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El bar del pueblo 4
Escrito por Jorge Jog

Cuando pude incorporarme y retomar mi posición, Tony me dijo:

-La cena ya está lista. Ven a servírnosla, perrito. Y espero que seas buen cocinero, porque esa va a ser una de tus labores de ahora en adelante.

Fuimos a la cocina y los dos se sentaron en la amplia mesa de piedra, mientras yo servía la cena. Era un risotto que olía divinamente y tenía un aspecto delicioso. No obstante, por supuesto, yo solo serví sus raciones y volví inmediatamente a mi posición de rodillas, solo levantándome cuando tenía que llenar sus vasos o alcanzarles alguna cosa. Ellos estuvieron charlando animadamente de mil cosas, mientras me ignoraban por completo, excepto para darme de vez en cuando alguna orden.

Al finalizar Jaime recogió las sobras y las puso en un cuenco. Entonces, para mi desolación, comenzó a escupir sobre ellas, pasando a continuación el cuenco a Tony, que hizo lo propio, llenando la comida de salivazos y esputos. No contentos con ello, Jaime se bajó la bragueta y comenzó a mearse en el bol. Después de mojar bien la comida, echó el resto de su meada en un vaso. Por último, lo mezcló bien todo en el cuenco y lo puso en el suelo, a mis pies, junto con el vaso de meado.

-¡Cómete tu cena, esclavo! -me ordenó. Y, a continuación, echándose a reír, añadió: -Espero que te gusten los aderezos especiales que le hemos echado, jajaja…

Iba a tomarlo, pero Tony me detuvo dándome un bofetón y diciéndome imperiosamente:

-¡Sin usar las manos! Eres un perro, ¿recuerdas?

Venciendo mi repugnancia me incliné y metí mi boca en el bol. Apenas se adivinaba el sabor del risotto entre el fuerte gusto de la meada de Jaime y los escupitajos. Pensé que iba a vomitar, pero cerré lo ojos, me contuve desesperadamente y seguí comiendo. También tuve que sorber, como un perro, el vaso con el resto de la meada. Al final, también estimulado por el hambre que tenía, conseguí acabar la asquerosa mezcla y el pis del vaso. Durante todo el proceso los dos gigantes estuvieron sin quitarme ojo de encima, vigilando que no me dejara nada, y, por supuesto, riendo a carcajadas al ver mis apuros. Fue una de las experiencias más humillantes de mi vida.

Tras esto se sentaron a ver la tele, ordenándome que les lamiera y masajeara los pies mientras. Así lo hice y pasé un buen rato en la gloria, embriagado por el olor y el sabor de aquellos gigantescos pies de macho. Creo que cumplí bien con mi misión, a juzgar por los gemidos de placer de mis amos que, aparte de eso, usaron a su antojo mi cara y mi cuerpo como reposapiés. Al fin llegó la hora de ir a dormir y mis señores tenían nuevas órdenes para mí:

-Perro, tú dormirás aquí -me dijo Tony, señalando una alfombra redonda bastante gruesa-. Mañana te despertarás a las 8 y media, nos prepararás un baño y el desayuno y luego entrarás a despertarnos, ¿entendido?

-Sí, Amo -respondí. Ellos salieron y me tumbé en la alfombra. Era solo un poco más cómodo que estar directamente en el suelo, pero estaba rendido y mi corazón estaba mucho más en paz que la noche anterior, así que no tardé en quedarme dormido, eso sí, después de haber puesto la alarma de mi móvil a las 8 y media. Antes de ello, no obstante, escuché a los dos osotes follando en su cuarto, entre fuertes ruidos y jadeos, sintiéndome realmente triste de no estar participando de ello.


Me desperté puntualmente y cumplí las órdenes de mis amos. Llené la bañera de agua caliente y preparé café y tostadas. Cuando estuvo todo listo entré en el cuarto de mis señores. Había un fuerte olor a sudor, a sexo, a macho. Cualquiera lo hubiese encontrado repugnante, pero a mí me parecía increíblemente excitante. Contemplé sus poderosos cuerpos desnudos sobre la gran cama y se me hizo la boca agua. No obstante, me limité a despertarles susurrando en su oído. No quería hacer nada sin su permiso. Tony se desperezó somnoliento y me ordenó:

-Vete al baño, perrito, y espéranos allí…

Así lo hice y me puse en mi posición en medio del baño. Tuve que esperar un buen rato. Ya me empezaban a fallar las rodillas cuando al fin las enormes figuras desnudas de Tony y Jaime aparecieron por la puerta. Me quedé sin aliento cuando vi sus enormes cuerpazos velludos, que exudaban poder y fuerza por todos los poros. Entonces Tony me dijo:

-Perrito, vamos a darte de beber, y no queremos que se desperdicie ni una gota, así que lo que caiga tendrás que lamerlo del suelo, ¿ok?

