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La saga de Laika III
Escrito por Lena

NICO Y LOS CHICOS DEL ALMACEN

Había visto una secuencia en una película de la que ya no recordaba el nombre, que la había puesto muy caliente. De alguna manera quería imitar, en parte la situación, en cuanto a la manera de presentarse a él o a ellos.

Llegó un poco antes de la hora convenida. Sabiendo que Nico disponía de las llaves para entrar por la puerta lateral del almacén. Se colocó apoyando su espalda en unas cajas, con su blusa totalmente desabrochada, mostrando sus senos y la falda subida hasta más de la mitad de sus muslos, con las piernas abiertas, sin bragas y con el collar puesto. Ofrecida. ofreciéndose toda ella. Como una vulgar ramera, como lo que ya era, una perra sumisa, usable para el placer de los machos, de su macho. Solo por el hecho de mostrarse así ya se humedecía. Hasta este punto de sumisión había llegado.

- ¡Joder! Que guarra estas, perra. Te traigo una sorpresa.

- ¡OH! ¡NO! No puede hacerme eso, señor. Carlos no. ¡N0! No quiero ser la puta de todos.

Se acercó hacia ella cogiéndola por la cara, apretando con fuerza sus mejillas.

- Eres mía y follarás con quien yo diga. ¿Te enteras? ¿Quieres mi polla o no?

Afirmó, silenciosa, con la cabeza.
Los ojos de Montse, muy abiertos, reflejaban verdadero pánico.

- Pues si la quieres ya sabes que tienes que obedecer.
Carlos lleva tiempo queriendo follarte y además no va a decir nada. ¿Verdad Carlos?

- No, claro que no.

- Te va a follar porqué yo lo quiero y este mes le vas a pagar doscientos euros de horas extras. Doscientos euros que serán para mí.

La cogió de los cabellos tirando de ella.

- ¡Me hace daño, señor!

- Más te haré si no obedeces. Arrodíllate, arrodíllate delante de él, tiene algo para ti.

Su cara frente a aquella bragueta abultada, su mirada, dirigida a los ojos de Carlos, pedían compasión. Una compasión que no llegaría.

- Venga ya, zorra. Sabes muy bien lo que tienes que hacer.

Eran las órdenes de su AMO, unas órdenes que debía obedecer si quería disfrutar de él.

Con manos temblorosas desabrochó su cinturón, bajó la cremallera de sus pantalones y buscó su polla.

- Por favor, señor…el condón…

- A partir de ahora las mamadas las vas a hacer sin condón, como hacen todas las de tu clase.

- ¿Qué haces Laika? No tan deprisa. Primero quiero que me comas los huevos y que lo hagas bien.

Nunca había hecho nada así, ni tragado la leche de un hombre, como fue obligada a hacer y sin embargo no sintió asco. Nada de aquello se lo causó, de hecho, se sentía muy excitada, olvidándose de las consecuencias que podía tener aquello.

- Si hasta has estado babeando la cerda.
No hace falta que te quites la blusa ni la falda. Así estas bien para tomarte.
Porte a cuatro patas. Te voy a penetrar hasta el fondo, como a ti te gusta

- Sí, AMO. por favor.

Recibió unos buenos correazos antes de ser penetrada por Nico. Pronto jadeaba, mientras era humillada por los dos. Tuvo uno de aquellos orgasmos que solo Nico le deba y de nuevo su ano fue penetrado, esta vez por los dos machos. sabía que ya muy pronto dejaría de dolerle aquello.

La dejaron allí sola, pensando en que se había vuelto; en nada. en carne. Solo un consuelo, si Carlos pagaba tendría otra oportunidad de estar con su AMO.

Habían pasado dos días de aquello y su AMO no daba señales de vida, se limitaba a hacer su trabajo en el almacén, ocupando su nuevo puesto. La única novedad era la incorporación de Juan, que en su entrevista con ella se había presentado con toda la corrección de que era capaz.

Fue a poco de salir del trabajo que recibió su llamada.

- Hola Laika. Soy yo.

- Sí AMO.

Por fin estaría con él otra vez, lo más pronto posible. pensó

- Invéntate la excusa que quieras, pero dile a tu esposo que mañana no irás a comer.

- ¿Quiere que vaya a su local señor?


- ¿A mi local? No. Nada de esto. Ramón tiene una entrega de material en Tarragona y tú le acompañaras. He dicho en el almacén que vas con él para visitar a los clientes de allí, aprovechando el viaje.

- Señor…Por favor…No me pida esto…

- No te pido nada. Te lo ordeno.

- Yo solo quiero estar con usted, señor.

- Tu sabrás si estás dispuesta a ser obediente o no.

Se hizo un largo silencio.

- Está bien señor…Pero ¿Cuándo estaré con usted?

