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Metamorfosis I
Escrito por Lena

Era casi una aventura para ella; durante un par de días tendría su coche en el taller, hubiese podido coger un taxi, pero hacía años que no subía a un metro. Le separaban ocho paradas de su barrio, ocho paradas de nuevas experiencias.
Ni tan solo era consciente de que aquella era una hora punta y que pronto la plataforma estaría llena de gente, de hecho, no le importaba, lo hacía aún más divertido.
Se daba cuenta que desentonaba un poco, vestida de ejecutiva, con su falda negra de tubo algo ajustada, su blusa blanca cruzada y sus zapatos de medio tacón, sin olvidar su gran bolso negro, lleno, como siempre de documentos.

No fue hasta la tercera estación que notó como aquel hombre se le arrimaba, al principio pensó que era algo casual, debido a la densidad humana del vagón, pero pronto se dio cuenta de que no era así. Aún ahora, pasada ya una semana, no entendía cómo reaccionó como lo hizo, o mejor dicho, como no lo hizo.
Notaba aquel cuerpo completamente pegado al suyo, su mano sobando, sin ningún pudor una de sus nalgas.
Se quedó inmóvil, dejando hacer. Ella, la respetable esposa, la exitosa abogada, con bufete propio. Ella, una mujer madura, que se hacía mirar, a la que le gustaba que la miraran pero que nunca había tenido un desliz en sus años de matrimonio y ahora estaba allí dejando que aquel hombre se aprovechará de ella. Su único movimiento fue el de poner el bolso de la manera que creía mejor hacía pasar inadvertido a los demás lo que estaba ocurriendo, este y un ligero movimiento de cintura cuando notó la dureza de aquel pene, a través del vestido.

Notaba el aliento de aquel desconocido en su nuca, un aliento cálido. deseaba ver su rostro mientras notaba como se humedecía.
Bajó la mirada cuando se dio cuenta de que una joven, a su lado, la miraba y sonreía con picardía.
Cuando bajó al andén se sentía aturdida, aturdida y excitada. Solo deseaba que aquel hombre no la siguiese, no se atrevía a mirar hacia atrás, sabía que si la interpelaba no sabría qué decir, ni qué hacer.
Aquella noche se masturbó, al lado de su esposo, mientras él dormía.

Se prometió que al día siguiente cogería un taxi, se lo prometió, pero no lo cumplió.
Fue entonces cuando lo vio de nuevo, situado en la plataforma que quedaba a su lado, algo alejada.
En seguida supo que era él, por cómo la miraba y sonreía, mientras se pasaba una mano por su bragueta, como quien no quiere la cosa.
Era algo más joven que ella, no llegaba a sus cuarenta y dos años, pero se le aproximaba.
Moreno, de barba a medio rapar, con unos tejanos ajustados y una camiseta negra, de manga corta, que resaltaban los músculos de sus brazos. Con sus ojos negros y su mirada penetrante no carecía de atractivo, un atractivo que le hacía erizar la piel pensando en lo que podia ser capaz de hacer un hombre como aquel con una mujer inexperta como ella.
Le hizo sentir una atracción enfermiza.
Por suerte se limitó a desnudarla con la mirada.

De aquello hacía ya dos semanas y ahora estaba sentada allí en aquella terraza, en la mesa que ella ocupaba, tomando una copa de vino blanco y fresco, mientras leía un libro, era su hora mágica, la que se reservaba cada día antes de ir a su casa. Ni siquiera había pedido permiso para hacerlo.

- Vaya, que casualidad. ¿Ya no coges el metro?

Se ruborizó ante su presencia, aun antes de que le hablara, a pesar de todo intentó aparentar normalidad.

- Solo lo cogí aquellos días porque tenía mi automóvil en el taller.

- A mi no me gusta conducir, por eso lo uso. Bueno, por esto y por mujeres como tú, aunque no abundan en los transportes públicos. Por cierto, me gustas más con estas faldas…

- Me tengo que ir. Lo siento. Mi esposo me está esperando en casa.