Acercó aquella polla tan increíble a mi boca, cerré los labios en torno a ella sintiendo un escalofrío de placer y me dispuse a tragar. Sin embargo, justo cuando empezaba a salir el poderoso chorro de meada, Tony se apartó y comenzó a regarme la cara con el inmundo líquido. Tardé un poco en reaccionar, no obstante, inmediatamente me arrastré hacia él para volver a tomar su pollón y que no cayese nada al suelo, pero él de nuevo se apartó y continuó regándome la cara. Al mismo tiempo sentí otro chorro en mi cabeza y vi que Jaime me estaba meando también. Su polla era también realmente bonita, algo más larga que la de su marido, pero menos gruesa. Luché desesperadamente para atrapar el líquido, pero ellos siguieron vacilándome, apartándose todo el tiempo de mi boca, de forma que toda la meada se derramó sobre el suelo y sobre mi cuerpo, empapándolo completamente. Mientras tanto se reían a carcajadas viendo mis pobres intentos de tragar.

Al fin los dos chorros se apagaron y Jaime me dijo, al tiempo que me daba una fuerte bofetada:

-¿Has visto como has puesto todo, sucio maricón? Ya sabes lo que tienes que hacer. ¡A lamerlo, vamos!

Sin vacilar, bajé la cabeza y empecé a lamer el inmundo líquido de los azulejos, mientras ellos me miraban divertidos. Así estuve un buen rato, pensando que no iba a acabar nunca, mientras mi lengua se volvía de la textura de un estropajo, cuando Tony me dijo:

-Basta, perrito. Termina de limpiar con la fregona y métete en la bañera. Estás hecho una pena, jajaja…

Así lo hice mientras ellos salían del baño. Antes de salir, no obstante, Tony abrió mi jaula de castidad y sacó con cuidado el plug de mi culo, ordenándome que me lavara bien. Fregué todo el suelo y me metí en la bañera. Me había extrañado bastante la orden, ya que yo pensaba que el baño estaba destinado a ellos. Estaba sentado lavándome cuando Jaime entró de nuevo. Fui a levantarme, pero él me detuvo y me dijo:

-Tranquilo esclavo, disfruta de tu baño.

Entonces, para mi sorpresa, se sentó al borde de la bañera y se me quedó mirando. Yo, incómodo, seguí lavándome sentado, cuando ocurrió algo totalmente inesperado para mí. Una de sus enormes manos se puso sobre mi cabeza y, antes de que pudiera hacer nada por evitarlo, la sumergió violentamente en el agua. Me pilló tan de sorpresa que el agua me entró por todas partes y empecé a toser. No obstante, la poderosa mano no se soltó de mi cabeza y me impidió volver a sacarla del agua. Su fuerza era increíble. Me agité desesperadamente, pero en la posición que estaba me era completamente imposible librarme de su agarre mortal. Así permanecí lo que me pareció muchísimo tiempo, hasta que, cuando iba a perder la conciencia, la mano de Jaime aflojó la presión y me permitió sacar la cabeza. Tomé aire ávidamente, muerto de angustia, solo para sentir un segundo después como la manaza me sumergía de nuevo. Otra vez estaba a punto de ahogarme cuando el proceso se repitió. Jaime me permitió un segundo para respirar y de nuevo me sumergió. Así continuó durante varios minutos, que para mí fueron como horas, sintiendo que iba a morir en cualquier momento. Al fin, en una de las salidas, la mano se apartó totalmente de mi cabeza y pude respirar de nuevo. Jadeé intensamente, totalmente mareado y con lágrimas en los ojos, mientras veía que Tony me contemplaba desde la puerta, riéndose de mis apuros junto a su marido.

