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El bar del pueblo 2
Escrito por Jorge Jog

No pude hacer nada en toda la tarde, ni estudiar, ni leer, ni ver tv… Sencillamente no podía concentrarme. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas a la proposición de Tony y Jaime, aunque lo cierto es que en ningún momento tuve una duda real de si aceptarla o no. Desde el principio sabía que no podía perder la oportunidad de pertenecer a aquellos dos machos, más bien aquellos dos dioses, porque así es como yo los veía. Pero, obviamente, me daba vértigo pensar en que mi vida iba a cambiar radicalmente a partir de ahí. Iba a perder completamente mi libertad y quién sabe qué más, convertido en el juguete de dos hombretones. Sin embargo, sencillamente no podía rechazar su propuesta. Hubiera dado lo que fuera solo por poder estar cerca de ellos.

Así las cosas, y con la decisión realmente tomada desde el primer momento, las horas se me hicieron larguísimas hasta que a las 10 en punto de la noche estaba llamando a la puerta de mis futuros amos. Tony me abrió:

-Pasa Pedrito, te estábamos esperando -y ante mi muda pregunta añadió guiñándome un ojo: -No teníamos la menor duda de que vendrías.

Lo curioso es que aquella seguridad y altanería suyas no me resultaban en absoluto irritantes sino tremendamente atractivas y excitantes. Me pregunté qué estaba mal en mi cabeza para sentir así, pero sabía que no era en absoluto la única víctima del hechizo de los sevillanos. Sencillamente hay gente que viene a este mundo para dominar y otros que nacen para adorar y servir a estos machos alpha.

Tony me indicó que me sentara en una silla frente a su sofá, donde él tomó asiento junto a su marido. Los dos tenían las piernas cruzadas y no pude evitar relamerme ante la visión de sus enormes zapatillas de deporte. Solo pensar en lo que escondían esas zapatillas me excitaba casi tanto como pensar en lo que escondían sus abultadas braguetas. Tony comenzó a hablar, en tono serio pero cálido:

-Bueno Pedro. El hecho de que estés aquí quiere decir que has decidido entregarte a nosotros y ser nuestro esclavo. Voy a explicarte un poco más lo que eso va a significar y quiero que me escuches con atención. Cuando acabemos esta conversación te preguntaré si realmente deseas ser nuestro esclavo y, si tu respuesta es afirmativa, pasarás a pertenecernos. Quiero que me plantees cualquier duda que tengas, que me hables con toda sinceridad y que no te guardes nada, ya que esta será la última conversación que tengamos como iguales. En el momento en que terminemos de hablar tú ya no serás nadie en esta casa y ya no estarás autorizado a decir nada a menos que seas preguntado, ¿entendido?

-Sí… Señor -añadí. Sabía lo suficiente de amos y esclavos para saber lo que se iba a esperar de mí en adelante. Una amplia sonrisa apareció en los rostros de los dos y Jaime intervino por primera vez:

-Efectivamente, te has adelantado. La primera norma, que se ve que ya conoces, es que ya no seremos más para ti Tony o Jaime. Nos llamarás siempre Amo o Señor y nos tratarás en todo momento de usted. Somos tus dueños y nos debes el máximo respeto. Tú, por otra parte, responderás a cualquier apelativo que queramos darte. Yo suelo usar el nombre de “esclavo”, mientras que Tony prefiere “perro” o “perrito”. Pero puede haber muchos más…

-¿Puedo llamarles también “Mi dios”? -me atreví a preguntar y, ante su mirada incrédula me justifiqué: -No sé, es como me sale tratarles…

Ellos intercambiaron una sonrisa y asintieron:

-Bueno, la verdad es que eso no nos lo habían llamado nunca -repuso jovialmente Jaime-, pero puedes alternarlo con Señor o Amo si lo deseas. Siempre es agradable ser considerado un dios -sonrió más aún.

-En nuestra presencia siempre estarás desnudo y, a menos que estés haciendo algo que lo requiera, nunca estarás de pie. Tu posición natural cuando estemos delante es de rodillas -continuó Tony-. Controlaremos absolutamente todos los aspectos de tu vida y no harás nada sin nuestro permiso. Nos darás en cuanto sea posible llave de tu casa e igualmente todas las contraseñas de tu móvil, de tu ordenador, de tus cuentas bancarias… Tu vida, al igual que tú, nos pertenece totalmente. Y por supuesto, ni que decir tiene que cumplirás todas nuestras órdenes, sean cuales sean, inmediatamente y sin rechistar. Cualquier negligencia será castigada.

Asentí, aunque mi corazón latía con fuerza mientras sus palabras se grababan en mi mente con letras de fuego. Me atreví entonces a preguntar:

-Amo… -me miró con reproche y me recordó que aún no era su esclavo-… Tony -me corregí-, ¿podré poner unos límites? -sabía lo suficiente de BDSM como para plantear aquello.

-No -contestó él muy serio-. Ya te dije que tu entrega tenía que ser total. Ningún límite para tus amos.

