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Perra masoquista
Escrito por Zorra de Diego

Hacía unos días que no tenía noticia de Ricardo, mi amante. No quiero decir que eso significase que estaba a dos velas. Tengo suficientes recursos para proporcionarme una buena sesión de sexo gratis cada día, y eso que voy a cumplir pronto los 50 años.

No me voy a describir más que someramente. Pese a mi edad conservo buen cuerpo. Nada excepcional en cuestión de formas o volúmenes. Conservo el pandero levantado y las tetas son apreciablemente grandes aunque algo caídas. Los muslos son fuertes y seguidos de pata recia. Mi cara no es admirada por su belleza, pero sí por su gracejo resaltado por mi corto pelo rubio. Mi orgullo se centra en mi piel y en mis manos. Aún conservo una piel inmaculada y suave, dorada por igual gracias a mis sesiones de rayos UVA en invierno. No tengo estrías, ni varices, ni celulitis.. Ni nada, salvo algunos encantadores tatuajes que yo quise tener, o mis sucesivos amantes sugirieron.
Suelo llevar los pezones, los labios mayores y el clítoris adornado con gruesos anillos de oro que relucen como el sol en mi depilado pubis y estimulan cualquier miembro viril solo de verlos.
Mis manos son mi mayor orgullo, que todos mis amantes, masculinos o femeninos, alaban cuando se posan sobre sus cuerpos. Nadie escapa a su belleza ni a su cálida destreza y suavidad.
Tengo tendencias masocas que me costaron el divorcio cuando progresivamente iba exigiendo de mi marido un trato duro. Después busqué en otros hombres y mujeres algunas con tendencias sado que se complementasen conmigo, pero ninguno colmaba mis expectativas, sobre todo cuando me entra el subidón de ansia de tratamiento de perra salida y sucia.

Ricardo me suele servir normalmente. Pero no cuando me llega la calentura fuerte. Afortunadamente tengo el gabinete sado al que suelo acudir en esos casos. Pero esta vez quería ser follada y humillada en mi propia casa. Me daba morbo.
Llamé al gabinete y solicité la presencia de Joe, su esposa Fatima y de Mamadou, mis tres negros favoritos a la hora de darme caña. Joe y Mamadou son senegaleses, más negros que mi alma, corpulentos y con unos rabos de los que solamente se ven en ciertas películas porno. Fatima, la esposa de Joe, y su compañera de trabajo también, es una opulenta mestiza haitiana que no tiene el menor inconveniente en prestarse a cualquier clase de perversión que se le pida.
Quedé de acuerdo en pagarles un plus por "trabajar" fuera del gabinete y acordamos una sesión de tres horas para el día siguiente empezando a las seis de la tarde.

Quería hacerlo en mi jardín. Mi casa está en el campo aislada de otras edificaciones. Es raro que nadie pase ante su puerta porque el único camino se dirige precisamente a ella. Pero además mi amplio jardín está rodeado de un muro de tres metros de altura y muy arbolado, por lo que es invisible a nadie del exterior. Sería un buen lugar para materializar mi fantasía. Además así no se mancharían los muebles ni el piso de la casa con los efectos de las cochinadas que tenía en mente.

Dispuse las cosas. El bastidor del columpio de mis hijos, ya emancipados, era un buen aparato de sujeción. Coloqué a su lado la mesa alta del jardín y otra baja, las dos resistentes. Unas banquetas, sobre una de las cuales coloqué mis maletines de instrumentos por si mis negros se olvidaban de alguno y algunos sillones con cojines. En el suelo extendí cuatro grandes toallas de baño. Saqué una nevera portátil llena de cervezas y botellas de cava, varias copas y una palangana. Todo tenía una disposición tal que, me trabajasen donde me trabajasen, yo debería ver la gran pantalla electrónica donde se reflejaría toda la actividad en detalle, llevada a ella por la cámara digital de video que manejaría alguno de los tres negros.
Satisfecha del escenario me fui a la peluquería para que me recortasen más el cabello y repasaran mí depilado general con especial atención al del pubis. La manicura es algo que nunca paso por alto. No quise nada de maquillaje. Un maquillaje corrido es lo peor. Y eso pasaría al poco de empezar la sesión.
De vuelta en casa me examiné ante el espejo y comencé mi preparación y ornato. Primero me inyecté un copioso enema que retuve en el colon con un grueso plug insertado en el agujero. El tapón lo elegí tan grueso para dilatar mi esfínter y evitar ciertas molestias al principio de la sesión mientras se acomodase mi esfínter al uso y abuso al que iba a ser sometido.