- De momento haz lo que se te ordena. Saldrá, sobre las diez, cuando haya cargado. Te llamaré al despacho, vienes al almacén y subes al camión con él. Esto es lo que debes hacer.

- Sí…Sí, señor.

Primero Carlos y ahora Ramón, se preguntaba hasta dónde llegaría aquello, hasta donde sería capaz de soportar aquello, que sería lo siguiente. No podía seguir por aquel camino.
Sería la última vez que accedería a ir con alguien de la empresa, fuera quien fuese. Además, con Juan allí todo se volvía más peligroso para ella.

- ¿Quiere que le ayude a subir a la cabina, señora?

- No hace falta. Mejor que partamos pronto si no podré ver a los clientes.

- Sí, señora. ya está todo listo.

Tan pronto salieron de la empresa Montse, con voz suplicante, le pidió que no dijera nada de aquello.

- Esto depende de ti. De cómo te portes.
Nico me ha dicho que eres muy obediente. Espero que lo seas por la cuenta que te trae y que lo hagas muy bien. Cualquier puta de carretera me hace un completo por sesenta u ochenta euros y por ti he pagado bastante más.
¿A parte de él con cuantos te lo has hecho del almacén?

Dio la callada por respuesta. De ninguna manera pensaba responder a aquello.

- No vamos bien, nada bien. Te he hecho una pregunta y espero que me respondas, de lo contrario lo averiguaré por mi cuenta.

Tenía los ojos húmedos. Estaba a punto de arrancar a llorar.

- Con Juan…y con Carlos.

- ¿Con Juan, el nuevo?

- Sí…antes de que viniese a trabajar en la empresa.

- Vaya, vaya. Nico, Juan, Carlos y ahora yo. Solo quedan dos más y te habremos pasado todos por la piedra.
¿Pero qué te ocurre? ¿Vas a echarte a llorar? Tú sabrás porque te prestas a ello, pero por mí llora cuanto quieras, es algo que me la pone dura.

Cogiéndola por la muñeca le llevó la mano a su entrepierna. Mientras unas lágrimas recorrían sus mejillas sabía que no podría apartar su mano de allí, a tal grado de emputecimiento había sido llevada.

- Te la clavaré entera.

Salieron de la autopista mucho antes de llegar a su destino.

- ¿Dónde vamos?

- Ya lo verás. Ahora quita la mano de aquí.
Nico me ha dicho que siempre llevabas el collar que te colocó en tu bolso. ¿Es verdad eso?

- Sí. Es verdad.

- Entonces, póntelo.

Pararon, aparcando al lado de otros dos camiones, en el descampado frente a aquel bar, en medio de la nada. Por lo visto Ramón era conocido allí, un sitio que frecuentaba en sus viajes. Le ordenó bajar.
Pronto se percató de que tipo de sitio era. Aunque a aquella hora sólo había dos chicas jóvenes sentadas en la barra.

- Hola Ramón. veo que vienes bien acompañado. ¿Qué buscas? ¿Una chica para un trío?

- No. Quería saber si me alquilarías una habitación.

- Bueno ya sabes que no alquilamos habitaciones, son para ir con las chicas de aquí, no para parejas.

- No es mi pareja. És una puta de Barcelona, pero me he encaprichado de ella. Venga, hazme este favor.

Aquel hombre la observaba, sus ojos iban de su cara a su collar y de este a su cuerpo. le preguntó por su nombre.

- Laika, me llamo Laika.

- Vaya. Pues con este nombre y con el collar debes ofrecer buenos servicios. ¿Tienes un coche guapa?

- Sí. ¿Por qué me pregunta eso?

- Podrías venir a trabajar aquí. Tratamos bien a las chicas y los clientes agradecerán la presencia de alguien como tú, están un poco hartos ya de jovencitas y seguro que tú les puedes más cosas que ellas. Ya me entiendes.

- Lo siento, pero esto no es posible.

- ¿Y eso por qué? Seguro pagarían bien.

- Tiene su propio macarra. No creo que la deje trabajar para vosotros.

- Bueno, pues si se cansa de ti o tú de él, ya sabes, Aquí hay un sitio para ti. En cuanto a la habitación y sin que sirva de precedente, siendo tú, Ramón, te dejo que uses una gratis. Toma la llave de la cinco y disfruta de Laika. seguro que vale la pena. Ya podéis subir.

Sintió la mirada de aquel hombre en sus nalgas mientras subía. Ya no había llantos, ni tan solo pensamientos, tenía la cabeza en blanco y el cuerpo receptivo.

- ¿A qué esperas para desnudarte?

Silenciosa, obediente, se desnudó delante de él, mientras observaba cómo él se desprendía, al mismo tiempo de su ropa, solo mantuvo sus boxers, de nuevo abultados.

Se recreó mirándola, acariciando su cuerpo, sus senos, sus nalgas, refregándose en ellas Ni en sus mejores sueños había pensado en tener a su jefa desnuda, disponible para él.

