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La caída III
Escrito por Lena

VIII

Había transcurrido medio año desde aquel día en que dejó atrás sus fantasías para adentrarse en su verdadero yo, en lo que siempre había sido. Seis meses siendo suya y cuatro de la inevitable separación con su esposo.

Pronto aprendió a darle placer con su boca, se esforzó en ello, a dárselo y a tenerlo. Supo lo que era ser azotada, penetrada analmente, estaba dilatada ya y sentía placer cuando la tomaba de aquella manera. Descubrió que había en aquella habitación, que el día que les mostró su piso obvió mostrarles; allí era colgada por sus brazos mientras jugaba con su cuerpo, hasta llevarla a la locura, cuando no lo castigaba. Aquella barra de la que era suspendida, viéndose reflejada en un gran espejo, aquel potro donde la tomaba con fuerza.
Supo lo que era recibir su lluvia, tragarla. lo que era sentir las pinzas en sus peones, en sus senos. La sensación de la cera derramada en su cuerpo. Sintió la excitación de sus palabras humillantes, vejatorias.
Por otro lado respetaba sus horarios de trabajo. por la mañana una respetable abogada, por la tarde, o la mayoría de ellas, su sumisa, su perra, su puta. al igual que sus límites, pocos: Nada de marcas perennes ni de heces y una palabra de seguridad, que nunca usó.

Ya no rehuía las miradas de los hombres, ni siquiera aquellas que la desnudaban. Al contrario, le excitaba sentirse deseada.

Algunas noches, sobre todo los fines de semana, la llevaba a cenar a algún restaurante, lejos de su barrio y de su despacho. Siempre vestida de manera provocativa, con su collar, que finalmente se había ganado, puesto y, indefectiblemente, sin sujetadores. entonces sí era el centro de atención, poco disimulada, del resto de clientes. Después, al igual que cuando la llevaba a algún bar musical o pequeña discoteca, para verla bailar sensualmente, dejándose arrimar por los hombres y más de una mujer, y ya de vuelta, en el automóvil, comprobaba sus humedades y le avergonzaba por lo puta que era.

- No eres más que una perra viciosa, una cualquiera. Si no fuese porque eres mía te dejarías follar por cualquiera.

- Lo siento, AMO…Lo siento…No puedo evitarlo…No puedo…

Cuando esto ocurría sabía, con toda probabilidad, que terminaría atada, de pies y manos, en aquella cama con barrotes, follada con dureza, humillada verbalmente, cuándo no escupida en su rostro.

Sin embargo, a veces, en la intimidad de su piso, la trataba con respeto y hasta con cariño. Un cariño que le sobrecogía.

IX

- Mañana te quiero, puntualmente, en mi casa, con tu vestido rojo, con los zapatos de tacón, sin ropa interior y, naturalmente con el collar puesto. Te voy a presentar a tu nuevo AMO, si es que no quieres ir por libre, claro.

- ¿Como? ¿Pero qué dice, señor? ¿Por qué me repudias? ¿Ya no me quiere? Sabe que haré todo lo que usted desee.

- No se trata de si te quiero o no, ni de que te repudie. No somos un matrimonio y nuestra relación debe tener un fin y este fin a legado.

- Pero…Pero, señor.

- ¿Qué te pasa? ¿Creías que esta relación era para siempre? No vengas si no quieres, pero no volveremos a vernos, no de esta forma. Volverás a ser, simplemente, mi vecina.

Pasó una mala noche y un día peor, recordaba las palabras de Marta, aquella hermosa mujer: “Antes de mí había otra y después de tí también habrá otra”.

A la seis de la tarde llamaba a su puerta. Obedeciendo a la que sabía que era su última orden.

- Pasa, te está esperando en el salón, tu decidirás si ser suya o si quedar libre. espero que lo trates con el debido respeto y que no montes numeritos de lloriqueo.

X

- Vaya, así que esta es Estela. Se la ve apetecible.

- Lo es, te aseguro que lo es, Luis.

De pie, en medio del salón la esperaba aquel hombre. De una edad parecida a la de su AMO, aunque con menos atractivo; algo de barriga, de pelo rasurado y mirada fría.

- ¿Qué edad tiene?

Mientras la desnudaba con la mirada dirigía sus palabras a Oscar, como si ella fuese solo un objeto a valorar.

