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La saga de Laika II
Escrito por Lena

LA MARQUESA

A los pocos días recibió un mensaje en su móvil:

“Hola Laika. Me ha gustado mucho tu foto y lo que me ha explicado Nico de ti. Te espero el viernes a las seis de la tarde, ponte de acuerdo con él para que te traiga a mi casa.
Ven vestida como quieras, pero sin ropa interior, me ahorrarás trabajo.
Rosa”.

No veía de qué número llegaba el mensaje. Se sintió insegura, nerviosa. ni tan siquiera le daba la posibilidad de contestar, por lo visto tenía clara su disposición, más clara que ella misma.

Por lo visto su casa quedaba fuera de la ciudad. Nico conduce por la serpenteante carretera comarcal.

- No hace falta que hablemos de límites ni de palabras de seguridad. Ella es muy dominante, pero para nada aplicará castigos. No es su estilo. eso sí; trátala de señora y con absoluto respeto, por algo le llamamos entre nosotros “La Marquesa”.
Ni siquiera viene por el bar, solo se lo hace con putitas como tú.
Exige la máxima confidencialidad, ya puedes suponer que pertenece a la clase alta de esta ciudad.

- ¿Cómo es, señor?

- Mayor que tú y mucho más guapa de lo que imaginas.
le encantó que nunca hubieses estado con otra mujer y que fuese empresaria.
Naturalmente ni le dije tu verdadero nombre ni cual era tu empresa, aunque sí por qué estabas dispuesta a darle placer, porque esto es lo que vas a hacer y no quiero ni una queja, tenlo en cuenta.

- Sí, sí, señor. Lo haré bien, señor.
¿Qué hace? ¿Por qué para, señor?

- ¿Has traído el collar, tal y como te dije?

- Sí, señor. Siempre lo llevo en el bolso, señor.

- Póntelo. Voy a vendarte los ojos. No quiere que sepas donde vive.

Cuando finalmente Nico le retiró la venda de los ojos se encontraba en el recibidor de aquella casa, una auténtica mansión, donde los muebles, que denotaban una elegante antigüedad que contrastaba con las litografías de Miró y Calder colgadas de las paredes.
Frente a ella una mujer que calculó rozaba los cincuenta, de una sobria belleza, su mayor altura, su planta, su manera de mirarla junto con aquel el cuerpo que se adivinaba detrás de su vestido la imponían. Se sentía muy inferior, en todo, a ella.
Vió como entregaba un sobre a Nico.

- Toma el dinero, puedes contarlo si quieres.

- No hace falta, señora.

- Te llamaré para que la recojas cuando haya terminado con ella. Ahora vete.

- Sí, señora. espero que la disfrute.

- Seguro que sí.

Cuando quedaron solas, apartó una parte de sus cabellos de Montse, situándolos, en un gesto cariñoso, detrás de su oreja.

- Eres muy guapa. Laika. Si es verdad todo lo que me ha contado Nico de ti, estoy segura de que vas a satisfacerme mucho.

- No sé qué le habrá contado, señora.

Todo, se lo había contado todo. Que era su jefa, propietaria de una empresa distribuidora de elementos para la construcción, que estaba casada. Su encuentro en el bar, como había sido sometida, por primera vez, por él y su compañero. El porqué estaba allí. Incluso su propio nombre y que nunca había estado con una mujer.

- Sí señora. Todo ello es cierto, señora.

- Debes estar muy encoñada de él como para hacer esto. Encoñada y nerviosa, claro.

- Sí, señora, lo estoy…Lo siento. No...No sé si sabré complacerla.

- Seguro que sí, además he preparado algo para relajarte. ven conmigo a la biblioteca.

La cogió, suavemente, por la mano, llevándola con ella.

Una gran habitación, con estanterías llenas de libros, que denotaban que se encontraba con una mujer culta, seguro que mucho más culta que ella.
Notaba el olor de su perfume, caro y agradable.
Todo ello la llevaba a relajarse y aun así no podía evitar evidenciar su inseguridad.