Mientras esperaba el efecto del enema me trabajé la vagina con un fenomenal consolador son el mismo objeto de dilatarme. Hay que tener en cuenta que la ausencia de Ricardo había hecho que durante dos semanas acogiese en mis agujeros instrumentos relativamente normalitos y, además, pocos. Lo más gordo fue el fisting que me hizo la pequeña mano de mi hermana Virginia, 10 años más joven que yo. ¡Ah, yo me llamo Raquel!.
Vacié mis tripas del enema y repetí el tratamiento sin sacar el consolador de mi coño. Esta vez usé un plug in aún más grueso para taponarme el ano.
Después de vaciarme la segunda vez procedí al ornato. Me coloqué primero los gruesos y anchos anillos de oro de los pezones. Después los dos de los labios mayores, uno a cada lado. Por último me coloqué el más preciado, el que atravesaba el centro de mi abultada pepitilla del placer. Me miré satisfecha en el espejo. No creo que, pese a mis casi 50 años hubiese ni un solo macho o hembra que no se siéntese en disposición de soltarme un polvo si me viera así.
Los anillos destacaban brillando sobre mis oscuras aréolas y, el del clítoris era encantador y en perfecta simetría con los de los labios. La primera vez compré unos anillos más pequeños y delgados, pero los del coño se quedaban torcidos y apenas se veían. Estos otros, casi podrían llamarse argollas, quedan perfectamente visibles y de frente al espectador. Al pasar mis hermosas manos por mis pechos y tironear de los anillos me parecía tan encantadora que no tuve más remedio que agasajarme a mí misma.

Tomé mis pechos, los subí hasta mi boca y aprisioné los anillos de los pezones con los dientes. Después bajé mis manos a la vulva y mientras jugaba tirando y retorciendo con los dedos de una el anillo del clítoris, me metí tres dedos de la otra en la vagina y me follé a mi misma. Recosté la espalda en la pared proyectando la pelvis hacia delante para tener una mejor perspectiva en el espejo de mi lúbrica maniobra. Se leía perfectamente el tatuaje sobre el vértice de mi vulva que decía: "si lo lees, usa el agujero". Con ciertos bikinis me procuraba buenos ligues en la playa... si me colocaba en la posición necesaria ante mi presa.
Me giré para contemplar la preciosa cenefa a colores tatuada a lo largo de mi riñonada que resaltaba los redondos y rellenos cachetes suaves y morenos.
Aprecié lo lasciva y sucia que era al retornar al frente y ver el angelote tatuado sobre mi pecho izquierdo que exhibía un falo descomunal. Ese no lo ocultaba nunca. Cualquiera podía verlo. Satisfecha, me imaginé entregando ese cuerpo del espejo a lo que de él se quisiera hacer dentro de una hora. Ese pensamiento aceleró la obtención del primer orgasmo de una tarde en que esperaba coleccionar muchos.
En la lengua llevaba un pasador con dos bolitas para proporcionar placer a mis amantes cuando mamaba sus pollas o lamía su chumino. La bola superior llevaba una perforación para pasar por ella una anilla, la cual me coloqué para proporcionar a mis castigadores de esa tarde otro punto de restricción.
Con el mismo objeto me puse el collar de metal forrado de cuero por la cara interna y las dos pulseras a juego. Me coloqué un sujetador de cuero de media copa cuya única función era realzar y comprimir mis pechos acentuando el efecto de los anillos de los pezones. Unas medias de malla ancha con ligas a medio muslo completarían mi vestimenta.
Dos cadenillas de acero se incorporaron a mis tobillos y otra a mi cintura. Que no dijesen que no facilitaba el uso de mis carnes a voluntad. El toque final: De la argolla de mi clítoris colgué una bola dorada pendiente de una fina cadenilla que hacía estirar y sacar aún más fuera de su capuchita el clítoris mostrándolo descaradamente. Los dos anillos de los labios los uní también por cadenitas a unas pinzas sujetas a las ligas de las medias. Así quedaba el coño obscenamente abierto. Ya estaba dispuesta.
Abrí la puerta a la cuadrilla encargada de mi placer con el coño ya chorreando de impaciente avidez por el sexo y el dolor. Entró primero Joe, que me oprimió una teta con su manaza y con la otra me soltó una sonora y fuerte palmada en una cacha.

