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Muerte y resurrección de Raquel I
Escrito por Lena

- ¿Cuánto crees que me darían?

- Como mínimo tres mil. Se puede hacer cualquier cosa con ella, ya viste los videos, supongo.

Raquel, postrada a sus pies, con aquella bata de paciente de hospital, atada solo con un lazo a su espalda, con sus nalgas al descubierto y lo que había sido su cabellera ahora mal cortada, suplicaba que la llevara con él, que la llevara a su casa, que le perdonara.

- Cállate puta. El problema de llevarla a casa es que no me denuncie por malos tratos, ya sabes cómo están ahora estas cosas.

- ¿Denunciarte? Ninguna de las que ha pasado por aquí y ya son unas cuantas, lo ha hecho. Está anímicamente rota, ya viste como la llamamos, Nada, es un buen nombre para ella. Es solo un trozo de carne para ser usada. Te aseguro que hemos hecho un buen trabajo.

- ¿Y su amante?

- Nos hemos cuidado de hablar con él. No quiere problemas. Es un hombre casado con familia. Seguro que no se acerca más a ella.
Bueno. tu decides, siempre estás a tiempo de venderla.

- Espera un momento. Voy a hacer una llamada.

Recordaba el día que se despertó allí, en aquella pequeña habitación, con aquella bata, en su mente solo tenía una vaga visión de aquellos tres hombres en la puerta de su casa, un pañuelo en su boca.
Cada cierto tiempo aquel hombre entraba para abofetearla, sin decirle nada, sin decir porque la habían llevado allí, porque la trataba de aquella manera. Al principio preguntaba, rogaba, después ya no.
Solo esperaba que su esposo fuese a la policía para denunciar su desaparición, seguro que la encontrarían, que la rescatarían.

Después vinieron, por parte de aquellos tres hombres. las humillaciones, las vejaciones, el uso y abuso de su cuerpo, los azotes, los castigos.

Todo se desmoronó cuando supo que estaba allí por encargo de su marido.

- Aquí aprenderás cuál es tu sitio, puta asquerosa. Vas a aprender a respetar a tu esposo, te lo aseguramos. Ya veremos lo que hará contigo cuando terminemos con nuestro trabajo.

Llegó a un punto en que solo esperaba el momento en que la sacaran de aquella habitación para satisfacer los más bajos instintos de aquellos hombres, para recibir después aquello que le daban que vaciaba su mente hasta encontrar la paz, ya no podía prescindir de ello.

Nunca sabría el tiempo que duró aquello hasta el día que su esposo fue a buscarla.

Juan regresó a aquella siniestra habitación después de hacer su llamada telefónica.

- Está bien; me la llevo, como has dicho siempre estoy a tiempo de venderla.

Le entregaron la ropa con la que había llegado para que se vistiera.

- Por lo que hace a esta mierda que le dais después de cada sesión. ¿Cómo debo proceder?

- Puedes ir bajando la dosis, en unos tres meses ya no lo necesitará, ahora está enganchada. Nosotros te lo podemos proporcionar, no es nada caro.
Toma también la correa y el collar, le gusta llevarlo y además así recuerda siempre lo que es.

Subió al automóvil, con los ojos vendados, pues así le habían dicho a Juan, que la llevara hasta la entrada de la ciudad, no debía saber dónde había estado. Raquel le dio las gracias por dejarle regresar a casa,

- Las gracias se las debes dar a Nati, ella ha sido quien finalmente ha decidido que no te vendiera.

Se trataba de su mejor amiga, a la que siempre había confiado sus secretos. Una mujer atractiva y con mucho carácter, solo un año más de sus treinta y siete.

- ¿Nati?

- Si ahora vive conmigo. Espero que no tengas nada que objetar, aún estoy a tiempo de repensarme y dar la vuelta.

Tardó un rato en contestar. Le costaba entender la situación, de hecho le costaba entender cualquier cosa.

- No…No…Pero... Pero ¿Y yo…?

- Tú serás nuestra chacha y nuestra puta. ya no sirves para nada más.

Una lágrima recorría su mejilla.

- La verdad es que nunca pensé que pudieses llegar a ser tan guarra.

- Me…me obligaban a hacer aquellas cosas,,,a aceptar lo que me hacían…

- Bien que te corrías, hemos visto los videos. Los tengo todos.

- No podía evitarlo…

- Ya, como no podías evitar ponerme los cuernos. ¿Sabes por qué te lleve allí? Para que me respetes. Hubiese podido entender, quizá hasta aceptar, que me fueras infiel, pero tu falta de lealtad, tu secretismo era imperdonable. Todo el mundo sabía que me los ponías, era el hazmerreír de todos, fui el último en enterarme. Al principio no podía creerlo.

- No pasará más…

- No. claro que no. Ahora solo serás para nosotros y para quien nosotros decidamos.

Durante el viaje le explicó, con detalle cuál iba a ser su nueva situación, no sin quejarse de los costes que le había representado, en sobornos, todo aquello. Un juez la había declarado incapacitada. Había cerrado sus cuentas bancarias y ya no volvería a trabajar. Oficialmente había estado en un centro para enfermedades mentales, ahora cobraría una pensión por larga enfermedad, que naturalmente iría a la cuenta de él.

Apenas comprendía lo que le decía, estaba en estado de shock y medio drogada. Sintió como el automóvil se detenía.

- Ya puedes quitarte la venda, estamos a punto de entrar en la ciudad.

