un sobresueldo. Lo que pagas en la empresa no da para mucho.

- ¿Un sobresueldo? No entiendo. ¿Quieres decir que cobráis por hacer el amor con ellas? No me imaginaba esto, la verdad.

- La mayoría sí y en esta mayoría estoy yo. Aunque a esto no le llamaría hacer el amor.

- Bueno, si quieres, llámale por follar con vosotros. Le llames como lo llames debe ser muy humillante para una mujer pagar por ello.

- Más que follar lo que buscan es ser folladas, follar ya lo hacen con sus maridos o con sus amigos. No sé si me entiendes. Buscan que les hagamos lo que otros no les hacen y pagar es una humillación añadida.

- Vaya…creía que la cosa era…no sé cómo decirlo…Más normal.

Se contenía las ganas de reírse de ella, de cómo titubeaba, la muy pija.

- Bueno. no me dirás que tu no has tenido ciertas fantasías, la única diferencia es que ellas están dispuestas a pagar por hacerlas realidad y nosotros respetamos los límites que ellas nos ponen, que la verdad, no suelen ser demasiado. Todo pactado y cobrado

- Si…Bueno…claro…pero…no sé…

- Y ¿Tu, no vas a bailar?

Después de digerir la información que había recibido, recobró su aplomo.

- Nunca bailo, además ya me iba a retirar. Te dejo trabajando.

- ¡Ah! Bien y no te preocupes. No diré a nadie que te he visto por aquí.

- Te lo agradeceré.

Se despidió de ella dándole un beso en la mejilla. Un acercamiento que le produjo estremecimiento.

Claro que tenía fantasías, las había tenido desde su adolescencia, fantasías de sumisión, en las que era azotada, humillada, usada como objeto de placer. Pero solo eran esto, fantasías y ahora sabía que había mujeres que estaban dispuestas a pagar por hacerlas realidad. era el precio de no involucrarse más allá del puro sexo y el precio de la confidencialidad. Una humillación más a la que estaban dispuestas a acceder.

Durante aquella semana sus visitas al almacén se hicieron más frecuentes. Nico parecía ignorarla totalmente y como aquellas palabras que se intercambiaron nunca hubiesen existido. Cuando se dirigía a él, con cualquier excusa, este la trataba con absoluta frialdad y, como siempre de Señora, señora por aquí, señora por allá. Sí, señora. No, señora y ella pensando, sin poderlo remediar, como sería tratada por aquel macho joven si estaba dispuesta a pagar por ello.

- Vaya. De nuevo por aquí. ¿Vienes a saciar un poco más tu curiosidad? Y tú maridito ¿Aún no ha regresado?

- No. ¿Cuánto quieres?

- ¿Cuánto quiero para qué?

- Ya lo sabes. Ya sabes para que.

- Quiero que me lo digas, Que me lo digas mirándome a los ojos,

- Para…Para follarme…Para usarme…

- Doscientos. Trescientos si somos los dos,

- ¿Los dos?
- Sí, los dos, si tú quieres claro. Es un buen precio.

Montse miró hacia Juan, que sonriendo acariciaba el cuello de su botella de cerveza, mientras la desnudaba con su mirada.

- Está bien…Sí…Trescientos.

- Antes deberíamos hablar un poco. ¿No crees? Vamos allí fuera, en la terraza del fondo, allí estaremos tranquilos, si no hay ninguna pareja, a esta ahora aun no la habrá, creo. Coge una cerveza y vamos los tres.

Los siguió sin rechistar. Allí, en el frescor de la noche, sentados en una mesa, Nico llevó todo el peso de la conversación. Juan se limitaba a mirar y ella contestaba a todas sus preguntas.
No, nunca había sido sometida. Sí, lo deseaba, deseaba ser azotada, humillada. follada. Nunca había sido infiel. Naturalmente todo se haría con preservativos, condones les llamaba él. Tendrían cuidado en no dejarle marcas de ningún tipo. Estos eran sus límites, esto y scat, por lo demás podían usarla como quisieran. No, nunca había sido penetrada analmente, le daba miedo, pero estaba en sus manos. Entendía que esto lo decidirían en su momento, dependiendo de lo cachonda que la vieran y de su predisposición. Naturalmente, nada de morreos. Le habló de la palabra de seguridad. No no és no, solo la palabra de seguridad sería no y pararían con lo que estuviesen haciendo, fuese o que fuese. Claro que nadie sabría nada de aquello y aún menos en la empresa, no iba a jugarse su puesto de trabajo por nada y menos por aquello.

