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Intimidad
Escrito por Dark Black

Estaba seguro de que algún me encontraría casualmente con ella por la calle y esta idea me agradaba tanto que sin decir nada a nadie, ni siquiera a Gloria, preparé un plan de contingencia por si acaso. Pensar en una tarde a solas con aquella chiquilla tan hermosa y llena de lujuria me producía un agradable cosquilleo.

Al fin y al cabo el centro de Barcelona no es tan grande y afortunadamente no tuve que esperar mucho tiempo. Un viernes por la tarde estaba tomando un café en un bar de la Plaça del Pi, cuando entró Rosa. Me vio y acudió hacia mí con una amplia sonrisa. La besé en la mejilla y acercó peligrosamente su boca a la mía. Le dije que me hacía mucha ilusión verla y que tenía la tarde y noche libre puesto que Gloria había marchado a Hospitalet a fin de auxiliar a su prima en la remodelación de su casa y pensaba quedarse a dormir allí. Rosa me explicó que ella estaba en situación parecida dado que Raúl estaba en Bilbao participando en unas jornadas académicas.

Dijo que había tenido la corazonada de que precisamente hoy nos encontraríamos y se acercó a mí hasta que nuestros cuerpos se rozaron. Contesté que tal vez fuera un buen augurio y que, en todo caso, podíamos quitarnos la soledad uno al otro. Rió y dijo que lo estaba deseando. Me puse serio un instante para decirle si sabía a lo que se exponía y como respuesta se acercó su boca a mi oído y me dijo quedamente: "sí, amo".

Terminamos nuestras consumiciones mientras hablábamos de las actividades de Raúl, que últimamente se habían multiplicado al haber ganado las oposiciones a la cátedra. Salimos cogidos de la mano y nos dirigimos a la Rambla. Paré un taxi y le indiqué al conductor la dirección de un conocido hotel que suele albergar a parejas ilícitas. A todo esto Rosa no hizo pregunta alguna ni pareció inmutarse cuando dije nuestro destino al taxista; pero su mano apretó la mía con fuerza cuando lo escuchó.

En poco más de un cuarto de hora llegamos a la puerta del hotel. Entramos y tras los breves trámites de recepción montamos en el ascensor para encaminarnos directamente a la habitación.

Entramos en la estancia y apenas se cerró la puerta caímos uno en brazos del otro y nos fundimos en un húmedo beso, mientras las manos de cada uno recorrían el cuerpo del otro. Me separé de ella y me liberé de su abrazo. Entendió el gesto y me dijo que desde la última vez que estuvimos los cuatro juntos ardía en deseos de estar conmigo a solas. Tanto deseaba el encuentro que cuando salía a la calle y veía probabilidades de encontrarme se vestía con ropa interior de color negro, pues sabía que así me gustaba --Se alzó la falda para demostrarlo--. Hoy, al haber tenido la corazonada de nuestro encuentro, había metido en su bolso un artilugio que pensaba que me gustaría. Me enseño lo que resultaron ser ni más ni menos que unas esposas. De plástico y apariencia poco profesional, pero esposas al fin y al cabo.

Comencé a desvestirme hasta quedar solamente en calzoncillos. Le dije que esperaba una exhibición de su cuerpo y ella comenzó pausada y ordenadamente a desnudarse. Primero los pendientes y el reloj, luego se desabotonó lentamente la blusa para exhibir el pecho cubierto por un sujetador negro. Rosa estaba de gala. Continuó con la falda, bajando la cremallera y dejándola caer al suelo. Así dejó al descubierto unas braguitas también negras. En ropa interior y con sus zapatos de tacón parecía una modelo, o una puta de alto nivel.

La apremié para que continuara. Para entonces yo estaba sólo con mis calzoncillos blancos y mis calcetines oscuros. Comencé a masturbarme a través de los slips. Me senté en la cama y la observé atentamente. Continuó con su sujetador, se lo quitó; y las bragas cayeron seguidamente por sus muslos, ayudados de un coqueto movimiento de caderas y rodillas.