Montse ya no era para nada Montse. Laika se había apoderado de su cuerpo, de su mente. De pronto, sorpresivamente sintió aquel correazo en sus nalgas.

Azotar con su cinturón a la jefa superaba todo lo que podía haber imaginado.

- ¡AH! por favor…Por favor…No me deje marcas, señor.

Hasta aquel momento se había resistido a tratarlo de usted y, lo que era más grave aún, a llamarle señor.

- ¡Cállate perra! Claro que no te voy a dejar marcas. Sé que esto te gusta. ¿Verdad que te gusta?

- Sí. Sí me gusta, señor.

Apoyó sus manos en la pared, ofreciendo sus nalgas para disfrute de aquel empleado, que ahora era su señor, por unas horas, pero su señor.

Como la primera vez que había sido azotada perdió el control de su cuerpo. Culeaba como una perra encelada. Ramón, ya totalmente desnudo, deseando humillar aún más a su jefa, se acercó hasta ella para que sintiera su pene en aquellas nalgas ardientes.

- Estás chorreando, perra. Quieres que te folle. ¿Verdad?

- Sí. Sí, por favor, señor. Por favor.

- Antes tendrás que comerme el culo, puta.

- ¿Qué?

- Esto o te conformas con hacerme una paja y ver cómo lleno tu cara de leche.

Nunca había hecho algo parecido, aquello superaba sus límites. podía usar la palabra de seguridad, habían hablado de ello durante el trayecto, pero necesitaba tanto de ser penetrada que cedió a su demanda.

- Quiero notar tu lengua. Venga, hazlo como es debido.

Por un momento se vió a sí misma, en lo que se había convertido. Pero lo hizo, lo hizo tan bien como podía. poniendo todos sus esfuerzos en complacerlo.

- Tócala. Mira como la tengo. Como se me ha puesto por tu culpa.
Ven aquí. Ven aquí y clávatela hasta el fondo.

Se había sentado en la cama, apoyando su espalda en el cabezal, con las piernas dobladas.

- Siéntate encima y clávatela. Cabalga, yegua, cabalga.

- ¡Sí! ¡SI!

Jadeaba, gemía. mientras él se reía. Pronto alcanzó el placer, con un intenso orgasmo.

- ¡Sigue! ¡Sigue!
Di lo que eres ¡Dilo!

- Soy una perdida. Una puta sumisa. Eso es lo que soy, señor.

- ¡Eso es! ¡No pares!

Ahora rugía. Rugía de placer mientras este volvía a ella.

- Apártate. Vas a destrozarme la polla.

- Lo siento, señor.

Le ofreció un cigarrillo y estuvieron un rato descansando.

- Sí no fueses propiedad de Nico te dejaría trabajando aquí hasta mi vuelta a Barcelona, pero creo que no le gustaría, aunque a tí seguro que sí.
Vámonos, se está haciendo tarde para la entrega.

Agradeció que dejara que se quitara el collar así que llegaron al polígono donde debían entregar la carga, así como agradeció que la presentara como su jefa, que aprovechaba el viaje para visitar a unos clientes. Fueron a comer en un restaurante situado en el mismo polígono, un simple menú, que Ramón le dejó claro que lo pagaría ella. Ya era tarde y quedaban pocos clientes, todos hombres, trabajadores que no tenían ningún reparo en desnudarla con la mirada a pesar de ir acompañada.

- Te gusta sentirte deseada. ¿Verdad?

- A todas las mujeres nos gusta, señor.

- Sí, pero no todas se humedecen pensando lo que harían con ellas. Deberías avergonzarte de ser tan perra.

- Por favor…señor…

- Lo llevas escrito en la cara, por esto te miran tanto. De postre vas a pedir un plátano. Seguro que se les pone dura viendo cómo te lo comes.

Le ordenó recrearse en ello. Por suerte terminaron relativamente pronto. La tarde estaba cayendo y debían volver.

- Llama a tu esposo para decirle que has ido a Tarragona a ver a unos clientes y que vas a llegar tarde. Aún quiero disfrutar un poco más. No quiero desaprovechar lo que he pagado por ti.

Fue en un área de descanso, era ya de noche, por suerte estaba desierta. Le ordenó que se desabrochara la blusa, se pusiera el collar, que se quitara las bragas y bajarse del camión. Allí, apoyada en la parte delantera, ofrecida. Feu la primera vez que ya no sintió ningún dolor al ser penetrada analmente. Por el contrario, aquello, junto con las palabras vejatorias que le dedicaba, le produjo placer, Un placer que hasta entonces desconocía, aunque intuía.


Licencia de Creative Commons

La saga de Laika III es un relato escrito por Lena publicado el 14-06-2023 11:02:06 y bajo licencia de Creative Commons.

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