Tiempo estimado de lectura de 7 a 9 minutos

Degradación familiar I
Escrito por Lena

LA REVELACIÓN

- Que maricón llegas a ser. ¡JODER!

Me voy a follar las hembras de tu casa. Guarra.

Todo había empezado aquel día en que lo vio totalmente desnudo, en el vestuario del gimnasio. No podía quitar la mirada de su polla, la polla de aquel hombre, cuarentón, musculoso, con la barba a medio rapar.

- ¿Qué te pasa? ¿Te gustaría probarla?

- Yo…Yo, no, perdona…

No habían transcurrido cinco minutos que estaba, en una de las duchas individuales, con la boca llena, arrodillado delante de él. Ahora, cuatro meses después, se había convertido en su mascota. De él y de sus amigos. Esperaba con ansiedad los días en que iba al gimnasio.
En anterioridad ni siquiera había tenido fantasías de este tipo y sin embargo ahora ya no podía prescindir de aquello. Se sentía una hembra usada por ellos, la diversión de aquellos machos.

Era el viernes por la tarde cuando sonó el timbre de su puerta. Marta estaba sola, recién llegada de su despacho de abogada, aun vestida con su falda gris y su blusa blanca. A sus cuarenta y cinco años, aún era una mujer que se hacía mirar, a pesar de su discreción en el vestir.

- Hola Marta. Vaya, había visto fotos tuyas, pero no te hacían ningún favor, eres mucho más guapa al natural.

Se preguntaba quién debía ser aquel cuarentón, ciertamente atractivo, que la miraba sin ningún reparo, sonriendo.

- ¿Está Juan? He quedado con él para ir a jugar una partida de padel.

- ¿Juan? No está, tenía una reunión y luego iba a cenar con unos amigos. Se le habrá olvidado avisarte.

- ¿Viernes y de cena con unos amigos? Vaya seguro que se lo pasarán bien con él.

- Bueno. Espero que se lo pasen bien todos.

- Igual tú también juegas al pádel. Por cierto, me llamo Antonio.

- Tanto gusto. No juego al pádel. Lo siento. Lo único que puedo hacer por ti, ya que Juan te ha fastidiado la tarde, es ofrecerte algo.

- Bueno. No estaría mal. Si no es una intromisión en tus planes. claro.

- No tengo ningún plan. El único plan que tengo es mirar alguna película. Pasa.

Después de todo, al menos no estaría sola un rato, es algo que no le gustaba cuando estaba en casa y su hija Marta se había ido con sus amigas, como hacía todos los fines de semana.

Dejó la raqueta en el recibidor y entró hasta el salón, aceptando el sofá que ella le ofrecía. Se quitó la chaqueta, dejándola en el sillón. Aquello la obligaba a sentarse a su lado.

- ¿Te va bien un vino blanco, fresco? A mí me apetece.

- Sí. Sí, perfecto.

Intentó dar un poco de conversación con aquel desconocido, mientras tomaban una copa. Le preguntó de qué conocía a Juan.

- Ya veo que nunca te ha hablado de mí. Nos conocemos desde hace unos meses, del gimnasio. Hemos hecho una buena amistad, por decirlo de algún modo. Ya sabes cómo es el.

- Algo retraído. Está bien que tenga amigos. Aunque, como ves, luego me tenga algo olvidada.

Antonio tuvo la sensación de que aquello sería más fácil de lo que me imaginaba.

- Pues no debería. pero claro, después del ajetreo del gimnasio debe estar cansado cuando llega. Ya verás esta noche. No cuentes con él.

- ¿Ajetreo? No sé muy bien a qué te refieres, Muchas personas van al gimnasio.

- Perdona, creo que sin querer me he metido en un berenjenal. Déjalo. Háblame de ti.

Marta, como mujer inteligente que era, notaba algo extraño en todo aquello que le decía. Algo que no le cuadraba.

- No. No. Cuéntame esto del ajetreo. ¿Tanto ejercicio hace?

