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Traicionado y esclavizado 5
Escrito por Jorge Jog

Pasé toda la tarde con las tareas domésticas, lavé los platos, puse una colada, tendí la ropa y comencé una limpieza general del chalet de Jose. No paré más que en un par de ocasiones, en que Jose me requirió para beberme una vez más su meada sin siquiera tenerse que levantar del sofá. Me había dicho que si me necesitaba daría una leve sacudida en el collar, y así lo hizo en aquellas dos ocasiones. Su orina aún sabía tan repugnantemente como la primera vez. Sin embargo, de nuevo tuve una tremenda erección al arrodillarme a sus pies y bebérmela, para regocijo de mi examigo, ahora mi dueño.

Cuando cayó la tarde empecé a preparar la cena. Afortunadamente la despensa de Jose estaba muy bien provista y yo era buen cocinero. De hecho, era uno de los muchos trabajos que había desempeñado en mi agitada vida laboral, así que esperaba que Jose quedara complacido con mis artes culinarias. Eso sí, me advirtió de que hiciese cena solo para él. Yo aún tenía que ganarme el privilegio de comer comida de persona y hasta entonces continuaría comiendo la de perro. Curiosamente, cuando se sentó a la mesa mientras yo permanecía en todo momento a su lado para servirle, me hizo probar cada cosa de la que había preparado, aunque solo un pequeño bocado. Ante mi evidente extrañeza me dijo:

-Como los emperadores romanos tengo que asegurarme de que no has envenenado mi comida. Como ya te he repetido, en este momento no tengo la menor confianza en ti.

Me quedé atónito. ¡Ni siquiera se me había pasado por la cabeza la idea de envenenar su comida! Y lo del emperador romano… cada momento estaba más convencido de que Jose no estaba en sus cabales.

Después de cenar volvió al sofá y se puso a ver la TV. Me ordenó entonces que me pusiese a sus pies y le diese un masaje en ellos. Así lo hice, con todas mis ganas, hasta que me mandó que se los lamiese, que siguiese el masaje con mi lengua. Aquella era una de mis prácticas favoritas, así que me puse a ello con fruición y, una vez más, no pude evitar que mi polla se pusiese durísima.

-¿Te das cuenta? -me preguntó Jose, entre serio y jocoso-. Cada acto de sumisión que realizas hacia mí, y cuanto más humillante es, más te excitas. No creo que te atrevas a negarme, ni siquiera a ti mismo que este es tu lugar natural, a los pies de un hombre cumpliendo sus órdenes.

Me odié a mí mismo por mi reacción, y sobre todo por darle la satisfacción de pensar que había hecho lo correcto conmigo. No obstante, no estaba tan loco como para dejarme manipular así por él. A mí podía encantarme aquello, pero haciéndolo cuando yo quería y como yo quería.

En un momento dado e, intentando que Jose no se diera cuenta, fui a tocarme levemente para desahogarme. Jose lo vio y reaccionó violentamente, dándome una fuerte patada en la cabeza con el pie que estaba en ese momento lamiendo.

-¡Estúpido gusano! ¿Crees que te vas a poder pajear como un mono delante de tu amo? Tu placer ya no importa nada, solo el mío. Vas a pagar por esto. ¡Nunca, NUNCA, se te ocurra volver a hacer algo semejante! -me dijo airadamente. No obstante, al ver que un incipiente moratón aparecía en mi cara a resultas de la tremenda patada, pareció suavizarse algo y me dijo, aún enfadado:

-No sé cómo decirte que no quiero hacerte daño, joder… compórtate y no tendré que hacerlo -me indicó con un gesto que continuara mi labor, se relajó y añadió: -aunque no lo creas, no soy tan malo y no quiero dejarte completamente sin vida sexual. Esa es otra razón por la que no te he puesto la jaula de castidad. Cuando estés solo puedes masturbarte siempre y cuando eso no afecte a tu rendimiento en tus tareas. Y… ¿quién sabe? Igual algún día te ganas el privilegio de volver a chupar la polla de tu amo, esa que sé que deseas más que nada en el mundo desde el día que me conoces. Y lo gracioso es que este gobierno está tan enfermo que si lo hacemos no hay problema, ya que no son dos hombres teniendo sexo, sino un amo usando a su esclavo, y eso sí está permitido, jajaja… Absurdos de tener a un presidente aficionado a la historia antigua.

Sí, sí, mucho criticar al gobierno, pero aquí estaba él aprovechándose de sus políticas para arruinar mi vida. En fin, al menos tenía que agradecerle que me permitiera conservar mi sexo, aunque fuese en solitario. Yo era tremendamente sexual y si me hubiese puesto la jaula de castidad, tan común en los esclavos, puede que esa hubiera sido la peor tortura para mí.

Continué lamiendo y masajeando sus pies durante mucho rato, hasta que decidió que ya era hora de ir a la cama. Me ordenó bajar de nuevo a la mazmorra y allí abrió la jaula, invitándome a entrar con la mirada. Lo miré con ojos suplicantes, pero repitió su gesto diciendo:

-Ya te he dicho que cada privilegio que tengas en esta casa te lo tendrás que ganar. De momento este es tu lugar y aquí vas a seguir durmiendo.