Jaime se levantó y me ordenó terminar de lavarme e ir a servirles el desayuno. Así lo hice, consternado y preguntándome cómo podían dos personas tan encantadoras ser tan terriblemente crueles…

Llegué a la cocina donde ellos ya estaban sentados, aún desnudos, y les serví el café y las tostadas. Mi cara debía de ser un poema en aquellos momentos, porque Tony me tomó cariñosamente de la mejilla y me dijo sonriente:

-No te enfades, perrito. Vamos a darte leche calentita para que desayunes.

Y, con un simple movimiento de sus ojos, entendí perfectamente lo que quería. Me arrodillé por debajo de la mesa, olvidando totalmente mi enfado, y me puse a chupar con avidez su pollón. Usé mis mejores artes bucales, al tiempo que acariciaba sus huevos con mis manos húmedas, y en pocos minutos Tony, entre fuertes gemidos, me llenó la boca de su ansiado néctar de macho. A continuación, a una señal suya pasé a la polla de su marido y repetí el proceso, paladeando con infinita fruición la sabrosa leche que inundó mi boca de nuevo poco después.

Luego me dejaron tomar una tostada, aunque naturalmente no me permitieron ponerle encima ni mantequilla, mermelada ni tomate. El aderezo fueron una vez más sus escupitajos y esputos. Esta vez incluso Jaime se sonó los mocos encima del pan. A pesar de la inmundicia que se me ofrecía, comí con ganas, estaba muerto de hambre. Mis amos dieron por terminado el desayuno y me ordenaron mis siguientes tareas, mientras Tony me ponía de nuevo la jaula de castidad y el plug anal:

-Ahora vas a fregar todo esto y después harás una limpieza general de toda la casa. Cuando acabes vas al bar a ayudar a Jaime. Yo tengo que bajar a Ávila a hacer unas gestiones. Apresúrate, ya que tendrás que estar allí antes de la hora del aperitivo. Tienes poco más de un par de horas. ¡Vamos! ¡A trabajar!

Naturalmente me puse a ello rápidamente, mientras ellos se duchaban y salían de la casa. Siempre odié las tareas domésticas, pero me afané en la limpieza, quería que mis amos estuviesen satisfechos conmigo. En esos momentos aquello se había convertido en lo más importante de mi vida. A la hora del aperitivo me vestí y fui al bar. Medio pueblo estaba allí, conversando animadamente entre ellos y con Jaime, que, como siempre, irradiaba aquella simpatía y alegría contagiosas que cautivaban a todo el mundo. Confié en que nadie notara el bulto que mi jaula de castidad hacía en el pantalón, pese a que me había puesto uno bastante ancho para disimularlo. Jaime anunció entonces a todos alegremente que Tony estaba fuera y que yo le iba a ayudar, algo que fue acogido con satisfacción por parte de los parroquianos. Me llegué a la barra y entonces Jaime me dijo en voz baja:

-Espero que te comportes, esclavo. Cualquier fallo será severamente castigado y, ¡ay de ti si recibo alguna queja de tu comportamiento! Prepárate a saber de lo que soy capaz…

Aterrorizado asentí y comencé mi labor. Me pregunté que habría pensado la gente que admiraba tanto sus encantos de haber escuchado aquellas espantosas palabras. Estuve unos cuantos minutos tomando comandas y sirviendo frenéticamente cervezas, refrescos y tapas. Tenía nula experiencia en aquello, pero puse toda mi alma en hacerlo bien, sobre todo tras la terrible amenaza de Jaime. Parecía que la cosa no se me daba mal e incluso empezaba a relajarme un poco, cuando, mientras estaba tomando la comanda a un grupo de señoras mayores, ocurrió algo totalmente inesperado para mí. ¡El plug de mi culo empezó a vibrar!

Inmediatamente todo mi cuerpo se tensó, mientras el artilugio empezaba a masajear mi próstata. Sentí un infinito placer, que tuve que intentar disimular como pude. Miré hacia la barra, a Jaime, que me devolvió la mirada sonriente. No vi sus manos, pero evidentemente tenía el mando del plug en ellas. Lo miré con una desesperada expresión de súplica, pero la única reacción que obtuve fue una sonrisa más amplia y un aumento de la velocidad e intensidad de la vibración en mi culo. Comencé a sudar profusamente mientras mi cara se descomponía de placer, de dolor… ya no sabía en aquel momento.