- Disculpa…Yo creía. Bueno...Bueno, Daba por supuesto que tu sabías…

- ¿Qué es lo que yo debería saber?

- Déjalo…

- No. No lo dejo. ¿Qué es lo que debería saber?

- Bueno…que a Juan…Coño, que Juan es un maricón.

- ¿Por qué dices esto? ¿Es tu amigo y le llamas maricón?

- Bueno. ¿Pues como decirlo? ¿Qué le gusta?

- Debe ser que tú también lo eres si tan bien lo sabes.

- ¿Yo? A mí me gustan las personas sumisas sin importarme de que sexo.

- Bueno. Al menos en esto puedo estar tranquila.

- Venga. Déjalo. Háblalo con él. Estas cosas es mejor hablarlas. Siento haber sido yo quien le haya puesto en evidencia. Si eres capaz de disculparme por el mal trago, que te he hecho pasar, sin querer, te invito a algo. A algo mejor que quedarte aquí, comiéndote el tarro con lo que te he contado.

Se hizo un largo e incómodo silencio. Marta tuvo que procesar lo que le había dicho. Ahora entendía muchas cosas: El desinterés que sentía, últimamente, Juan, por ella. Su cada día más horas fuera de casa. Se sentía traicionada por él. Por su falta de sinceridad, por su deslealtad. De pronto es como si todo le cayera encima. Sentía rabia, rabia y tristeza. Pudo la rabia.

- Está bien, acepto tu invitación. No voy a quedarme aquí, bebiendo y llorando como una viuda. Solo con tres condiciones: Que no hablemos más de esto. Que cuides de que no beba demasiado y que no me lleves a una discoteca, quiero ir a un sitio que se pueda bailar, pero que no sea una disco. Voy a cambiarme.

- No hace falta, estás bien así.

- ¿Tú crees?

- Seguro que sí.

Pensaba cumplir con las condiciones que ella pedía. No la quería borracha, ni mucho menos y, por su parte, prefería un bar musical que la típica discoteca, llena de adolescentes y jovencitos, sabía perfectamente dónde llevarla; a ningún espacio que pudiese violentarla.

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LA ENTREGA DE MARTA

Cuando llegaron a aquel local, en el centro de la ciudad, aún había poca gente: La pequeña pista de baile estaba casi vacía. Algunos clientes, mayoritariamente maduros, en la barra, iniciando la noche. Pidió un gin-tónic, que fueron dos antes de decidirse a bailar, cuando el ambiente estaba más animado. Llevaba mucho tiempo sin hacerlo, sin salir una noche, las pocas veces que lo había hecho eran con Juan o algunas amigas.

Llevaba el suficiente punto de alcohol y las suficientes ganas de olvidar lo que había sabido aquella tarde, como para dejarse ir, como para bailar para aquel hombre. Hasta que pensó que era mejor parar, tomar algo más y retirarse a su casa. Lo decidió cuando notó, por tercera vez, la dureza de su pene en su nalga. Sabía que era culpa suya, por su forma de bailar, de arrimarse, por su coqueteo. No quería que aquello fuera a más.

El no puso pegas a su idea de irse de allí, incluso parecía que le gustaba. Las cosas se complicaron a la salida. Antonio insistía en llevarla a su casa.

- No. No, voy a coger un taxi.

- O sea que esto es lo que te gusta, calentar y luego hacerte la estrecha.

- ¿Pero qué te has creído? Solo era pasar un rato agradable. Se terminó.

La cogió con brusquedad por un brazo intentando llevarla hasta su coche, ya no era aquel hombre amable.

- ¡Déjame! ! ¡Yo no soy como Juan!

- No. No lo eres. Tú solo eres una calienta pollas.

Marta hizo algo que nunca había hecho, tampoco nunca se había encontrado en una situación como aquella. levantó su mano y le dio un bofetón. Mientras decía que la dejara de una vez.
Lo que no esperaba es que aquella bofetada le fuese devuelta y menos aún que al recibirla algo se rompería dentro de sí.
Cuando él la dejó allí en la acera, para dirigirse a su automóvil, ella le siguió, silenciosa, con la mirada baja. andando detrás.