-¿Ni siquiera en términos de… privacidad o integridad física? -insistí un poco angustiado.

-Ni siquiera -negó categóricamente Tony. Entonces intervino de nuevo Jaime:

-Mira Pedro, no vamos a hacer nada que vaya en contra de tu vida o de tu salud. No estamos locos. Pero sí tienes que asumir que… bueno, que vamos a hacerte daño -su intensa mirada al decir esto me dio escalofríos-, nunca más de lo que puedas soportar, pero te haremos sufrir, y no solo como castigo, muchas veces simplemente porque nos apetezca.

Mi mente estaba en aquellos momentos llena de angustia. ¿En qué me estaba metiendo? Me atreví a preguntar de nuevo:

-¿No tendré ni siquiera una palabra de seguridad?

-No -de nuevo negó Tony muy serio-. Tienes que tener plena confianza en tus amos y entregarte totalmente a sus deseos -. No obstante, viendo mi ansiedad añadió: -Tranquilo, obviamente no somos unos secuestradores. En cualquier momento podrás poner fin a todo y marcharte. Ese recurso siempre lo tendrás, pero debo advertirte: -me miró intensamente-, en el momento en que decidas irte ya no habrá marcha atrás. No podrás volver a ser nuestro esclavo jamás, por mucho que lo desees. Nunca concedemos segundas oportunidades, ¿entendido?

Asentí abrumado, y pregunté tímidamente:

-¿Ustedes… vosotros también podréis rechazarme y terminar la relación?

Tony sonrió condescendientemente y contestó:

-Hombre, esa posibilidad siempre existe y, por supuesto, podríamos hacerlo, pero no te preocupes. Nunca hemos tenido que hacer eso. Si no respondes a lo que deseamos sabemos cómo forzarte a que lo hagas. Llevamos muchos años domando a esclavos y nunca hemos fracasado en el empeño de moldear a nuestros perros exactamente a nuestro gusto.

Confieso que me dolió ser una más de muchas conquistas suyas. Tras una pausa en la que dejó que asimilara sus palabras, Tony continuó, relajando un poco el tono:

-No pienses que vas a librarte de estudiar. No queremos interferir en tu futuro… al menos, de momento. Te asignaremos unas horas al día para que cumplas esa obligación y las respetaremos. El resto del tiempo estarás a nuestra entera disposición. Y una última cosa -concluyó-, obviamente cuando estemos en el bar o con otra gente nos tratarás con respeto, pero nos llamarás por nuestros nombres -sonrió-. No queremos escandalizar a las viejas ni que se sepa lo especial de nuestra relación… por el momento, al menos.

Esta última frase me hizo estremecer. ¿Habría un momento en que mi esclavitud fuese pública? La idea me aterrorizaba, pero a la vez me excitaba. ¿Qué demonios estaba mal en mi cabeza? Tony preguntó entonces:

-¿Alguna pregunta más? ¿Algo más que quieras decirnos?

Negué con la cabeza. Entonces Tony se levantó y vino hacia mí. De nuevo su inmensa entrepierna se acercó a mi cara. La boca se me secó. Aquella situación me turbaba tanto que casi me zumbaban los oídos. Una vez más la manaza de aquel gigante se puso en mi barbilla.

-¡Mírame! -me dijo haciéndome alzar la cara. Fijé mi mirada en aquellos increíbles ojos negros y supe que iría al infierno por poder perderme en aquellos ojos-. ¿Estás preparado para convertirte en mi perrito? ¿Quieres ser nuestro esclavo, Pedro?

-Sí, Amo -dije con la voz enronquecida por la emoción. Todas mis dudas se habían disipado ante la virilidad inconmensurable que tenía ante mí. Él sonrió, soltó mi barbilla y volvió a sentarse. Entonces solo dijo:

-¡Desnúdate!

Me apresuré a quitarme la ropa. Cuando me bajé los calzoncillos, bastante avergonzado, los dos machos estallaron en carcajadas.

-Jajaja… -rió Jaime de buena gana-. ¿Has visto qué pitilín? ¿Te puedes llamar hombre teniendo esa birria entre las piernas? Mi sobrino, que tiene 10 años, la tiene más grande que tú…

Sentí una tremenda vergüenza, pero a la vez una gran excitación ante sus burlas. Pronto volvieron a ponerse serios y Tony dijo:

-Ya sabes cuál es tu posición en nuestra presencia. ¡De rodillas! -obedecí inmediatamente-. ¡Separa las piernas y pon las manos en la nuca! ¡Ya! -su tono, que hasta entonces había sido firme pero cálido había pasado a ser imperioso, con una frialdad desconocida para mí. Así lo hice y Jaime se puso en pie y vino hacía mí. De nuevo me vi con una descomunal bragueta a la altura de mi cara y sentí que me faltaba el aliento.