-¿Te encuentras bien, hijo? -me preguntó una de las señoras. Me recompuse como pude, asentí y seguí con el trabajo. Me sentía morir de vergüenza y, a la vez, me invadió un miedo terrible a fallar en mi cometido y recibir el tremendo castigo prometido por Jaime.

La siguiente hora fue espantosa. El plug se encendía y se paraba a voluntad de mi cruel amo, que casi siempre escogía sádicamente los momentos más inoportunos, como cuando estaba tomando una comanda o cuando llevaba una bandeja de bebidas, para ponerlo en marcha. Al final conseguí salir del paso, tirando solo en una ocasión una botella. El estropicio y el bochorno público pudieron ser mucho peores. Tuve mucha suerte o mucha maña, o ambas cosas. Finalmente llegó la hora de comer y el bar se fue vaciando. Entonces Jaime me ordenó en privado:

-Ve a casa y dedica la tarde a estudiar. A la hora de la cena te quiero en casa de nuevo.

Y me despidió, dándome una palmada disimuladamente en el culo. Antes, eso sí, me dijo, creándome una infinita sensación de orgullo:

-Te has portado bien, esclavo. ¡Eres un buen perro!

Salí de allí con el corazón henchido de satisfacción, pese al rato terrible que había pasado. Estuve estudiando, efectivamente, toda la tarde y, a la hora acostumbrada, me presenté de nuevo en casa de mis amos. Estuvimos cenando, ellos su estupenda comida y yo sus excrementos, y, al acabar, Tony me dijo:

-Bueno, perrito, es hora de estrenar tu agujero.

Me estremecí de miedo y de deseo mientras los dos osotes se desnudaban y Tony sacaba despacio el plug de mi culo y lo lubricaba una vez más. A continuación, me hizo chuparle la polla a cuatro patas hasta que adquirió su máximo esplendor y se situó detrás de mí, mientras el pollón de su marido ocupaba su lugar en mi boca.

Sentí su asombrosa herramienta penetrar profundamente en mis entrañas. Afortunadamente el plug me tenía totalmente dilatado, si no creo que me hubiese roto completamente. Noté su poder, su dureza, y me sentí tan lleno de polla que supe con certeza una vez más que aquel era mi lugar en el mundo. Tony empezó a moverse dentro de mí y el bombeo de su magnífico rabo me llevó hasta cimas desconocidas de placer. Empecé a tener lo que parecía ser un orgasmo tras otro, alucinado. No tenía ni idea de que un hombre pudiera ser multiorgásmico. Si mi propia polla no hubiera estado enjaulada, creo que hubiera muerto de placer.

En un momento dado Tony sacó su polla e intercambió posiciones con Jaime. Una nueva polla perforó mi culo, de nuevo haciéndome ver las estrellas, en aquella increíble mezcla de dolor y placer insoportables, mientras el inmenso rabo de Tony se introducía hasta mi garganta, follándome la boca sin piedad. Así estuvieron, cambiando de posición a cada rato, lo que me pareció un lapso de tiempo increíble. ¡Lo que podían aguantar aquellos hombretones! Al final ambos me llenaron respectivamente de leche la boca y el culo y se derrumbaron en el sofá. Yo sentí flaquear mis piernas y caí al suelo, también destrozado por el agotamiento y las increíbles sensaciones.

-Uffff, ha sido tremendo, perrito -exclamó Tony, y a continuación agregó para mi tranquilidad: -que sepas que estamos totalmente limpios y sanos, por eso no hemos usado condón. Si no tuviéramos esa certeza no lo habríamos hecho. Ya te dije que nunca pondríamos tu salud en peligro.

Se lo agradecí infinitamente y, tras un rato de televisión y masaje de pies, Tony me anunció que ese día dormiría en mi alfombra de perro, pero lo haría dentro de su cuarto, que me lo había ganado. Así me dormí, a los pies de su cama, escuchando las profundas respiraciones de mis dos dioses y sintiéndome el ser más feliz sobre la tierra…

Continuará?...


Licencia de Creative Commons

El bar del pueblo 4 es un relato escrito por Jorge Jog publicado el 08-07-2022 10:12:26 y bajo licencia de Creative Commons.

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