- Qué hay sucia pervertida.

Seguía Fatima, que aprovechó que me frotaba el manotazo de su marido para agarrar los anillos de mis pezones y levantar mis tetas tirando de ellos al mismo tiempo que me hacía girar contemplándome.
El giro a que me obligó Fatima me dejó de espaldas a Mamadou, el cual metió su manaza desde atrás por entre mis muslos abarcando con ella toda mi entrepierna, me levantó en vilo, me volcó sobre su hombro y me llevó hasta el salón azotando mi culo con la otra mano. Allí me bajó al suelo, apearon sus bolsas y sacaron el certificado del reciente reconocimiento médico que les acreditaba para un sexo seguro. Yo no quería el engorro de los condones. Quería esperma a chorros libres.
Mientras miraba y guardaba los certificados médicos tomaron el camino que ya conocían a la habitación donde debían cambiarse.
Cuando retornaron me sorprendieron mirándome con satisfacción en un espejo las rojas marcas que habían dejado sus dedazos sobre mis nalgas.

- No te preocupes zorra pervertida, que esta noche no podrás dormir más que boca abajo con una bolsa de hielo en el culo y otra entre los muslos.
- Eso espero. Hoy estoy salida como nunca. Quiero sensaciones muy fuertes. A ver qué hay de vuestro arte. A fondo y sin compasión.
- Pues de momento, no quiero verte tan parlanchina, puta.

Sacó de su bolsa una cadenilla, me apretó la boca para abrirla, me enganchó la cadenilla a la argolla de la lengua y, tirando de ella todo lo posible, enganchó el otro extremo con un diminuto mosquetón al collar. Así me dejó con la lengua totalmente fuera sin posibilidad alguna de hablar.
Seguidamente Fatima me ató otra cadena a la argolla del clítoris, la pasó por otra del collar y tirando de ella me condujeron al jardín ya que les había explicado mi plan el día que les llamé. Mamadou iba detrás filmando todo.
Me dejaron de pie ante una silla donde se sentó Joe, Mamadou seguía filmándome y Fatima estaba a mi lado esperando instrucciones de su marido. Joe y Mamadou estaban completamente desnudos con sus gloriosas e inauditas vergas en reposo. Cualquier mujer se habría pensado muy bien acoger dentro de si aquellas barras estando así morcillonas. Cuanto menos si estaban enhiestas.

Joe presentaba una abrazadera en la base del pene y tras la bolsa escrotal. La abrazadera tenía dos anillas. Por su parte, Mamadou exhibía un piercing consistente en una barra que lo atravesaba y quedaba rematada por dos bolitas de tamaño nada desdeñable. Me imaginé aquel instrumento haciendo estragos con su ferretería en el interior de mi vagina o de mi recto y aquella comenzó a excretar sus jugos en tal abundancia que de inmediato resbalaban por mis muslos ya que, como tenía los labios abiertos por la cadenita enganchada de los anillos a las ligas, nada impedía el flujo.
Fatima vestía un corsé, de látex que se prolongaba a su pelvis dejando accesibles y bien prominentes por la presión, su vulva y ojete. Sus inconmensurables tetas eran lanzadas hacia arriba por el ceñido corsé y después caían irremediablemente por su propio peso. La misma presión de la prenda parecía hacer más grande su extensísimo, duro, suave y satinado pandero.
Sobre las aréolas tenía unas redondas plaquitas metálicas perforadas que se sujetaban por un pasador atravesando los gordos pezones. Los labios vaginales estaban poblados por cinco argollas en cada uno más gruesas y grandes que las mías si cabe. El clítoris lo atravesaba una demencial barrita metálica rematada en sus extremos con dos fenomenales bolas doradas. Como consecuencia de la chatarra, los labios eran tremendamente largos y el clítoris era enorme. Por si fuera poca la chatarra, tenía implantada otra enorme argolla perforando el periné. Por todo su cuerpo se podían apreciar múltiples tatuajes, unos artísticos y otros sumamente burdos, pero todos de temática extremadamente obscena.