No sabía dónde mirar. Observaba las calles, sin poder dirigirle la mirada.

- ¿Qué te pasa? Vamos a terminar la noche en mi casa. Luego te llevaré. Aunque si prefieres, paro y te bajas.

- No…Yo…Yo nunca he hecho esto. Nunca he ido con otro hombre que no fuese Juan.

- Entonces es que nunca has ido con un hombre. No temas, lo harás bien.

Sintió su mano, su fuerte mano, en su muslo. Solo entonces se atrevió a mirar hacia él.

- Yo no soy así…

- Ya veremos como eres. Ni tú lo sabes.

No hubo más palabras. No las hubo hasta llegar al salón de su casa, un pequeño chalé a las afueras de la ciudad.

- Desnúdate. ¿O tengo que hacerlo yo?

Había perdido toda su seguridad. Estaba nerviosa, temblorosa, mientras se desnudaba Aquel hombre le hablaba con una autoridad que desconocía. Temía no gustarle, no saber cómo comportarse. Nunca se había sentido tan avergonzada, tan débil, tan inferior, ni había sentido tanto deseo.

Se había deshecho de su camisa, mostrando su cuerpo musculado. La miraba como quien mira a una res pronta al sacrificio. Acariciaba sus senos, los sospesaba, ya no eran los senos de una mujer joven, pero aún mantenían cierta firmeza. Una uña se deslizaba sabiamente bajando por su espalda, provocando que toda la piel de su cuerpo reaccionara. Ahora eran sus nalgas las que eran acariciadas, sobadas. Uno de sus dedos comprobando el uso al que había sido sometido su ano, como ya imaginaba, ninguno.

Besaba su cuello, mordía su hombro, cada vez se sentía más suya. Cogiéndola por los hombros hizo que se girara, quedando frente a frente, fue entonces cuando tiró de su melena, obligándola a levantar su cara, a mirar a sus ojos.

- Nunca más vuelvas a darme una bofetada. Nunca más. Debería castigarte por ello.

- Perdóname. Nunca más lo haré. Perdóname.

- Perdóneme, señor. Así es como debes pedírmelo.

- Sí, sí. Perdóneme, señor. Por favor, señor.

- Esto está mejor. Que vayas aprendiendo cuál es tu lugar.
Ahora arrodíllate y termina de desnudarme.

Obediente, sacó sus zapatos, sus calcetines. Después fue desabrochar su cinturón, bajar la cremallera de su bragueta, para finalmente sacarle sus pantalones y sus calzoncillos, ya hinchados.

- Seguro que ya sabes lo que tienes que hacer. ¿Verdad? Lo que quiero ahora de ti.

Con una mano cogió aquel pene para besarlo, lamerlo, nunca había hecho algo así con su esposo, adorar a una polla.

- Las manos detrás de la espalda y ni se te ocurra tocarte.
No sabes ni mamar una polla, ¿O quieres que te folle la boca? Pon más ganas. Mueve tu lengua. Pronto la vas a tragar toda sin que te den arcadas.
Así. así. ¿Te gusta verdad, perra?

Sentía su pene, duro en su boca. Babeaba, mojaba sus pechos con su propia saliva. La mano de él en su cabeza, marcándole el ritmo, los tiempos.

- ¡Para! Ya tendrás ocasión de tragar mi leche. ¿O no quieres que te folle?

No entendía como podía permitir aquello. Como era tratada y menos aún cuanto se estaba excitando.

Se la folló allí mismo, echada en el suelo, encima de aquella alfombra.
No tuvo ningún problema cuando la penetró de golpe, estaba totalmente lubricada. La cogía por las muñecas, inmovilizándola. follándola con rudeza.

- Así es como te gusta. ¿Verdad? Como siempre lo has deseado, como siempre lo has soñado mientras te tocabas.