Una vez desnuda se levantó y sacudió la cabeza para retirar la melena de su cara. Creo que el tiempo se paró. Era realmente perfecta y era mía. Me acerqué con las esposas en la mano y situándome detrás suyo le agarré las muñecas para inmovilizarla. Uní sus brazos y le coloqué las esposas, dejándola en una espléndida figura con sus bonitas tetas desafiantes y erguidas debido a la tensión a que estaban sometidas. Acabé de desnudarme, me tumbé en la cama y le pedí que se acercara. Entregada y maniatada se dirigió hacia mí; le pedí que me cubriera con su cuerpo. Se extendió sobre mí, abrí su boca con la mía y mordí suavemente sus labios, tratando de atraparle la lengua para darle mordisquitos cuando lo conseguía. Devoré su boquita y sentí su lengua abrirse paso en la mía.

Bajé su cabeza hasta dirigirla a mi cuello. Apenas tuve que dirigirla, recorrió mi pecho y mi vientre con su lengua y fue dejando un rastro de saliva que llegó hasta mi polla.

La cogí del pelo con una mano y con la otra llevé mi rabo a sus labios. Acarició la punta de mi pene hasta que le ordené sacar la lengua para lamerme los cojones mientras me masturbaba y me dio largos lametones. A veces le cedía la polla y ella la sacudía en su cara y la meneaba hasta que volvía a arrebatársela. Después de un buen rato decidí que ya era hora de cambiar de tercio.

La dejé tumbada con el culo al aire. Palpé entre sus nalgas y le pellizqué un poco los labios del coñito. Se estremeció y gimió lastimeramente, pero sin protestar. Mientras discurría mi mano a lo largo de su espalda, le dije suavemente que hoy, por fin, sabría lo que quiero de ella. ¿Me entiendes?, le dije. Soy tuya para todo y hasta el final, respondió.

La premié con un par de fuertes palmadas sobre sus nalgas. La llamé todas las guarradas que se me ocurrieron y pasé un brazo por debajo de ella, por su vientre y pecho, hasta agarrarle un pezón y pellizcárselo con un poco más de fuerza. Gimió y se contorsionó, pero no protestó. Noté que empezaba a sudar y le toqué el coño: estaba ya mojado. Le metí un dedo en el culo sin avisar y hurgué en su interior.

Estaba encendido y la agarré por el cabello arrastrándola fuera de la cama. Hice que se arrodillara y se pusiera a cuatro patas sobre el suelo de la habitación. Dije que iba a darle azotes hasta que me pluguiera, sin importarme el dolor que pudiera producirle. Esto casi le provocó un orgasmo, a juzgar por el temblor que la sacudió durante un instante. Me coloqué detrás suyo y la azoté fuertemente con las palmas de las manos abiertas. Gritó demasiado y le metí mis calzoncillos en la boca para amortiguar sus lamentos.

La azoté en la espalda y colocándome delante de ella le solté un par de palmadas en las tetas, que la hicieron cerrar los ojos con fuerza y estremecer todo su cuerpo.

La hice levantar y tras un húmedo morreo la llevé de la mano, o mejor la arrastré, hasta el cuarto de baño. La senté en la taza y apuntando mi pene a su cara me empecé a orinar sobre ella. Indefensa, abrió la boca para que los chorros de orina entraran en ella y la regué por completo, gozando como un animal con la humillación que le infligía y aún más excitado por el placer que experimentaba aquella putilla al entregarse y someterse como lo estaba haciendo.