- ¿Sin terminar tu vino? Llámalo y dile que te has encontrado con una amiga y dame la oportunidad de contemplarte bien. Además, estoy seguro de que tú eres una mujer liberada, hasta debes ir por el mundo de feminista.

- Yo…Yo no soy…

- ¿No eres qué?

- Una cualquiera…estoy casada…nunca había hecho una cosa así, No sé qué me paso. Lo siento…debo irme.

- ¿No sabes lo que te paso? ¿De verdad? ¿Tengo que contártelo? Lástima que no hubo una segunda vez. ¿Verdad? Lo estabas deseando. No eres la primera que se deja, algunas incluso han ido más lejos. Voy a pedir un vino como tú y nos lo tomamos con calma. ¿No te parece? Por cierto. Me llamo Jesús. ¿Tu?

- Ana…me llamo Ana…

- ¿Cuánto llevas de casada Ana?

- Trece años. ¿Por qué quiere saberlo?

- Por hacerme la idea de cuánto tiempo llevas sin probar otra polla. Bueno, según tú.

- ¿Por quién me toma? No soy una puta…

- Ya sé que no eres una puta, de lo contrario ya me habrías dicho que cobras por tus servicios.

- Es un sinvergüenza ¿Siempre trata así a las mujeres?

- Solo a las que van necesitadas como tú. Déjate de tonterías. Bien que te mojaste.

Era el momento de irse, de levantarse e irse, pero no lo hizo, ni siquiera cuando apartó sus cabellos poniéndolos por detrás de su oreja, ni tan solo cuando notó su mano acariciando suavemente su rodilla. Siguió dejando que supiese más de ella, de si vivía, como él en aquel barrio. Ni cuando le preguntó a qué se dedicaba, por el contrario, contestaba sus preguntas. Le contó que era abogada, que tenía un despacho propio, abogada penalista.

- Vaya, siempre es bueno conocer a una penalista. Nunca sabe uno si puede necesitarla. Dame tu teléfono.

- ¿Mi teléfono? ¿Porque quiere mi teléfono?

- ¿No te lo imaginas? Por si requiero de tus servicios o tú de los míos, que buena falta te hacen.

- Solo le daré el de mi despacho. No quiero…No quiero otra cosa…

- Mira haremos una cosa. me das tu teléfono del despacho y yo te doy las tarjetas de mis negocios. Aunque coja el metro tengo negocios. ¿Sabes?.

Le contó que era el propietario de dos locales, de dos clubes.

- Puedes venir siempre que quieras. Pásate por allí a tomar unas copas. A este no. No es sitio para ti, pero al “Estrella azul” puedes pasarte a tomar unas copas y a divertirte un poco, Es un club privado, solo para gente de confianza, pero con esta tarjeta y tu físico el portero te dejará entrar seguro y si no le dices que me conoces.

- No creo que lo haga. Pero, por curiosidad. ¿Porque solo a este? ¿Tan reservado és el otro?

- No. Para nada, al contrario. Pero es un club de alterne, ya sabes a qué me refiero. Aunque quisieras no servirías y me gusta que los clientes estén contentos con los servicios.

- ¿Esto debo tomármelo como un elogio o como un insulto?

- Ni cómo uno ni como lo otro. Es una aseveración.

- Mire no quiero clientes como usted para mi despacho. No es más que un explotador de mujeres, un proxeneta, por mucho que se las de empresario.

- Oye guapa, las mujeres que están allí es porque ellas quieren, pueden largarse cuando les dé la gana. Yo les ofrezco un sitio, un local, a cambio de unas comisiones, con esto y el gasto que hacen los que vienen allí me es más que suficiente.

