Tiempo estimado de lectura de 4 a 5 minutos

La caída I
Escrito por Lena

I

Quizá todo hubiese sido distinto si su esposo le hubiese recogido con su brazo, como cuando eran novios, cuando ella buscaba protección de si misma, pero el siguió absorto en la pantalla del cine, ignorándola cuando más la necesitaba, mientras aquel desconocido, sentado a su lado, ponía la mano en su rodilla.

También los hechos posteriores hubieran tenido otro recorrido si hubiese reaccionado apartando aquella mano. pero llevaba ya demasiado tiempo fantaseando, cada vez más harta de un sexo convencional y casi mecánico, con su esposo, el prototipo de hombre conservador. hasta tal punto lo era que cuando le dijo que deseaba provar el sexo anal su respuesta fue que aquello era cosa de guarras. De esto hacía ya meses.

Dejó que la mano de aquel hombre subiera por su muslo, no solo esto, sino que abrió sus piernas ofreciéndose, protegida de cualquier mirada, por la blusa que había colocado en su regazo.

No se atrevía a mirarlo. Pensó que nunca sabría cómo era, a quién pertenecía aquella mano que acariciaba el interior de su muslo, a punto de llegar a sus bragas ya humedad. Fue entonces cuando la retiró, para coger la suya y llevarla a su entrepierna. Por un brevísimo momento sintió la dureza de su pene erecto.


II


Entraron juntos en el ascensor, ella, Estela y su nuevo vecino, con el que compartían rellano y el nombre del cual aún desconocía.

Era un cuarentón atractivo, algo canoso. Alto y de cuerpo atlético, llevaba unos tejanos ajustados, aunque el resto de su vestimenta parecía indicar que se trataba de un empresario o un alto ejecutivo. Sus ojos oscuros parecían desnudarla, mientras una sonrisa se reflejaba en su rostro.

- ¿Qué tal vecina? ¿Te gustó la película?

- La película, el otro día en el cine.

No pudo evitar sonrojarse. Se preguntaba si aquel hombre había visto lo que había pasado o si, algo peor, era él quien la había estado tocando, acariciando.

Sin perder la sonrisa puso, detrás de su oreja, un mechón rebelde, acercándose a su cuerpo.

- ¿Que hace? ...A…Apártese -Tartamudeaba.

- Tranquila, mujer. No soy un violador. Simplemente me gustaría terminar lo que empezamos. ¿A ti no?

- Yo…Yo, no sé qué me pasó…Nunca había hecho algo así. No debí permitirlo.

- Pero lo hiciste. Ya sabes, mi puerta está abierta para ti si un día decides ser tú misma.

Salió deprisa del ascensor, casi corriendo. Nerviosa, temblorosa. mientras el observaba sus nalgas, imaginándose azotándolas.

Aquella noche, cuando su esposo dormía, tuvo que tocarse.

III

- ¿A qué piso vas?

Era una mujer joven, no llegaba a los treinta años, a diferencia de ella, era rubia y de ojos claros. Su atractivo cuerpo, enfundado en un vestido rojo, escotado. Se fijó en que no llevaba sujetadores, pero lo que más atrajo su mirada fue aquel negro collar de cuero, que rodeaba su cuello.

- Al octavo.

- Al mimo que yo.

- A vaya, debes ser la vecina de Don Oscar. Me ha hablado de ti.

Sintió un aguijón en su pecho. ¿Qué le habría contado de ella?
Simuló que buscaba las llaves de su piso en el bolso. Quería hacer tiempo para ver a Oscar, ahora por fin su nombre y lo podría murmurar mientras pensase en él. Quería verlo y ver como recibía a aquella joven. Quizá solo era una amiga, se dijo, no sin cierta esperanza.

Por un momento la miró cuando abrió la puerta, para dirigirse inmediatamente a su visitante.

- Llegas tarde, putita.

- Lo siento, señor.

Vió cómo la cogía por la anilla de su collar, llevándosela dentro de su casa.

- Sabes que esto me molesta.

- Perdóneme, AMO. Por favor.