Resignado entré en la jaula y me acomodé lo mejor que pude, mientras Jose cerraba la puerta con llave. Después salió y cerró igualmente con llave la puerta de la mazmorra, dejándome otra vez en la más absoluta oscuridad.

Dormí algo mejor aquella noche, supongo que por el cansancio acumulado y porque ya me iba acostumbrando a aquella terrible postura. Estaba dormido cuando la luz se encendió y Jose apareció. Sin decir nada abrió la jaula y me mandó salir:

-Ve a ducharte y después subes a mi habitación. Lo harás en el baño pequeño que hay aquí en el sótano, junto al garaje. Y no te rompas la cabeza pensando que está roto. Me he encargado de inutilizar el grifo rojo. Un sub-humano como tú no goza del privilegio de lavarse con agua caliente. Y ya te puedes dar prisa, te quiero arriba en 5 minutos. Si no estás en ese tiempo lo pagarás.

Salió y se dirigió arriba. Yo me apresuré a llegarme al pequeño baño, que estaba casi al lado de la mazmorra. Me metí en la ducha y abrí el grifo. Pese a ser verano la frialdad del agua me penetró hasta las entrañas. Yo siempre fui muy friolero y este tipo de cosas me mataban. Tenía que estar arriba en 5 minutos, la verdad es que no tenía ninguna intención de alargar aquella ducha de impresión más tiempo. Me enjaboné un poco con una pastilla de jabón que había allí y me sequé apresuradamente con una toalla pequeña, que no sabía si estaba limpia o no. En el tiempo convenido estaba en la habitación de Jose, que se estaba desnudando.

-Bien esclavo, me gusta que seas puntual y no quiero tener que castigarte. Ahora me vas a lavar.

Entró en la ducha y yo entré tras él. ¡Agradecí tanto el agua caliente! Tomé gel en mis manos y comencé a enjabonarlo. Me sentí estremecer de deseo al tocar aquel corpachón de macho. Jose no estaba en buena forma, siempre le había gustado más comer que hacer ejercicio, pero su cuerpo era tan grande, tan poderoso, tan viril, que me sentí en la gloria pudiendo tocarlo. Fui recorriendo cada centímetro de su cuerpo y me detuve especialmente en sus enormes huevazos y su pollón.

-¡Eh, eh, esclavo! -me dijo él, afortunadamente en tono jocoso-, no te regodees. Este cuerpo no está para tu disfrute. A menos que a mí me apetezca concederte ese honor -rio-, y, créeme, estás muy lejos aún de ello.

Tenía tal erección que me dolía y ni siquiera se me bajó lo más mínimo mientras le secaba, ya fuera de la ducha. Jose se percató y bajando su mano tomó mis huevos y comenzó a estrujarlos. Gemí de dolor, y al hacerlo el collar se activó, dándome una fuerte sacudida, parte de la cual se transmitió a Jose, que retiró inmediatamente su mano. Entonces, tal vez sintiéndose un poco culpable, me dijo:

-Bueno, vamos a bajarte eso. Túmbate en el suelo y pajéate, ¡vamos!

No tuvo que decírmelo dos veces. Me tumbé y comencé a masturbarme. Lo estuve haciendo durante varios minutos. Pese a mi bestial excitación, la vergüenza que me producía tener a Jose mirándome me impedía poder correrme, y estaba seguro de que si no lo hacía pronto Jose me castigaría, lo cual, a su vez, lo complicaba aún más. Entonces Jose hizo algo inesperado. Alzando su enorme pie derecho lo puso sobre mi cara y me dijo:

-Sigue pajeándote mientras me besas el pie.

Comencé a besar su pie como un poseso y el estímulo fue tan fuerte para mí que en menos de diez segundos me corrí con un orgasmo brutal, soltando una ingente cantidad de esperma. Jose se rio de buena gana:

-Jajajaja… ¿ves? Cualquier acto de sometimiento hacia mí es como un fetiche bestial para ti.

Me fastidió mucho reconocer que tenía razón en eso y, tratando de recuperar algo de mi dignidad, me incorporé. Jose me ordenó:

-Ve a preparar el desayuno. Ya me visto yo solo.

El resto de la mañana lo pasé en labores domésticas y ocupándome un poco del pequeño jardín que había en la parte posterior del chalet. Como era domingo Jose permaneció en casa, en su despacho. Trabajaba para una compañía de seguros y, con frecuencia, tenía tareas que completar en casa. Tanto en el desayuno como en la comida, Jose solo me permitió probar la comida que le había preparado. Luego tuve que volver a mi dieta de perro. De hecho, Jose me acompañaba a la cocina después de acabar y, tras asegurarse de que todas las sobras estaban en la basura, cerraba con llave tanto la despensa como el refrigerador, para impedirme comer cualquier cosa que no fuese el repugnante pienso. Me pregunté cómo alguien que había considerado un amigo podía comportarse de una forma tan sádica y cruel conmigo.

¡Infeliz de mí! Aún no tenía ni idea lo que era sadismo y crueldad. Y lo iba a comprobar aquella misma tarde…

Continuará?...


Licencia de Creative Commons

Traicionado y esclavizado 5 es un relato escrito por Jorge Jog publicado el 14-06-2022 11:21:14 y bajo licencia de Creative Commons.

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