- Esta bien...Esta bien…

- Ahora dame el maldito teléfono de tu despacho o una tarjeta. Tengo que irme y ya sabe, ven cuando quieras. No hace falta ni que vistas sexy, aunque dudo que una mujer tan respetable como tú tenga vestidos así. Una copa siempre la tendrás y hasta alguna distracción si la quieres.

“Estrella azul”. Buscó en Internet y solo encontró una referencia en una web de “clubs liberales”, lo definía como un espacio muy restrictivo, solo para socios, mayores de edad, sin distinción de sexos ni géneros, solo había una foto de lo que podía ser la barra de cualquier bar elegante, ni siquier ponía los horarios ni la dirección, aunque ella la tenía en la tarjeta, lo que hizo que más de una tarde, al salir del trabajo, pasara por delante, sin detener su automóvil. Una puerta metálica, gris plata, con una mirilla. Se preguntaba qué habría detrás de aquella puerta, que debería pasar allí dentro, pero se aseguraba a sí misma que nunca lo sabría, si aquel hombre la había invitado a ir a tomar una copa, seguro que esperaría algo más de ella y aunque lo deseara sentía miedo a dar el paso. además, ni tan solo estaba preparada para ello, para nada que pudiese satisfacer a un hombre como aquel.
Quizá fuese por este mismo reto, por la curiosidad, por el deseo o por un sexo con su marido cada vez con menos alicientes.
Lo inevitable ocurrió: Una mañana llamó al teléfono preguntando por Jesús, le contestaron que no estaba, que solía ir a la hora de abrir, a las siete de la tarde, le concretaron.

Realmente no tenía nada sexy para ponerse y aunque lo hubiese tenido, la excusa de una reunión de trabajo y una cena con unos clientes muy importantes no hubiese justificado delante de su marido que vistiera de una forma inhabitual, más allá de cierta elegancia. Eso sí, cuidó su peinado y su maquillaje y escogió la misma blusa cruzada que llevaba el día que coincidió con él en el metro y una falda muy parecida, aunque con el detalle de un corte lateral que dejaba al descubierto unos quince centímetros en su muslo derecho, esto y unos zapatos de tacón alto que raramente utilizaba.

Eran poco más de las siete cuando llamó al timbre. Tuvo que explicarse a aquellos ojos que la observaban por la mirilla: No, no era socia del local, pero tenía una tarjeta y además conocía a Jesús.

- Está bien, voy a avisarle ¿Cómo te llamas?

- Ana. Me llamo Ana

Había pasado más de un mes, quizá ni se acordaría de ella, probablemente sería lo mejor que le podría pasar, pensó por un momento, antes de que se abriera la puerta.

- Vaya, al fin te has decidido, pasa. Te voy a enseñar esto.

La cogía por la cintura llevándola hacia el interior. Sus ojos tardaron un poco en habituarse a la penumbra del local. Vió que había mesas bajas, sofás y sillones, al fondo la barra que ya había visto en la fotografía y en el lateral de esta se adivinaba una escalera que bajaba.

- Ya se que no estás acostumbrada a estos sitios. No temas. No te va a pasar nada que no quieras. La bebida la tienes por invitación de la casa, lo demás ya es cosa tuya. Aún hay poca gente, se va llenando más tarde.

Pidió un gin-tonic, al probarlo notó que estaba bastante cargado, pero a ella le gustaban así.

En la barra había un hombre tomando lo que supuso un whisky con hielo, al fondo, en un lateral se adivinaban tres figuras, se fijó en ellas. Una muchacha era literalmente sobada por dos hombres maduros situados a sus respectivos costados, los tres en el sofá.

No podía quitar los ojos de ellos, habían bajado los tirantes de su vestido y mostraba unos enormes pechos. Parecía muy excitada. Ahora la miraba y sonreía entre jadeos, que no oía pero adivinaba.

- ¿Qué pasa? ¿Te gusta? Si vuelves otro día y está libre seguro que te ofrece sus ubres.

- Por dios. es muy joven.