- Cuarenta y uno.

- Entonces, si se cuida, como parece que ha hecho hasta ahora, aún le quedan unos cuantos años para ser usada.
Me dijiste que llevabas seis meses con ella. ¿No?

- Sí, así es, medio año.

- Entonces estará bien emputecida ya.
- Totalmente.

- Y antes solo había follado con su esposo. ¿No la has entregado nunca?

- No, nunca, solo ha esto con su ex y conmigo.

- Pues seguro que está deseando catar más pollas. ¿Verdad, putita?

Estela miró, avergonzada, a su AMO antes de contestar.

- Contesta a lo que te pregunta.

- Sí…Señor.

- Ya te dije que era muy zorra.

- Ya veo, ya.
Seguro que le va a gustar la mía y las de a quien yo le entregue. me gusta hacerlo con mis putitas, siempre en mi presencia, claro, incluido tu Oscar.
Comprenderás que quiero ver bien la mercancía antes de aceptarla. Debería desnudarse.

- Ya lo oyes. Desnúdate.

Sabía cómo tocar un cuerpo, como acariciarlo. Sintió sus manos recorriendo, recreándose en sus senos. No pudo evitar el temblor de sus labios y aquel suspiro, traicionero.

- No está mal. Nada mal y además parece tener las tetas muy sensibles.
¡Joder! Si ya está mojada.
Date la vuelta, perra.
Buenas nalgas, nadie diría que tiene ya cuarenta y uno.
¿La has enculado con frecuencia?

- Sí, claro. Al principio, ya sabes, pero ahora disfruta con ello.

- Creo que si voy a quedármela, al menos un tiempo de prueba, espero que no me defraude.

- Estoy seguro de que no, de lo contrario no te habría propuesto que te la quedases.

- Has hecho bien, No queremos que las que han sido nuestras hembras terminen en manos de cualquier cabrón o aún peor, como alguna, prostituirse sólo por la necesidad de sentirse humillada. Ya sabes de quien hablo.

- ¿Marta? - Se atrevió a decir Estela.

- No. Marta no, está a buen recaudo. ¿La conoces acaso?

- Coincidí con ella en el ascensor, un par de veces. señor y estuvimos hablando.

- Una mujer muy hermosa. ¿Verdad?

- Sí, señor.

- No me extrañaría que hubieses querido jugar con ella. ¿Verdad?

- Nunca he estado con una mujer, señor.

- No es esto lo que te he preguntado.

- No la he visto más, señor.

- ¡Contéstale de una vez a lo que te ha preguntado!

Estela bajó, avergonzada, su mirada.

- Sí…Sí, señor. me hubiese gustado…

- Oscar ¿Qué te parece si, en el caso de que esta perrita se porta bien, un dia quedamos tú y yo con Rafa y hacemos que se calientan entre ellas para luego usarla?

- Me parece perfecto.

- Bueno, me quedo con ella. Lástima que no la hayas marcado, como haces con todas, cuando haya pasado por tres o cuatro ya nadie sabrá quien la inició.

- He respetado sus límites, como sé qué harás tú, nada de escat ni de marcas perennes.

- Ya, ya, y respetar sus horas de trabajo.

- Eso és.

- AMO, no me importaría que lo hiciese, al contrario.

- Ya no soy tu AMO. Lo haré solo si él lo quiere.

- Claro que sí, además tu marca es toda una garantía de calidad de las sumisas. Te la traerá el próximo viernes, así un siente molestias los siguientes días, no tendría que estar en su despacho.

- Se trata de una pequeña O con una cruz en medio, en una de tus nalgas. Debes saber que es doloroso.

- No me importa que lo sea, señor.

- Bien, ahora vístete y vete a tu casa. Oscar y yo tenemos que hablar de nuestras cosas. Voy a darte mi dirección, vivo cerca de aquí, ven mañana a las seis, como hoy, o no vengas nunca. Tú decides.
Si lo haces ven vestida como vas siempre, no quiero ponerte en evidencia y su collar, si todo va bien te pondré el mío.

- Sí AMO.

Al día siguiente, a la hora convenida, llamó a su puerta.


Licencia de Creative Commons

La caída III es un relato escrito por Lena publicado el 19-02-2023 17:56:12 y bajo licencia de Creative Commons.

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