Aún era temprano y brillaba el sol, sus ojos tardaron en acostumbrarse a la luz de la tarde. Habían parado en el arcén de la carretera.

- Ahora haz lo que sabes hacer. Quiero una buena mamada como las que les hacías a ellos, a los enmascarados de los videos.

Obediente se inclinó hacia él, abriendo su bragueta y buscando su pene, ya duro.

- Así, joder, que tragona te has vuelto. Al final habrá valido la pena la inversión que he hecho contigo, Nada

Le cogía la cabeza con fuerza, casi se ahogaba, Sí, era nada y así se llamaba ahora.

No pudo separarse de él hasta haber tragado su leche. Antes nunca lo había hecho.

- A partir de ahora, vas a tratarme con respeto. No solo soy tu esposo, si no, por encima de todo tu AMO y Nati tu señora. ¿Entiendes lo que te digo?

- Sí. AMO.

- Espero que te muestres agradecida con Nati, que como a mí la trates de usted y ante todo que le des las gracias.
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- Por fin habéis llegado.

- Nos hemos entretenido un poco.

- Vaya pinta que tienes con el cabello así y este collar. Supongo que Juan te ha puesto al corriente de tu situación.

- Si…Gracias Nati.

- ¿Nati?

- Señora…gracias, señora

- Así está mejor, espero que no se te olvide. Ahora ve a descansar a tu nueva habitación. Te llamaré a la hora de cenar. Estarás agotada después de tantas emociones.

- Gracias, señora. le estoy muy agradecida por todo.

- Ya puedes estarlo.

Realmente lo estaba, sabía que ya no servía para nada, de hecho había perdido cualquier atisbo de dignidad. cualquier voluntad más allá de ser Nada, su único incentivo eran aquellas pastillas que le proporcionaban si era complaciente, como debía ser.

Se quedó solo con sus bragas, tendida en la cama, de aquella pequeña habitación, que al menos olía a limpia a casa.

Durmió profundamente hasta que fue zarandeada por antigua amiga.

- Venga levántate, es hora de cenar, tú vas a hacerlo en la cocina y a partir de mañana harás las comidas. A las tres y media queremos la mesa puesta para Juan y para mí y la comida a punto y a las nueve la cena. De la compra me encargaré yo hasta que confiemos en ti.

De pie, frente ella, sentía su mirada en los senos.

- Hacía tiempo que tenía ganas de vértelos. Te los habrán trabajado bien, seguro que ahora los tienes más sensibles. ¿Verdad perrita?

Se los tocaba, los sobaba. Sus pezones erectos, sus labios temblorosos.

- No me extraña que les apeteciera ponerte pinzas viendo cómo te pones.

- Por favor…Nati…

Una bofetada cruzó su cara.

- ¿Nati? ¿Pero qué confianzas son estas? Empiezas mal, muy mal, poco durarás aquí si no sabes comportarte como lo que eres.

- Perdóneme señora. Por favor. No volverá a ocurrir.

- Venga, ponte esta bata. Así es como iras por casa. Con bata y bragas tienes más que suficiente, sin olvidar tu collar. Cuando ya salgas te daré un par de vestidos tuyos que te he guardado. Espabila.
La siguió hasta la cocina para que cenara, ya la llamaría para recoger la mesa, después debería ir al espacio dedicado a salón, aún no sabía para qué y prefería no pensar que harían con ella.

Allí estaban, uno al lado del otro, en el sofá, esperándola.

- Quítame los zapatos Nada; Juan quiere ver cómo me besas los pies.

Obediente, postrada, vestida con aquella bata, besaba sus pies, entregada, abría la boca para recibir sus dedos, lamerlos, chuparlos.

- Joder Juan. No sabes cómo me pone verla tan perra. Hasta donde sé nunca ha estado con otra mujer, ¿Crees que le gustará comerme el coño?

- ¿Gustarle? Qué importa que le guste o no. Lo que tiene que procurar es hacerlo bien y seguro que lo hará. por la cuenta que le trae.
¿Sabes? A mí también me la pone dura verla así y pensar en todo lo podremos hacer con ella.

- ¿Por qué no le ordenas que te haga una mamada? La tienes muy dura.

- Ya me la ha hecho antes, por esto hemos tardado más.

- ¿Por qué no me lo has dicho antes? A ver si me pondré celosa.

- No seas tonta cariño. ¿Quieres que te lo coma ahora?

- No. Ahora quiero estar contigo. Dale las pastillas y que se largue de aquí. Ya habrá tiempo para disfrutarla

No sin antes agradecer que le diera aquello que la llevaría a la paz se retiró. Según le dijeron al día siguiente, Nati la llevaría a peluquería para que le arreglaran los cabellos y después iría con ella a comprar un par de vestidos, mientras Juan se haría con algunos instrumentos necesarios para sus juegos con ella. Un par de vestidos de putona para ocasiones especiales le aclaro Nati.

Se retiraba cuando aún oyó sus comentarios.

- Joder, al final, entre una cosa y otra y lo que ya llevo gastado nos va a salir cara esta perra.

- Venga, Juan, no seas tacaño. Ya ingresamos su subsidio por larga enfermedad y si hace falta la alquilamos, de vez en cuando.


Licencia de Creative Commons

Muerte y resurrección de Raquel I es un relato escrito por Lena publicado el 01-11-2022 21:57:10 y bajo licencia de Creative Commons.

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