- Bien. Ahora vete al lavabo y quítate los sujetadores. Vamos a ir con mi automóvil a un pequeño local que tengo con Juan ya a lo mejor queremos jugar un poco contigo durante el trayecto. Quedamos en la barra.

- Bien…

- A partir de ahora se terminaron los tuteos, esta noche me vas a tratar de usted, de señor, a mí y a Juan. ¿Entendido?

- Sí, señor.

- Que no se te olvide, putita y dame el dinero ahora, así ya nos olvidamos de ello.

- Sí, señor. Tenga. señor.

Se le hacía difícil tratar así a quien hasta aquel momento había sido un simple mozo de almacén a su cargo, pero sabía que tenía que hacerlo. Que era lo justo.

- Te esperamos en la barra. No tardes.

- Está bien, señor.

Se quitó el sujetador y volvió a abotonar su blusa. Se miró al espejo, se veía tan respetable como siempre había sido y sin embargo estaba dispuesta a ser carne para aquellos jóvenes. Había en ella nerviosismo, temores, pero también deseo. Mucho deseo.
La mano de Nico acariciaba su muslo.

- Tranquila. Te vamos a dejar entera. Aunque ya no volverás a ser la misma. ¿Lo sabes verdad?

- No sé, señor, espero que sí, solo será esta vez…Quiero sentir esto.

Solo apartó su mano para abrir la guantera.

- Toma Juan. Pónselo.

- Será todo un placer.

Notó como apartaba sus cabellos, como acariciaba su nuca. El contacto con el cuero de aquel collar le produjo un escalofrío.

- Te dije que volvería.

Acariciaba su cuello. Bajaba su mano hacia su blusa, desabrochando los primeros botones. Acariciaba sus senos.

- ¿De verdad nunca has puesto los cuernos a tu esposo?

- De verdad, señor.

- Pues tienes cara de mamona. ¿Nunca te lo han dicho?

- No…señor…

- Joder. Que duro se le han puesto los pezones, seguro que ya se está mojando. Tiene unas buenas tetas la perra esta.

Se trataba de un pequeño y destartalado garaje. Vió el colchón en el suelo, las anillas colgadas del techo, como único mobiliario una pequeña mesa y una cajonera con varios cajones. Un gran espejo en la pared frontal completaban el contenido de aquel espacio.

- Desnúdate, puta. Queremos ver qué coño nos vamos a follar.
Venga, date prisa ¡Espabila! ¡Joder!

- Sí.

Recibió un fuerte e inesperado bofetón de Nico. Una bofetada que hizo que se tambaleara. Sintió cómo algo se rompió en su interior y supo que él tenía razón; ya nunca volvería a ser la misma.

- ¿Si qué?

- Sí, señor. perdón, señor.

- Esto está mejor. No nos hagas perder más tiempo.

Allí estaba, ofreciendo su cuerpo, con la mirada baja. Sintiendo como acariciaban su cuerpo, como la sobaban, como palpaban, valorando la tersura de sus carnes a pesar de sus cuarenta años cumplidos.

- Fíjate que tetas y que nalgas tiene la perra. Se nota que estas pijas se cuidan.
Seguro que tu esposo es medio maricón y no te da lo que necesita. Has tenido suerte de dar con nosotros, putita.

- Aún no hemos empezado y ya está mojada. Vaya vicio tiene.

- Ponle las muñequeras y átala de las anillas ya, Juan. Tengo ganas de empezar con ella.

Deslizaba suavemente su uña, desde la primera a la última de sus vértebras. Acariciaba su cuello, su espalda, sus nalgas. Sabía muy bien cómo tocar el cuerpo de la que hasta hace poco era su jefa y ahora su perra, la perra de los dos.

Sorpresivamente recibió su primer azote, el primer azote de su vida. Contuvo un grito incipiente, más que de dolor de sorpresa. Nunca sabía cuándo ni en cuál de sus nalgas recibiría el próximo.

Juan, frente a ella, pero sin tapar su propia visión en el gran espejo, que mostraba todo su cuerpo, sonreía. Alternaba su mirada entre su propio reflejo en el espejo, la sonrisa y la mirada de aquel joven y su ya abultada bragueta.

Sentía el ardor de sus nalgas cuando Juan se acercó a ella, acariciando su coño, su clítoris.

- Mira que cara de viciosa se te está poniendo, zorra viciosa. Estás chorreando y no hemos hecho más que empezar contigo.