Por únicos muebles; una mesa, llena de papeles y con un ordenador arrinconado en una pared, una mesa de trabajo y otra mesa redonda con dos sillones.
Encima de ella un pequeño espejo con dos rayas de lo que no se equivocó en adivinar que se trataba de cocaína. A su lado un billete, nuevo, de veinte euros y una correa doblada.

- Tómalo, te hará bien.

- Señora, lo siento, pero yo no tomo drogas.

La verdad es que ocasionalmente lo había hecho, solo por dos veces y hacía años. Era algo que le daba miedo, miedo de caer en ello. No la había vuelto a probar desde entonces.

- Oye, querida, no te he preguntado si querías tomar o no. He dicho que lo hagas. No querrás que me enfade despreciándome este detalle ¿Verdad?

- Es que yo…

- Empezamos mal. Muy mal. Haz lo que te digo. NO querrás decepcionar a tu AMO. ¿Verdad? Además, te aseguro que es de calidad.

- No…No…

Obedeció a pesar suyo y sí era de calidad y era mucha para ella. pronto iba a notar sus efectos.

Había rehuido los besos de aquellos hombres que la sometieron, los de su AMO y su compañero y sin embargo no opuso ninguna resistencia cuando Diana, así se llamaba aquella mujer, cogiéndola por la anilla de su correa, acercó sus labios a los suyos.
Se entregó, con pasión a su beso, saboreando sus bocas, jugando con sus lenguas, intercambiando sus salivas.
Sentía como la mano de ella desabrochaba su blusa. Como acariciaba sus senos, como le pellizcaba, suavemente sus pezones erectos.
- Bésame mis pies. Lamelos.

Le quitó los zapatos, arrodillada frente a ella. Obediente. Entregándose.

- Así, perrita. Este es tu lugar. A mis pies, sirviéndome, dándome placer. Chúpame los dedos. Seguro que te gusta chupar.

Los besaba. Los lamía, Chupaba sus dedos. Acariciaba sus piernas. Sus muslos. Aquella piel tan fina, tan femenina. le excitaba aquella situación, que se mantuvo hasta que ella le ordenó que se pusiera de pie.

- Tienes unos bonitos senos. Querrás ver los míos. ¿Verdad?

- Sí…Sí…Señora

Bajó su vestido hasta la cintura, mostrando unos grandes pechos, que aún conservaban gran parte de su tersura, debido, seguro, a los cuidados que se aplicaba en ello.

Cogió su mano y la llevó hasta uno de ellos. Era la primera vez que acariciaba los senos de otra mujer. Notó una pequeña descarga en todo su cuerpo. Vió como sus pezones se ponían duros.

- Chúpalos. A qué esperas a chuparlos.

Cogió su cabeza y la llevó a ellos.

- Eso és. Eso és. Te gusta ¿Verdad? Seguro que estás humedeciendo. Lléname con tus babas.
Me estás poniendo muy caliente. Mucho. vamos a la cama.

Fue entonces cuando cogió la correa y la enganchó a su collar.


- Vamos. A cuatro patas, como una perra, como lo que eres.

La habitación, como no podía ser de otra manera, era espaciosa, con una cama grande, de barrotes metálicos. Las mesillas de noche y la cajonera, antiguas como todos los muebles, que hasta entonces había visto, de la mansión.

- Desnúdame y después desnúdate tú. Quiero ver bien tu cuerpo.

- Tienes un cuerpo precioso. No deberías pagar por tener sexo, al contrario, muchos pagarían por ti.

Se tumbó en la cama, abriendo sus piernas y tiró de la correa.

- Come. Cómeme en coño. Saborea mis jugos, puta.

Por primera vez la llamaba así. Al contrario de molestarla, aquello, como sumisa que era, fue un regalo para sus orejas.

- Sí. Así. Cómeme, penétrame con tu lengua. chupa mi clítoris. Ni se te ocurra tocarte, Traga mis jugos ¡TRAGA!

Cogía con fuerza su cabeza, mientras jadeaba, gemía de placer.

- ¡DIOS! ! ¡Como me corro!