Sin darle tiempo a secarse siquiera la boca, le quité las esposas y la hice levantarse para volver a la cama, sobre la que se colocó sin tener que decirle nada en la postura que sabe que me gusta para sodomizarla: de rodillas cerca del borde de la cama, con el culo hacia fuera y apoyada con las manos sobre el lecho. Me abalancé sobre ella y comencé a darle lametones por la espalda, por la nuca y las axilas. Bajé hasta las nalgas y seguí lamiendo aquellas partes doloridas, sin preocuparme de que al hacerlo lamía también mi propia orina. Le iba diciendo que soy tan guarro como ella, que me encanta hacer marranadas con ella. Abrí sus carnosas nalgas y le introduje la lengua en el culo, follándola de esta manera. Ella no paraba gemir y empezó a hablar entrecortadamente. Me decía que se estaba corriendo sin parar y que esto no era nada comparado con cuando se lo contara a Raúl. Él se pondría como una moto cuando le ofreciera el relato de lo que estábamos haciendo ahora. Quería gozar de la sumisión conmigo para luego entregarse a su novio y hacerse castigar por haber gozado tanto conmigo.

Me volvía loco, temblaba de excitación al oírla y como resultado tenía la polla a punto de estallar. Escupí en el ano y metí dos dedos de golpe. Gritó. Hurgué con los dedos en su interior para abrirle el esfínter. Ella culeaba y no cesaba de pedirme que la diera por el culo sin piedad. Quería ser usada y follada para mi placer y de esta forma ella alcanzaba el suyo. Era algo maravilloso y fuera de serie.

Le separé el culo para metérsela. La penetré de una sola embestida y entró con suavidad, aunque se quejó con un ruidillo que salió de su boca cerrada; me recliné sobre su espalda para acoplarnos perfectamente y me uní a ella, agarrando sus tetas una con cada mano. Empecé a sacarle y meterle la polla acompañado por sus quejidos, poco a poco al principio y cada vez más deprisa mientras le magreaba las tetas. Después de un rato noté que los quejidos iban desapareciendo poco a poco y se iban transformando en alaridos de placer. Le cogí los pezones y cuando calculé que iba a gemir de placer, se los estiré bruscamente sin avisar, soltó un alarido sordo, sin abrir apenas la boca. Volvía a sentir dolor y clavaba las uñas en la cama; empezó a respirar rápidamente por la boca como si se ahogara. Sin parar de follarla, le apreté las tetas clavándole las pocas uñas que tenía.

Follé como un animal mientras aún corrían gotas de orina sobre su espalda y perlaban su cuello, brazos y axilas y seguían corriendo por sus piernas. El contacto de mi propia meada sobre aquel cuerpo mancillado resultó demasiado y viendo que me iba a correr, comencé a apretarle las tetas al mismo ritmo que me venía y cada alarido me ponía más cachondo y la embestía con más brutalidad. El alarido continuó aumentando señalando mi corrida dentro de su culo. Seguí dándole un rato más después de haberme corrido.

Le había dado por el culo, la había obligado a comerme y lamerme todo el cuerpo de la manera más perversa posible y la había azotado hasta dejarle las nalgas tumefactas. Había metido toda su lengua en mi culo para provocarme más deseos sórdidos. Por fin, me había meado encima de ella y se había tragado tanto mi semen como mi orina. Y tanto ella como yo nos habíamos derretido de placer.

Yacimos derrengados sobre el lecho y fumamos un cigarrillo mientras nos reponíamos de la batalla sexual que acabábamos de librar. Poco a poco recobramos la respiración y nos duchamos separadamente.

Una vez aseados nos tendimos en la cama; yo desnudo, aunque Rosa había tenido el detalle de volver a vestir su conjunto de ropa interior. Pasamos un rato hablando y decidimos pedir una botella de champagne al servicio de habitaciones. Dicho y hecho. A los pocos minutos llaman a la puerta, previa y convenientemente entreabierta. Digo adelante y entra el camarero, un joven moreno y bien parecido de unos treinta años. Deja el cubo con la botella y las copas en la mesa mientras busco en mi cartera, sobre la mesilla de noche, la propina adecuada. Alargo la mano y se la ofrezco, haciendo que deba aproximarse más al lecho y quedar su cabeza a la altura de los pechos de Rosa. Da las gracias y se retira.

Cuando el camarero ha abandonado la habitación, nos reímos como dos escolares después de cometer una travesura. Abrí la botella y escancié ambas copas. Brindamos, bebimos, nos besamos y volvimos a beber, sin dejar de reír.

