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Raquel
Escrito por joaquín

La desee desde el mismo momento en que me crucé con ella en el pasillo. Para mis ojos de adolescente resultaba la mujer más bella y con más clase que jamás había visto en mi vida.
Por eso cuando la profesora pidió un voluntario para acompañarla por el instituto no lo dude y levanté la mano.
— Bien, José será tu guía después de clases.
— Vaya, tienes una cita, bien por ti.
Me puse rojo como un tomate mientras toda la clase se reía. Lo único que me salvó de la vergüenza total fue que no fui el único que se puso rojo.
Recuerdo como todos los demás compañeros iban recogiendo sus cosas mientras que Raquel y yo no nos movíamos.
Incluso cuando nos quedamos solos no nos dijimos ni una palabra durante unos eternos minutos.
— Siento la broma de Jorge — dije por decir algo.
— No te preocupes, no ha sido culpa tuya.
En ese momento no supe si era amabilidad o un leve coqueteo.
Raquel era pelirroja, con los ojos azules. Llevaba el pelo recogido en una coleta. Para la ocasión se había puesto una camisa blanca, una falda negra y tacones. Me sorprendió que fuera con las piernas desnudas.
Y sí, ella notó que me la estaba comiendo con los ojos.
Ella no podía mirarme y yo no podía dejar de mirarla.
Aparte la vista.
— Si no está bien conmigo mejor llamó a una compañera.
— No, no, está bien, estoy bien contigo. Solo es que…
Volví a mirarla y ella bajó la vista de nuevo.
No, no me iba a echar.
Me levanté de la silla y me acerqué a ella.
Olía maravillosamente bien.
— ¿Tiene novio?
— No. Mi experiencia con hombres es…
La bese.
No un pico, un beso en toda regla, metiendo mi lengua hasta su garganta.
Me abofeteó cuando se rompió el beso.
La volví a besar a la vez que le agarraba de la cintura para poder atraerla y sentir su cuerpo junto al mío.
— Gritaré. Si vuelves a hacerme algo, gritaré.
Volví a besarla, con pasión y fuerza, comiéndome su boca. Nunca en toda mi vida había experimentado nada parecido.
Me dio otra bofetada más cuando se rompió el beso.
— Tú no eres de las que gritan. Tú eres de las que tragan.
Lo dije porque ambos éramos conscientes de que se había tragado las babas de los dos.
Volví a besarla mientras empujaba su cuerpo contra la mesa del profesorado.
— No, no es de las que gritan.
Había agarrado el borde de la mesa con ambas manos para no golpearme.
Alcé mi mano hasta su cabello y deshice su coleta. No es que no me gustará, es que deseaba verla con el pelo suelto.
Coloqué mi mano en su cuello para volver a besarla sin que ofreciera resistencia está vez.
Deslicé suavemente mi mano por el interior de su falda, acariciando su muslo. El tacto de su delicada piel era simplemente delicioso.
Ella jadeaba mientras yo seguía acariciándola.
Llevé mis manos hasta sus caderas y sus bragas comenzaron a deslizarse por sus pantorrillas.
La coloqué encima de la mesa.
Se apartó el pelo de la cara y se quitó los tacones mientras yo me bajaba los pantalones.
Deje que le echará un vistazo.
Por su reacción, por su forma de mirarla, supe que era la primera al natural que veía.
Me acerqué a ella y me colé entre sus piernas.
Comenzó a temblar como una florecilla.
Se la clavé hasta el fondo de un empujón.
Raquel se agarró a mi mientras yo me la seguía follando sin misericordia.
No era la primera chica a la que desvirgaba, pero si que era la primera a la que se lo hacía de una forma tan bruta.
En cierta forma y por sus reacciones entendí que estaba avergonzada de ser virgen a sus 22 primaveras.
Su cuerpo se quedó sin fuerzas en mitad del polvo. En condiciones normales me habría detenido, pero no eran condiciones normales.
Dejé caer su cuerpo sobre la mesa, con la cabeza colgando. La recorrí hasta ponerme a la altura de su cabeza y mi polla a la altura de su cara.
Sujeté su cabeza con ambas manos mientras le ordenaba que abriese la boca.
Había convertido su boca en un delicioso coño que me follé a placer hasta que me corrí en su carita y en su pelo.
Disfruté viendo cómo las gotas de semen recorrían su cara y se caían al suelo.
Volví de nuevo donde estaban sus piernas y cogí uno de sus tacones. Aún no sabía porque se los había quitado, solo podía conjeturar.
Empecé a acariciar su entrepierna con él.
En internet hay guarras capaces de metérselo entero. Por supuesto yo no esperaba que una recién desvirgada fuera capaz de hacer semejante proeza, pero al menos estaba seguro de que la punta entraba.
Rendida y exhausta como estaba, Raquel solo podía dejarse hacer.