Vió como se acercaba a uno de los cajones, sacando de allí un consolador, negro, realístico. Lo pasaba por su cara, por sus labios. Abrió la boca para chuparlo.

- Eso es, chúpalo. Pronto chuparás nuestras pollas.

Nico había dejado de azotarla. Masajeaba sus ardientes nalgas. acariciaba su ano.
Fué entonces cuando Juan se lo introdujo, moviéndolo hasta el límite de su orgasmo. entonces paraba, paraba un rato para volver a empezar.
Se estaba volviendo loca. Loca de ansiedad.

- Debería darte vergüenza de ser tan puta. Vergüenza de pagar por ello. ¿Montse? Laika es como te vamos a llamar mientras estés con nosotros.

Ella jadeaba, deseando llegar al orgasmo, un orgasmo que le estaba vetado, al menos por el momento.

Había perdido completamente el control sobre sí misma, sobre su cuerpo, sobre su mente.

Fue entonces cuando le empezó a aplicar las pinzas de madera en sus senos. Las movía con una fusta.

- Esto os gusta a todas.

El dolor que aquello le producía era mucho menor del que ella había imaginado. Fue cuando se las sacó que sintió un pinchazo por cada una. Aquel dolor no remitió hasta que le sobó los senos. Agradecía aquello, el consuelo y la excitación que le producía y sí, la imagen que reflejaba el espejo era de una viciosa desesperada. desesperada por ser follada por aquellos machos.

- Tenemos que parar un momento. No la puedo follar ahora, estoy demasiado caliente y no quiero correrme sin control.

- ¿La desato?

- No déjala así. que se vea y que se joda.

Se separaron de ella para fumar un cigarrillo. Oía sus comentarios.

- Joder, que salida és. Cuando terminemos con ella esta tía buscará polla donde sea.

- Como todas las demás.

- Pero es que esta está muy buena. Lo tendrá fácil.

- ¿Le vas a preparar el culo?

- Sí. Luego ya veremos si se lo rompemos o no.

- Lo está deseando ¿No lo ves?

- Quieres que te follemos. ¿Verdad, perra?

- Sí…Sí…por favor, señor.

- Aún tendrás que esperar. Todo en su momento.

- Por favor...Ahora…Ya…Por favor…

- ¡Cállate! Aquí las cosas se hacen a nuestra manera.

Algo le estaba introduciendo Nico en su ano. Tardó en comprender de qué se trataba.
Unas pequeñas bolas sujetas por un cordón.
Sé las fue sacando lentamente, una a una. Cada una de ellas era una sacudida de placer, desconocido antes por ella.
Aún recibió unos azotes más antes de ser desatada. Culeaba buscando sus pollas. Por fin la liberaron.

Le ordenaron que se arrodillara en la colchoneta.

- Venga. chúpame la polla y hazlo bien, por la cuenta que te trae.

Sentía su boca llena como nunca, succionaba con los labios mientras movía su lengua. Con una mano acariciaba el cuerpo de Nico mientras con la otra buscaba el pene de Juan.

- ¿Así se lo haces al cornudo?

- No. no señor…

- Eso és, pajéame, mientras se la comes. Nunca habíamos conocido una perra que lo fuese tanto como tú.

- ¡PARA! Para ya. Te vamos a joder bien jodida.

Sintió como Juan la empujaba, con el pie, en su hombro. Quedó allí, arrodillada, sujetando su cuerpo con sus manos en la colchoneta. Ofrecida.

- Fóllala tú primero, Juan.

La penetró de un solo golpe, rudamente. Estaba tan lubricada que no le representó ningún problema. Pronto jadeaba y gritaba, llevada a un orgasmo como nunca había tenido. Oyó los rugidos del macho, cuando llegó el segundo.

- Déjela para mí ahora.

- ¿La vas a encular?

- Sí. le voy a romper el culo. Así nunca olvidará el primero que lo hizo.

Sintió algo frío en su ano. Un dedo penetrando y esparciendo el lubricante en sus paredes intestinales.

Entró en su agujero, virgen, despacio, con cuidado, pero pronto ejerció más fuerza mientras la sujetaba su cintura.

- ¡DIOS! Como duele.

- ¿Quieres que pare? Perra

- Si. Sí. No puedo más.

- Di la palabra si quieres que pare de verdad. Dila Laika.

Lloraba de dolor. Gemía. Solo decía basta, basta. Pero no pronunciaba la palabra. No quería pronunciarla. Quería que aquello llegara al final a pesar de sus quejas.