Rosa dijo que en la época actual se sentía muy bien. El trabajo la llenaba y su relación con Raúl, pese a los altibajos, se revelaba como muy relajante. Ambos eran muy sensuales y hedonistas, amantes de todos los placeres de la vida. Poco a poco se adentró en detalles de su vida con Raúl, confesando que él la hacía sentir permanentemente viva, pues con Raúl estaba aprendiendo cosas insospechadas de la vida; con él todo era posible, todo estaba permitido. No se recató en contarme con toda naturalidad que fue el primero que la penetró por el culito; incluso me describió la escena con tal detalle que mi polla dio un salto hacia delante. Rosa lo notó, sonrió y me besó en la frente mientras sin dejar de hablar me sostenía el pene en las manos e iniciaba un suavísimo movimiento masturbatorio.

Me explicó sin ahorrar detalles que siempre la había excitado exhibirse y que en sus fantasías eróticas casi siempre aparecía desnudándose ante su hombre deseado --siempre mayor que ella-- para ofrecérsele y someterse a sus deseos por muy impuros que fueran. Pensaba ofrecer el relato de esta noche a Raúl cuando regresara, pues sabía que le excitaría muchísimo y le haría gozar. Que no temiera puesto que todo ocurría en el grupo de amigos y cómplices que éramos los cuatro: Gloria, Raúl, ella y yo; no había nada sórdido ni clandestino, todo era buen rollo entre nosotros.

Mientras hablaba no dejaba de acariciarme lentamente, abarcando mis huevos en la palma de su mano o ensortijando sus dedos entre los rizos del vello de mi entrepierna. Me habló de la polla de Raúl, de qué cosas le excitaban y que cosas hacía ella para darle y obtener gusto. Se corría cada vez que él la azotaba, como se había corrido conmigo. Raúl tenía debilidad por tenerla tumbada boca arriba o boca abajo sobre la alfombra y junto a su butaca, de modo que pudiera apoyar sus pies descalzos sobre ella mientras leía. A veces pasaban largos ratos así y en algunas ocasiones él se hacía una paja sin decirle nada y le arrojaba la leche encima; o vaciaba sobre ella, sin prevenirla, el contenido de su vejiga.

A estas alturas se había desatado otra vez en mí el deseo, manifestado en una erección casi insoportable. Yacía boca arriba, estirado y con las manos debajo de la nuca; y sentía las caricias de Rosa, que lentamente habían ganado en audacia y unidas a sus palabras amenazaban provocar mi explosión. Le pedí que se quitara las bragas pero no el sujetador. Escancié más champagne. Cuando se las hubo sacado tendí la mano para pedírselas y me las llevé a la cara frotándomelas por la boca y la nariz. Olí y chupé de aquella humedad divina. Brindamos y bebimos.

Rosa dejó la copa y se arrodilló a horcajadas sobre mi cabeza, dejando su culito a escasa distancia de mi cara. Dijo que desde casi el principio de conocerme había adivinado mis fantasías y le gustaban. Quiso que le lamiera el culo, haciéndome saber que era el mismo ano que comía su novio; a quien también se lo hacía mi mujer, Gloria. ¿Te imaginas a tu esposa lamiendo el negro culo de Raúl?, decía mientras me restregaba el surco de sus nalgas por la cara. ¿Sabes, continuó, que Raúl se calienta hablando de tu mujer, explicándome cómo le chupa la polla?. Todo me lo cuenta cuando estamos follando y se pone a mil con ello.

No pude evitar que pasaran velozmente por mi imaginación una sucesión de escenas en las que aparecía Gloria dándose a Raúl. Tales ideas me pusieron al borde de la eyaculación. Rosa lo notó y paró de repente, se separó de mi rostro y pasando una pierna sobre mí volvió a quedar a mi lado. Le dije que me había puesto muy caliente y ella respondió que se sentía feliz por haberlo conseguido. Acercó las copas y bebimos un trago, apurando la botella, que nos devolvió el resuello y nos dejó momentáneamente más calmados.