Jaime comenzó a tocar mi cuerpo, bajando desde la frente. No podéis imaginar los sentimientos que experimenté mientras aquellas enormes y expertas manos pasaban por toda mi piel. Empecé a temblar como una hoja y mi pequeña polla se puso durísima. Jaime también la acarició. Un momento después se puso en pie de nuevo y sentí su zapatilla debajo de mis testículos. Me esperé lo peor y mis temores se cumplieron. Empezó a darme pequeñas patadas en los huevos, sin demasiada fuerza, pero inexorablemente. Gemí sin poder evitarlo, tratando desesperadamente de no moverme, pero agitándome violentamente tras cada golpe.

-¡Aguanta! -me ordenó él mientras seguía pateándome sin piedad. Lo hice, contuve el grito que pugnaba por escapar de mi boca y mantuve mi posición, aunque las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. Cuando estaba a punto de caer y desmayarme el pie se detuvo y Jaime volvió a sentarse en el sillón. Entonces Tony me dijo, en el mismo tono frío e intimidante:

-Antes mientras hablábamos parecías muy interesado en nuestras zapatillas -enrojecí al ver que lo había notado-. ¿Quieres verlas más de cerca? ¡Ven!

Obedecí arrastrándome dolorido de rodillas hasta el sofá. Tony puso una de sus enormes plantas a escasos centímetros de mi cara.

-¡Lame! -me ordenó. Inmediatamente y venciendo mi natural repugnancia y aprensión saqué la lengua y empecé a lamer la áspera suela. Aquello sabía a mil cosas. Tierra, lodo, goma… Era terrible y mi lengua se secó mientras me afanaba en cumplir la orden de mi amo. Pese a ello, la sensación de estar lamiendo la poderosa suela de aquel macho era tan excitante que pensé que moriría de placer. Después de tenerme un buen rato lamiendo, Tony me dijo:

-¡Quítame la zapatilla! ¡Solo con la boca!

Con mis manos aún en la espalda me afané en deshacer el nudo de los cordones con mis dientes. Naturalmente me fue prácticamente imposible. Llevaba ya un rato intentándolo ante la hilaridad de los dos hombres, cuando en un mal movimiento sentí que iba a caer e inconscientemente una de mis manos se despegó de mi espalda y aferró la zapatilla. Entonces vino lo inesperado. Tony me dio una fuerte bofetada, al tiempo que me gritaba:

-¡He dicho solo con la boca! ¡Puto inútil!...

Se quitó entonces él mismo la zapatilla y el calcetín. Yo estaba en shock. Aquel Tony que me acababa de abofetear no era el que yo conocía. Volvió a ponerme su gigantesco pie, ahora descalzo, en la cara y me ordenó:

-¡Huele, perro!

Aspiré el inefable aroma de aquel pie de macho. Su olor me embriagó totalmente. Todos mis sentidos se embotaron y me vi transportado a sensaciones desconocidas mientras aquel poderoso olor penetraba hasta mi cerebro. Sin poder evitarlo saqué mi lengua para probar aquel increíble pedazo de carne. Entonces sentí un violento golpe en la cara que me hizo caer al suelo. Jaime me había dado una patada.

-¿No has oído que solo huelas, estúpido perro?

Tremendamente abrumado y dolorido quise articular una disculpa:

-Lo… lo siento Amo, yo…

Otra violenta bofetada de Tony me interrumpió:

-¿Qué te he dicho de hablar sin permiso, perro? -y con cara de disgusto volvió a calzarse. Yo volví a mi posición, destrozado por dentro. Tony añadió: -¡Vístete!

Aunque extrañado, me apresuré a obedecer. Cuando me hube vestido recibí nuevas órdenes de Tony, con aquella voz gélida tan poco habitual para mí:

-Vuelve ahora a tu casa. Mañana dedica todo el día a estudiar. No queremos verte aparecer por el bar ni que salgas para nada. Por supuesto ni se te ocurra tocarte en este tiempo. Tú ya no tienes derecho al placer. Nos ocuparemos de ese tema pronto -se acercó a una cómoda y sacó una pomada que me tendió-. Date esto en la cara para evitar moratones -y concluyó: -Mañana a las 10 vuelves a venir aquí. Y quiero que pienses durante el día en qué castigo te mereces por habernos desobedecido varias veces ya el primer día. Será lo primero que te pregunte cuando vengas. ¡Vamos, vete! ¡Ya!

Salí de la casa con una tremenda desolación. Desolación por cómo había sido tratado, por descubrir que aquellos dos hombres absolutamente encantadores podían ser crueles y sádicos; pero sobre todo desolación por haber fallado a mis amos ya desde el inicio y haber sido expulsado de su lado. Este era, sin duda, el sentimiento dominante, y en cuanto estuve fuera de su vista comencé a llorar desconsoladamente, sintiéndome la peor mierda del mundo…

Continuará?...


Licencia de Creative Commons

El bar del pueblo 2 es un relato escrito por Jorge Jog publicado el 30-06-2022 15:55:26 y bajo licencia de Creative Commons.

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