Aquella puerta se cerró tras ellos. Estela, turbada por lo que había oído y presenciado, buscó refugio en una copa de vino, tomada en la misma cocina, mientras esperaba la llegada de su esposo.


IV


- ¿Sabes quién ha venido esta mañana cuando ya habías salido? El nuevo vecino. Venía a presentarse: se llama Oscar. le he mostrado nuestro piso, bueno menos nuestra habitación, porqué la cama estaba por hacer y nos ha invitado a tomar una copa esta noche después de cenar.

- ¿Esta noche? La verdad es que no me apetece nada. No me cae demasiado bien este tal Oscar. ¿Por qué no vas tú? Dile que no me encuentro demasiado fina.

- Pero, por dios, si no lo conoces de nada. Me ha parecido muy educado. Además, con esto solo conseguirás retrasar la visita.

- Está bien, pero no lo larguemos demasiado, estoy cansada.

- Por cierto, este lunes tengo que volver a ir a Barcelona.

- ¿Otra vez? ¿Cuánto vas a estar?

- Ya sabes. Es mi trabajo, creo que estaré cuatro o cinco días.

Les mostró su piso, decorado con un gusto minimalista, pero que detonaba que pertenecía a alguien al que no le faltaba el dinero. Todo menos una habitación.

- Esta será la habitación de invitados, pero ahora solo está llena de los trastos viejos que había en este piso.

Si algo le dio que pensar era aquella cama, de matrimonio, con pies y cabezal de barrotes. Imaginó a aquella mujer allí, atada. Se imaginó a sí misma y sintió un cosquilleo de deseo.

Estuvieron tomando unas copas en el salón. Hablaron de sus respectivos trabajos. Oscar sentía curiosidad por lo que podía ofrecerle aquel barrio.

- Así que tú, Elena, eres abogada.

- Sí, tiene despacho propio, trabaja para varias empresas y he de confesar que gana más que yo, que encima siempre estoy viajando.

- Pués podríamos concertar una entrevista en tu despacho yo necesito alguien que me lleve los temas legales de la constructora.

No pudo negarse y menos delante de su marido.

- ¿Por qué no me das tu teléfono y mañana mismo te llamo para concretar una visita? O mejor aún, dame tu correo y te mando ya la documentación de la empresa para que la estudies y así sabrás de antemano de qué hablamos.

Elena le dio el correo de su despacho.

- Si no te sabe mal dame el tuyo particular, si es que lo tienes. No me gustaría que alguien más viera la documentación.

- Claro que te lo dará. ¿Verdad Estela?

No tenía otra opción. Su esposo ni siquiera se daba cuenta de cómo brillaban sus ojos, sentada al lado de aquel hombre, oliendo su perfume masculino, recordando aquella mano en sus muslos.

A la mañana siguiente, al llegar a su despacho, le esperaba aquel correo.

“Ahora ya sabes lo que ocurre detrás de la puerta de mi hogar. Espero, por la cuenta que te trae, que no es una chismosa.
Cuando decidas ser lo que ya eres solo tienes que llamar al timbre de mi piso.
Tengo un collar esperándote.
Don Oscar”

¿Que se había creído? Escribirle aquellas palabras, con aquel tono y encima firmando como Don Oscar. No, no pensaba contestarle. ¿Ser lo que ya eres? Qué sabía él de lo que era.
Sin embargo, su cuerpo, su sexo, no sentia lo mismo que le decía su cabeza.

Una hora después recibí otro correo.

“Te adjunto la documentación de la empresa, por si quieres ir estudiándolo ya concretaremos día y hora para visitarte en tu despacho.
Oscar”


Licencia de Creative Commons

La caída I es un relato escrito por Lena publicado el 17-02-2023 21:27:25 y bajo licencia de Creative Commons.

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1 No me gusta0
Comentarios  
Lena Navarro
0 #2 Lena Navarro 19-02-2023 17:42
Muchas gracias por tu comentario.
Corocota
0 #1 Corocota 19-02-2023 12:54
Me gusta la naturalidad con que es narrado y el realismo de las situaciones, como está estructurado saltando de una situación a otra, dejando discurrir la vida irrelevante de por medio.
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