- Joder. Como me gusta verlas así. Levanta la cara. MÍRAME.

Recibió un chorro de semen en su rostro, que se mezcló con sus lágrimas.

Por fin Nico se separó de ella. Su cuerpo temblaba. Quedó tumbada en la colchoneta.

- Gracias, señor. Gracias.

- Terminará gustándote.

- Lo se señor.

- ¿Nos meamos en ella?

- No la próxima vez. Le aplicaremos cera y la mearemos. Por hoy tiene bastante. Los trescientos euros no dan para más. Ya volverá.

Descansa un rato y dúchate si quieres. Te llevaremos hasta tu casa, no estás en condiciones de ir andando por ahí.

Sí. Gracias, AMOS.

Estaban llegando ya a su casa y al fin de aquella reveladora noche.

- ¿Te duele aún?

- Un poco, señor, pero se me pasará.

- La próxima vez te dolerá menos.

- Al final te va a gustar como a todas.

- Por desgracia no habrá próxima vez, señor.

- ¿Cómo es esto? ¿No te ha gustado?

- Sí señor. Claro que me ha gustado.

- ¿Entonces, putita? ¿Qué coño te pasa?

Les contó que a pesar de ser la dueña de la empresa no podía ir sacando dinero sin justificar de alguna manera, fuesen recibos o facturas. Cualquier inspección de hacienda detectaría irregularidades que no podría explicar y por otra parte las cuentas particulares eran compartidas con su esposo, seguro que le preguntaría qué hace sacando aquellas cantidades.

- Esto tiene solución Nico.
Tu conoces a gente importante, que quiere discreción y les encantaría alquilarte a esa perra, te pagaría con sus servicios.

- No es mala idea. Por ejemplo, a La Marquesa le encantaría tenerla a sus pies.

- Señor. Yo no soy una prostituta. No quiero hacer esto, señor.

- Es cierto, no eres una auténtica puta. Una puta nunca pagaría para ser follada, pero si quieres polla de verdad ya sabes lo que tienes que hacer, pagar de una o otra manera. Piénsatelo y mientras lo haces guárdate este collar. Así te acordarás de nosotros.

Hacía tres semanas que lo guardaba en su bolso. De vez en cuando lo acariciaba, recordando, sintiendo de nuevo lo que era.
Aquel día le dijo a Nico que fuese a su despacho.

- Siéntate Nico.

- Sí, señora. usted dirá

- En un par de semanas Marcos se jubila y necesito un encargado para el almacén; he pensado en tí, naturalmente tendrás una retribución bastante más alta que hasta ahora.

- Muchas gracias por la confianza, señora.

- Ya he hablado con Marcos y le parece acertado. Ve a su despacho y él te pondrá al corriente de todo.

- Pero, señora ¿Quién va a ocupar mi sitio?

- No lo sé aún.

- Se lo puedo decir a Juan, está buscando trabajo y es de confianza.

Estuvo un rato pensando para terminar accediendo a su propuesta.

- Dile que se pase. Espero que tenga tan claro como todos lo que soy aquí.
Si quieres no me lo digas, pero me gustaría saber que se comenta de mi en el almacén.

- Ya sabe cómo somos los tíos. A parte de que paga poco comentan lo buena que está, incluso hay quien dice que se la machaca pensando lo que haría como usted, pero no se lo tome a mal.

- Este debe ser Carlos.

- No soy yo quien se lo ha dicho. ¿Pero por qué sabe que es él?

- Porque no soy estúpida y se cómo me mira.

- Espero que esto no tenga consecuencias para él.

- No. Claro que no.
Bueno ya puedes irte.


Cuando iba a salir oyó a Montse lo llamó de nuevo.

- Nico…

- Sí. Dígame, señora.

- He estado pensando en lo que dijo Juan…y…bueno…

- Dilo. Dilo de una vez, ya sabes que quiero las cosas claras.

- Lo haría…pero hablaste de una mujer…yo nunca he estado con una mujer…

- Mejor. aún le va a gustar más. Mándame una foto tuya, querrá ver como eres.
No hace falta que estés desnuda, una foto y que días y horas estarías disponible.

- Sí…sí AMO.

Nico se retiró con una sonrisa en sus labios.


Licencia de Creative Commons

La saga de Laika I es un relato escrito por Lena publicado el 31-05-2023 11:10:57 y bajo licencia de Creative Commons.

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