- Muy joven y muy sumisa. Le llamamos la vaquita. Uno de estos hombres es su AMO, pero, como ves, no le importa compartirla.

- Su…Su AMO…?

- Sí. ¿No ves? Hasta lleva el collar de perra.

- Pero. Pero....si no tendrá ni veinte años…
- ¿Te gusta o no? ¿No te gustaría chupar esas tetas?

- Yo…Yo nunca he hecho algo así.

- Lo harás si vienes por aquí, Seguro que lo harás…si ya te estás poniendo cachonda con solo pensarlo.

La mano de Jesús se había posado en su nalga. Aquel hombre sabía lo que le estaba pasando. Siempre lo sabía,

- Por cierto. Voy a presentarte a Antonio.

La había estado observando y ahora sonreía, divertido por la turbación que adivinaba en ella.

- Vaya. Una nueva socia y casada. Un placer conocerte.

La mano de Jesús la acercó a él.

- Aún no lo es, solo está de visita, por el momento. pero creo que le voy a regalar un carné.

- Sí. Así podremos ir conociéndola. Eres muy guapa ¿Sabes?

Le pasó un dedo por sus labios, temblorosos.

- ¿Nunca te han dicho que tienes cara de comerlas muy bien?

- No la asustes es totalmente novata en estas labores.

- ¿En serio? Bueno con tu maridito supongo que si lo haces. ¿No?

- Sí. Claro que sí

Contestó aparentando una seguridad que ni de lejos sentía.

- ¿Y no quieres probar otra? Mira cómo me la has puesto solo de verte.

Cogió la mano de Ana y la llevó a su entrepierna. Notó la dureza de su pene, ya no podía retirarla, no quería retirarla.

- ¿Te importa Jesús?

- Claro que no. Así sabremos si al menos esto sabe hacerlo bien antes de regalarle un carné de socia.

- Pero…pero ¿Aquí?

- Claro. No querrás que me levante ¿Verdad? Además, lo que pasa aquí, aquí se queda. ¿No has visto a la vaquita? Seguro que se la follan aquí mismo.

Jesús empujaba su cabeza hacia abajo…

- Venga. Arrodíllate y enséñanos lo que sabes hacer.

Desabrochó el cinturón de aquel hombre, desconociéndose a si misma, bajó la cremallera de su bragueta y busco su polla, tan distinta de la de su esposo. La cogió con una mano y llevó su boca a ella.

- Las manos en la espalda, mamona, no me gusta que me la cojan.

Aquellas palabras, aquella orden, aquel insulto, no hizo sino excitarla.

- Mira cómo babea, la viciosa, seguro que con el cornudo no lo hace tan bien. Te la voy a dejar bien mojada para que disfrutes de ella.
Así. Así, Sigue. Joder, como mama, como mueve la lengua la muy puta.

La sentía grande y dura en su boca. cada vez más y más dura. a punto de estallar.

- Te lo vas a tragar todo. No quiero que se me manchen los pantalones. Venga. ¡TRAGA!

Nunca había tragado la leche de ningún hombre, de ningún macho, pensó que le daría asco, ganas de vomitar, pero no fue así, en realidad le gustó hacer de receptáculo de su semen.

Se levantó medio aturdida.

- ¿No me das las gracias por el alimento recibido?

- Sí. Sí. Gracias, señor.

- Buena chica Ana, no me equivoqué contigo, ahora vamos abajo tú y yo, pero antes termínate la bebida.

- Suerte con ella Jesús. Hazla hembra. seguro que aún tiene agujeros que estrenar.

- Seguro que sí.


Licencia de Creative Commons

Metamorfosis I es un relato escrito por Lena publicado el 11-10-2022 22:24:18 y bajo licencia de Creative Commons.

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Comentarios  
elena44
0 #2 elena44 12-10-2022 21:26
Gracias!
Perro Viejo
0 #1 Perro Viejo 12-10-2022 19:54
Me gusto. Es limpio y sencillo de leer. Espero que contimue
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