- Bueno, dijo Joe- ya veo tu boca y tu coño bien abiertos cerda. Pero no veo tu otro orificio. Enseña, puta.

De inmediato me di la vuelta, me incliné hacia delante y separé mis cachas con las dos manos para enseñar la mercancía. A una orden suya metí dos dedos de cada mano y abrí el orificio todo lo posible, que es bastante.

- Fatima comprueba.

Fatima metió dos dedos entre el estirado esfínter. Los movió por dentro bien profundamente durante un buen rato y después se los presentó a la nariz de su marido.

- Huele que apesta, mira la cerda. Y me dice que estaría totalmente preparada. Fatima, anda límpiala debidamente.

Yo no me moví, esperando lo inevitable, que sería un copioso enema. Mientras, me complacía en ver en la pantalla mi culo brutalmente abierto por mis hermosas manos de uñas impecablemente cuidadas y nacaradas.
La negraza me inyectó en los intestinos una buena cantidad de agua templada y después sacó de su maletín un tapón anal que me dejó anonadada. Era imposible que lo pudiera insertar en mi entrenado esfínter anal. No pasaría o me rasgaría el esfínter. Efectivamente no pasaba pese al lubricante Anal que le había puesto. Por más que se esforzaba no pasaba, y yo tenía síntomas de necesitar ya el vaciado aunque sabía que no me permitirían hacerlo tan pronto.
Fatima siempre es resolutiva. Trajo una banqueta. Puso el tapón anal sobre ella con el vértice hacia arriba y me obligó a sentarme sobre él descargando todo mi peso. A pesar de ello no entraba y yo sentía mi músculo a punto de ceder y romperse. Descargó todo su considerable peso apoyándose sobre mis hombros y la parte ancha del tapón superó la barrera, quedándome sin respiración durante unos segundos del dolor que me produjo.
No me dejó recuperarme y ya me había levantado de un tirón de la cadena que pasando por el collar enganchaba en la argolla de mi clítoris. Temblando de dolor estaba otra vez a la espera de las disposiciones de Joe. De reojo observé en la pantalla la base del tapón asomando entre mis gloriosas nalgas que Mamadou estaba filmando desde abajo.

- Prepárala Fatima.