Tuvo un largo y profundo orgasmo cuando él se corrió dentro de ella. Nunca había gozado así. Sintió un enorme vacío cuando salió de ella, hubiese deseado que aquello no terminara nunca.

A su lado la tranquilizaba con sus suaves caricias.

- Me gustas. ¿Sabes? Serás una buena perrita.
Ahora te llevaré a tu casa, pero antes tengo que ponerte algo.

Se levantó y salió del salón, para volver a los pocos minutos, mientras ella seguía allí, satisfecha, sorprendida por su muestra de ternura y por su comentario.

- ¿Sabes lo que es esto?

- Sí, señor, aunque no recuerdo como se llama.

- Plug. se llama plug, Te lo voy a poner y quiero que lo lleves hasta mañana, cuando vuelvas aquí, para ser enculada.

- ¿Enculada? Me dolerá mucho, señor.

- Intentaré que sea lo menos doloroso posible, por esto quiero que lleves esto, lo facilitará. Tienes que entender que una buena puta debe estar dilatada para los machos. Pronto te viciaras a ello,

- No soy una puta, señor.

- És verdad. Solo eres una perra sumisa.

El silencio solo estaba roto por la suave música que él puso, para el viaje que la llevaba de regreso a su casa.

No entendía cómo había llegado a aquello, pero sabía que ya nada sería igual que antes, ni en su vida, ni en su matrimonio. Lo que le había contado de su esposo, lo que había hecho con ella, todo aquello era irreversible. En su mente se repetían aquellas palabras “Solo eres una perra sumisa”. Ella, la mujer respetable y respetada, la mujer engañada, traicionada por su esposo.
Una lágrima resbaló por su mejilla.

- ¿Por qué lloras?

- No lo sé. No lo sé, señor.

- Solo serás feliz si te aceptas, si aceptas lo que eres, lo que has sido siempre. Tienes que asimilarlo, verbalizar. Hazlo. Di lo que eres. Dilo.

- Una mujer traicionada. Una perra. Una perra sumisa. Esto es lo que soy, señor.

Sentía vergüenza, vergüenza de reconocerse, de notar que aquello que llevaba en su ano le producía excitación. Fue entonces cuando arrancó a llorar, a llorar de verdad, escondiendo su cara entre sus manos,
agachándose sobre sí misma.

- Ya hemos llegado. Enjúgate las lágrimas, no querrás que te vea llorando. No lo merece. Ahora despídete de mí.

Retiró las manos de su cara aún congestionada por el llanto.

- Buenas noches, señor.

- No. Así no. Aún me queda leche y vas a tragarla.

- No…No, por favor…Ahora no.

- Aún estás a tiempo de quitarte lo que llevas clavado y no volver a verme más.

- No…No…Esto no, señor

- Entonces ya sabes lo que tienes que hacer, zorra.

Vió como desabrochaba su cinturón, como se bajaba la cremallera de su bragueta, cómo sacaba su polla. Se agachó hacia ella y si, se la mamó, como sabía que le gustaba. Por primera vez tragaba la leche de un macho.

- Ahora vete a descansar, te espero mañana a las seis en mi casa, vestida para mí. No te quites lo que te he puesto ni para dormir,

- Sí, señor. Gracias, señor.

- Buena chica, así me gusta.

Cuando llegó a su casa su esposo ya estaba durmiendo.


Licencia de Creative Commons

Degradación familiar I es un relato escrito por Lena publicado el 10-07-2022 22:19:46 y bajo licencia de Creative Commons.

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33 No me gusta0
Comentarios  
AngieZGZ
0 #3 AngieZGZ 16-07-2022 17:10
Estoy de acuerdo, me encanta como escribe XD
elena44
0 #2 elena44 11-07-2022 21:27
Gracias Mariinnocent
Maria
+1 #1 Maria 11-07-2022 12:21
Lena sigue superandose a sí misma. Sus relatos te sumergen en la fantasia y te llevan a mundos de ensueño.
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