Tras encender un cigarrillo pedimos otra botella al servicio de habitaciones. Nada más colgar el teléfono, Rosa me guiñó un ojo. ¿No quieres que el camarero me vea tal como a Raúl y a ti os gusta tenerme?, dijo y me entregó las esposas. Se las puse, si bien en esta ocasión con los brazos delante, para que pudiera sostener el cigarrillo. La llamé puta y me puse los boxer para recibir al camarero. Ella se sentó en el borde de la cama y exhibió su desnudez maniatada.

A los pocos minutos, que transcurrieron en silencio, llamaron a la puerta y me dirigí a abrirla. Entró el mismo camarero de antes con la bandeja en una mano y una sonrisa picarona que le cubría toda la cara. Pronunció un ¡ajá! cuando vio a Rosa en su mejor faceta, inmóvil, con la cabeza baja y la vista fija en el suelo.

El joven me miró e hizo un gesto de aprobación con la cabeza. Le sugerí que se cobrara la propina él mismo, sin importar el límite de la misma. Aceptó complacido y añadió que acababa de terminar el turno de ronda del trabajo y que disponía de una hora antes de empezar el siguiente.

Dicho esto le recomendé que se pusiera cómodo y me quité los calzoncillos, quedando otra vez desnudo. Se desnudó rápidamente sin dejar de mirar con lujuria a Rosa y se plantó ante ella, que seguía sentada mirando al suelo.

Le dije ¡mámasela! y ella adelantó las manos para abarcar el ellas el escroto del joven. Inclinó la cabeza y con los ojos cerrados comenzó a lamer toda la longitud del tallo ya plenamente erecto.

El camarero tenía los ojos cerrados y las manos en la cabeza de Rosa. No creía que fuera a durar mucho, por lo que les hice parar y ordené a Rosa que le enseñara el culo. Ella se levantó y se colocó sobre la cama, a cuatro patas con el pompis hacia afuera. Le dije al joven que podía azotarla un poco si le apetecía; por mi parte estaría encantado de que así fuera. Pareció dudar un momento pero aceptó encantado, con un brillo malicioso en los ojos. Añadí que podía darle nueve azotes en cada nalga.

Puesto que estábamos en un establecimiento público y debíamos controlarnos, metí a Rosa sus bragas en la boca y así la dejé del todo indefensa. Dije que iba a entregarla a un desconocido para que abusara de ella y me senté en la cama junto a ella.

El moreno descargó con ganas la primera palmada, que resonó en toda la habitación, sobre el culo de Rosa. Ella no pudo evitar un quejido si bien quedó muy amortiguado por el bozal que llevaba. Mientras recibía la saña del camarero me puse en posición tal que ella pudiera verme y comencé a masturbarme, ciertamente excitado, ante la visión que su propio vicio me ofrecía.

Veía sus facciones contraerse de dolor y escuchaba sus lamentos apagados cada vez que recibía un guantazo en pleno culo, lo que motivaba un incremento en el ritmo de mis meneos, por otro lado controlados para prolongar mi goce. Me miraba con los ojos llorosos pero sin impetrar piedad en momento alguno.

Cuando acabó el número reglamentario de azotes, así el tubo de vaselina que permanecía sobre la mesilla de noche y se lo entregué al camarero, diciéndole que ya sabría él para que utilizarlo.

Lleno de lascivia, el chaval extendió un chorrillo de crema sobre sus dedos y abriendo con ambas manos las nalgas de Rosa, sin decir nada le insertó un dedo en el ano. Ella no había visto como le había dado la vaselina e ignoraba, por tanto, lo que iba a ocurrir; por ello se lo anuncié. Rosa, cariño, ha sido delicioso entregarte a este desconocido y ahora veré como te da por el culo.