Fatima sacó de su bolsa un rollo de hilo de nylon de pesca y con hábiles lazadas rodeó fuertemente mis pezones por detrás de los aros. Lo mismo hizo con mi clítoris, dejándome un poco defraudada, ya que en pocos minutos tendría esos órganos suficientemente dormidos como para no sentir nada en ellos. Pero no podía protestar, primero porque solamente había pedido tratamiento fuerte sin describirlo y segundo porque mi lengua estaba inutilizada.
A continuación Fatima me metió en el coño una bola metálica un tanto gorda pero perfectamente asimilable para mi entrenado agujero. Me dio un rodillazo en las cachas y sentí algo raro pero muy agradable dentro de mí. La bola vibraba al agitarse. Lo agradable de la bola fue anulado por el dolor de barriga que ya se presentaba producto del enema que estaba haciendo estragos dentro de mí reclamando la evacuación.
Me enganchó las muñequeras a la cadena de la cintura y seguidamente me puso un anchísimo collar de cuero postural por encima del mío que me obligaba a tener la cara mirando hacia el cielo perdiéndome lo que pasaba por la pantalla. Menos mal que después vería la película a mis anchas.
Cuando Fatima terminó de aparejarme, Mamadou le entregó a ella la cámara y se tumbó en el suelo, entre mis piernas, con su monstruoso rabo enhiesto y coronado por su amenazador piercing. Fatima me giró un poco para que pudiese ver, al menos de reojo la pantalla y comenzó a empujarme hacia abajo dirigiendo mi coño a la verga con una mano mientras con la otra filmaba. Consiguió apuntar bien la polla y su objetivo y, de un empellón, quedé ensartada por el coño en aquella estaca. Quedé sin aliento ya que por muy entrenado que tuviese mi agujero no estaba preparado para que una cosa tan larga y gorda se abriese paso hasta el fondo de mi cavidad entre el enorme plug que tenía en el culo presionando el órgano adyacente y la voluminosa bola metálica de la vagina.
Me encontraba muy mala, malísima. No había parte de mi cuerpo que no reclamase alivio, pero ya era tarde para volverse atrás y además no podía decir nada. Si pensaba que no podía estar peor, la otra gran tranca negra, la de Joe, apareció ante mi vista perdida en el cielo y mi boca abierta sin remedio. Gemí porque intuí lo que venía. Y vino, claro. Joe metió su verga en mi indefensa boca hasta superar mi garganta y comenzó a follarla como si fuera uno de los agujeros inferiores.

El sádico de él la metía a fuertes empellones que me clavaban en la estaca de Mamadou la cual hacía agitar y vibrar con su piercing la bola del coño y presionaba mis inundados intestinos provocándome unos dolores agónicos. Estaba segura de que moriría. Fatima se movía alrededor filmando mi muerte desde todos los ángulos. Incluso la cabrona se permitía taparme la nariz cuando Joe sacaba su mástil de mi garganta para dificultar mi respiración. Aún en aquel lamentable estado mi mente se dio cuenta de que los negros controlaban, pues no sé qué hubiera sido de mi si el que me follaba la boca hubiera sido Mamadou con su aterrador piercing en el glande.
Deshecha, dolorida a rabiar, considerándome al borde de rendir cuentas a Dios. Aun así sentía un inmenso placer por considerarme nada más que un pedazo de carne puesto al servicio de tres desaprensivos. ¡Qué felicidad ser menos que un animal!. Qué felicidad ser un sucio instrumento de placer para otros! Era un objeto que tenía menos valor que las joyas que me adornaban. ¡Qué embriaguez!.
De repente toda la actividad sobre mis carnes cesó. Quedé desconcertada porque no recibí esperma en la garganta ni en el coño. Se fue la polla que me ahogaba, sentí el vacío en la vagina al tiempo que el piercing del bálano de Mamadou acariciaba mi canal. Fatima me levantó. Me quitó el collar postural de cuero, me deshizo los nudos corredizos de los bramantes de nylon de los pezones y del clítoris y me soltó las muñecas de la cadena de la cintura.
Me inclinó apoyando mis manos sobre una de las banquetas e intentó sacarme el aterrador plug. Le costó. Para sacarlo tuvo que apoyar un pie en una de mis nalgas y tirar enérgicamente. Saltó a un lado para eludir el gran chorro de agua que, formando un gran arco de dos metros salió de mi culo hacia el césped. Miré la pantalla y me agradó profundamente el humillante espectáculo que ofrecía a cuatro patas y con mi culo manando a toda presión.
A mi agrado por la humillación se unió mi alivio de tripas. Si no hubiera sido por el dolor de los pezones y el clítoris recuperando la circulación sanguínea casi me hubiera corrido sola del mero gusto de parecer una cerda lasciva. No alcancé el orgasmo, pero el relajo me descontroló y empecé a mearme.

- Buena idea -dijo Joe cuando me vio- Fatima tapona a la vieja meona que vamos a jugar con pis.