- Sigue. Sigue, puta. Quiero más.

Aquello la estaba excitando mucho, solo deseaba tocarse, pero lo tenía expresamente prohibido y debía obedecer.

Sentía el sabor más íntimo de aquella bella mujer en su boca. Oía de nuevo sus gemidos. Hasta que por fin dejó que separarse su boca de aquel sexo.

La hizo poder de espaldas a su lado. Abrir sus piernas.

- Que mojada estás. Se ve que te han gustado mis jugos.

Empezó a acariciar su sexo, su clítoris. Penetraba su coño con dos dedos. La estaba volviendo loca. Puso su muslo entre sus piernas.

- Refriégate. Refriégate hasta correrte, Quiero ver tu cara de vicio.

- ¡Dios! ¡Señora! Pégueme. Pégueme. Por favor, señora.

Le abofeteó con fuerza.

- Esto es lo que quieres. ¿Verdad?

- Sí. Sí, señora.

Veía sus grandes pechos, bamboleándose, cerca de su cara, los acariciaba, los sobaba.
Hasta que por fin alcanzó el máximo placer.

- Aún no he terminado contigo, putita.

Literalmente se sentó en su cara. Casi no podía respirar, mientras volvía a darle placer con su boca, con su lengua.

- ¡Ahora! ¡Ahora sí!

Terminaron las dos acostadas una al lado de la otra. Diana acariciaba su cuerpo, cariñosamente.

Nunca habría pensado poder sentir tanto placer con otra mujer. Aun usada y humillada se había entregado a ello.

- Gracias, señora. Es usted muy hermosa.

- ¿De verdad te gusto? A ver si vas a terminar siendo una bollera como yo.

- No. señora. Pero de seguro que a partir de ahora miraré a las otras mujeres de otra manera.

- Espero que, si estás de acuerdo con ello, tu macarra me deje repetir contigo.

- ¡Oh! Sí, señora. Ojalá sea pronto.
Por favor ¿Le dirá a Nico que le ha gustado?

- Sí, claro, pero deberías olvidarte de él. Terminarás siendo su puta. ¿Lo sabes. ¿Verdad?

- Si, señora, lo sé. Debe pensar que soy una perdida.

- Sí, lo pienso, pero no me da ninguna pena. Eres lo que quieres ser. Otras lo hacen por necesidad u obligadas. estas si me dan pena, pero la olvido cuando me dan placer, aunque ninguna me lo da como me lo has dado tu.

- Gracias de nuevo, señora.

- Ojalá pudieses quedarte a dormir conmigo y seguir mañana. Si no estuvieses casada te compraría para mí. Pero ahora descansa un rato y después dúchate, si quieres y vístete. Voy a llamarlo, para que te venga a buscar, pero aún tardará un rato en llegar.

Le dijo que no hacía falta que le volviera a vendar los ojos, que confiaba en ella y que deseaba repetir.

- Cuando usted quiera señora.

- Ya te llamaré. Además, tengo planes para ella.

- ¿Qué planes, señora? Se atrevió a preguntar.

- En su debido momento lo sabrás Laika. Espero que te gusten o. al menos que los aceptes.

- Ya veo que no te lo has pasado tan mal como suponías ¿Verdad perra?

- No, señor.

- Bueno cuando quieras podremos seguir tú y yo. Ya tienes pagada una sesión.

- Sí, señor. ¿Puedo pedirle algo, señor? Me gustaría que fuese en el almacén.

- Qué morbosa eres. Está bien, en el almacén. cuando tu digas.

- El martes. ¿Podría ser, señor? A las siete, cuando todos se han ido de la empresa.

- El martes, pues.

- ¿Vendrá también Juan?

- He cobrado por adelantado trescientos euros, pero Juan está muy ocupado con otra perra como tú. Ya veremos si puede venir. ¿Tanto te importa?

- Lo único que me importa es usted AMO y satisfacer todos sus deseos.


Licencia de Creative Commons

La saga de Laika II es un relato escrito por Lena publicado el 07-06-2023 10:43:56 y bajo licencia de Creative Commons.

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