Tras restregarlo bien, comencé la penetración con el nuevo juguete.
Despacio, muy despacio logré que toda la puntera entrará en su interior.
A continuación la folle con ese instrumento.
Cada vez que lo sacaba volvía a meterlo un poquito más, un poco más, hasta que logré introducirlo hasta la altura del tacón.
Raquel emitió un pequeño gemido de placer así como una buena cantidad de fluidos. Sí, la muy guarra se había vuelto a correr.
Era el objeto más raro que jamás le había metido a chica alguna. Pollas, dedos, la lengua… Pero un zapato, jamás.
Tenía que inmortalizar ese momento. Me dirigí a mi mochila y saqué el móvil.
Raquel se mantenía muy abierta de piernas, incapaz de quitarle ojo al objeto que tenía clavado en su coño.
Yo me acerqué a ella con el móvil en la mano y comencé a sacar fotos.
Desde luego era una foto increíble. La aprendiz de profesora, tumbada en la mesa, con los pies apoyados sobre ella, con un zapato de tacón incrustado en su zona más íntima y la cara y el pelo manchado por mi abundante corrida.
Decidí que era tan buen momento como cualquier otro para terminar de desnudarla. Estaba deseando ver sus hermosos pechos desnudos.
Abrí los cajones de la mesa y encontré lo que estaba buscando.
Desabroche su camisa y corté su sujetador con un cutex, dejándola completamente desnuda.
Raquel seguía sin resistirse a ninguno de mis deseos y me pregunté hasta dónde podía llegar.
Cogí dos pinzas fuertes y se las coloqué en los pezones. Raquel solo soltó un par de gemidos de dolor.
Agarré el rotulador negro que había en el cajón y comencé a escribir sobre su vientre “PERRA DE JOSÉ”, “SACO DE SEMEN” en la cara interna de su muslo y “PROPIEDAD DE JOSÉ” en el otro.
Escribí lo mismo en la planta de sus pies.
Raquel no fue consciente de lo que había escrito en su cuerpo hasta que se lo mostré con el móvil.
Su reacción fue de sorpresa, pero también de cierta aceptación.
A esas alturas sabía que Raquel era sumisa y que seguramente el miedo a su propia naturaleza era lo que le había impedido tener relación alguna con un hombre.
Decidí que ya era hora de sacar el zapato de su sitio y meterlo en otro. Estaba llenó de pringue cuando se lo metí en la boca.
Raquel tenía el coño apañado, bonito, pero sin rasurar. Tiré de su vello púbico y comencé a recortar los pelos con las tijeras.
Demostrarla que tenía ese poder sobre ella es lo básico de lo básico. Y me gustó que no se resistiera.
No tardé mucho en tener un pequeño montón de pelos de coño sobre la mesa. Y tenía una idea bastante clara de dónde lo iba a poner.
Había pasado un ratejo desde que me había corrido en su bonita cara, por lo que sabía que mi semen ya se había secado y que me podía volver a correr de nuevo.
Tras quitarle el zapato de la boca, comencé a pajearme delante suya mientras ella me miraba y terminé explotando mucho más de lo que creía posible. Espolvoree los pelos recién cortados sobre su bello rostro.
No era bonito.
Resultó un asco, un auténtico asco.
Solo imaginad restos de semen con pelos del pubis pegados sobre un bonito rostro.
Pero no lo hice porque fuera bonito, lo hice porque podía.
Raquel se avergonzó de que la viera así y hasta giró la cara para que la viera.
Lo que me resultó curioso es que no tratará de cubrirse con las manos.
Tras agarrarle la barbilla con suavidad aproveché para hacerle una foto.
Me dirigí a sus pechos.
Las pinzas que tenía en los pezones habían hecho ya su trabajo, dejándolos muy sensibilizados.
Comencé a golpearlos por el dedo con violencia, como si estuviera jugando a las chapas.
Lo pincé con las uñas e incluso mordí uno de ellos con fuerza sin que ella gritará.
No me esperaba semejante nivel de sumisión por parte de ella.
Deseaba seguir jugando más con ella, pero no era el sitio ni el momento adecuado. Era consciente de que estaban a punto de llegar las señoras de la limpieza y que ambos teníamos que estar en otro sitio.
— Levántate, límpiate y vístete. Tenemos que irnos ya.
Raquel se incorporó.
Comenzó abrochándose la camisa, buscando en su bolso una toallita húmeda para limpiarse la cara, haciéndose la coleta, poniéndose la falda y los zapatos.
No sé porqué se dejó las bragas en el suelo.
Una vez limpia y vestida la tendí la mano y salimos juntos ya agarrados al pasillo ya vació del instituto.


Licencia de Creative Commons

Raquel es un relato escrito por joaquín publicado el 20-11-2023 17:28:28 y bajo licencia de Creative Commons.

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