La polla de aquel joven sin ser nada del otro mundo estaba a punto de reventar. Dejando de lubricarla con el dedo se masajeó la tranca para impregnarla de vaselina y apuntando al rosado ojete lo enfiló de un solo y certero empujón. Ella gimió más que nada por la sorpresa de la penetración, pues el culo me había encargado yo previamente de dilatárselo, siguió apoyada con los codos en la cama, atenazada por las esposas y las bragas; mirándome a los ojos mientras se dejaba sodomizar impunemente.

Le estrujó las nalgas y alargó un brazo para sobarle los pezones; todo ello en mi presencia. Gozaba como un animal mientras seguía aumentándome la calentura controladamente con la ayuda de mi mano. La folló repetidamente incrementando la velocidad de las embestidas hasta que se paró y exhaló un estertor de leche dentro del culo de mi amante. Estuvo aún unos momentos dentro de ella y luego se desmontó. Se vistió y tras darnos las gracias por la propina salió de la habitación dejándonos, eso sí, una flamante botella de champagne en su cubo de hielo.

Liberé inmediatamente a Rosa de sus impedimentos y nos besamos en la boca largamente. La separé e hice sentar en el borde de la cama con las piernas en alto y pasé la mano por su culito, todavía abierto y palpitante, que en aquel momento escupía el semen intruso. Me impregné la mano de aquella sustancia y ante sus ojos me la limpié con sus bragas negras para, a continuación, limpiarle con las mismas el culito.

Las bragas son para Raúl, le dije y volvió a abrazarme con cariño. Ha sido sensacional, dijo ella, algo tan fuerte como inesperado. Me he corrido cuando he sentido su leche en mi culo…

Abrí la botella. Yo no me había corrido y aún paseaba el mástil alzado, pero había valido la pena aguantar. Levantó la copa y dijo que brindaba por su culo dolorido que hoy había sorbido dos pollas y había sido vejado por dos hombres diferentes. Brindamos. Me dio las gracias. Dije que estaba muy caliente y que no podía aguantarme más. Quise que se pusiera a cuatro patas para lamerle el ano ultrajado y dolorido; lo hice y todavía lo encontré abierto y sobre todo húmedo y cremoso. Lamí como un poseso y tragué los sabores de su cuerpo mezclados con los de aquel chico que acababa de sodomizarla. Estaba como loco.

Rosa me llamó cabrón, cerdo cornudo y viejo vicioso de mierda. Me pidió que la lamiera hasta dejarle el culo limpio ya que era lo que realmente me gustaba. La llamé puta y dándole un fuerte cachete en las nalgas la obligué a tumbarse boca arriba. Monté sobre ella y se la inserté en el coño. Una vez la tuvo dentro se resistió e hizo ademanes de separarse, pero la sujeté fuertemente por las muñecas impidiéndole arañarme y manteniendo sus brazos estirados por encima de su cabeza.

Dije que iba a follarla con independencia de su consentimiento y para demostrarlo se la metí hasta el fondo con fuerza. Se le erizaron la piel y los pezones y la vagina chorreante se contrajo alrededor del pene invasor. Le dije puta consentida, me has encendido y ahora tendrás que apagarme. Me las ingenié para sujetarla de ambos brazos con una sola mano y con la que me quedaba libre le crucé la cara con dos bofetadas. Es como si me hiciera una paja en tu coño, le iba diciendo, se acabaron los juegos y ahora serás mía de verdad. La muy zorra sudaba y padecía; la pellizqué con fuerza en ambos pezones al tiempo que aumentaba el ritmo de las emboladas y cuando noté que empezaba a correrse liberé sus brazos y le sostuve los muslos levantados alargando mis dedos hasta conseguir sostenerle abiertos los pequeños labios de su culo.

No pude aguantar más y me corrí como un energúmeno en aquel chochito tierno y adorable.

Nos quedamos dormidos, sin lavarnos, pero no sin antes haber apurado la botella de cava.


Licencia de Creative Commons

Intimidad es un relato escrito por Dark Black publicado el 11-01-2021 18:13:39 y bajo licencia de Creative Commons.

 

 

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Comentarios  

Carmen
+3 #1 Carmen 11-01-2021 23:19
Largo pero muy chulo

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