Mientras Joe sacaba unas cervezas de la nevera portátil, Fatima me metía una cánula en el meato ante la atenta cámara de Mamadou tomando la operación en un primer plano que me hizo girar otra vez los ojos a la pantalla. Vi como Fatima ponía un taponcillo en el extremo del tubo para impedirme mear. Antes me martirizaron las tripas y ahora iba a ser la vejiga. ¡cabrones!.Qué bien lo hacen.
Fatima me arrastró al soporte metálico del antiguo columpio de mis hijos y me hizo apoyar la barriga sobre una de las barras de arriostre de los montantes, me desató la cadenilla de la lengua y generosamente me dejó descansarla y humedecer la boca hasta que volvió con una cadena más larga que volvió a enganchar a la anilla de mi lengua para fijar el otro extremo, por delante de la barra del columpio, a la argolla de mi clítoris. Así me dejaron descansar mientras ellos bebían cerveza y cava.

Cuando se hartaron de beber me soltaron y me pusieron de rodillas sobre el césped. Sentí tanto alivio por disponer de la lengua que no me importó cuanta orina me iban a hacer beber. Era evidente a qué se disponían.
Primero Joe me metió en la boca hasta el esófago su tremenda tranca y meó directamente a mi estómago hasta que consideró que me estaba ahogando. El resto de la meada la esparció por mi cara y mis tetas.
A continuación, Fatima me meó en la boca exigiendo que me tragase su dorado líquido, cosa que no pude hacer muy bien porque el caudal era enorme. Me encantaba ver salir su pis de entre aquellos labios tan profusamente adornados por los innumerables anillos de plata y separados por sus grandes y regordetes dedos cargados de joyas y con largas uñas pintadas en rojo.
Mamadou optó por mearme dentro del culo, Con lo abierto que lo tenía no hacía falta que Fatima me colocase aquel separador. Aunque la verga de Mamadou estaba fláccida la hubiera metido dentro sin necesidad del aparato. Además Fatima lo abrió al máximo. Noté las bolas del piercing del glande de Mamadou rozando las paredes de mi recto y después su caliente líquido. Ello me provocó un orgasmo. Me di cuenta de que solamente era el segundo que tenía en la tarde y no habían tenido ninguna intención de provocarlo. Fue mi sucio morbo el que me lo consiguió. ¡Qué hijos de puta!. Habían venido dispuestos a no concederme ningún placer.

A continuación de bañaron con la manguera de regar el jardín y agua fría que Joe no encontró inconveniente en meter en mi ano para limpiar los orines de Mamadou. Las membranas de mis intestinos se iban a disolver de tanta visita acuosa en esa tarde.
Y por fin me hicieron algo agradable y que, además, me sacó del aterimiento de la ducha. Fatima se colocó un arnés con un gran falo de doble extremo, uno se lo metió en su indudablemente profunda vagina y el otro, sobresaliendo de forma amenazadora me lo hizo entrar en mi coño Mamadou empujándome cuando Fatima se tumbó debajo de mí. El mismo Mamadou me metió su herrada herramienta en el ano y Joe se colocó ante mi boca esperando.
Delicioso. El artificial pene de Fatima hacía vibrar la bola metálica albergada en mi coño. Las bolas del piercing del prepucio de la gran verga de Mamadou se juntaban con la bola metálica de la otra cavidad y con el palo de silicona de Fatima destrozando mi intimidad. Dos orgasmos tuve antes de que Joe vaciase sus testículos en mi boca y, a continuación, lo hiciese Mamadou en la misma cavidad. Estaba saboreando el esperma de los dos cuando Fatima comenzó a azotar mis nalgas.

- Ni se te ocurra tragarlo. Uno es de mi marido y quiero mi parte,

Mamadou y Joe se partían de risa cuando Fatima me obligó a traspasar parte de esperma de mi boca a la suya. Aún así se quejó de que me había bebido más de lo que me correspondía y exigió un castigo. ¡Un castigo. Si! ¡Maravilloso!
Me llevaron al soporte del columpio de mis hijos que nunca habíamos desmontado por desidia. Pasaron unas cadenas por el larguero y las ataron a mis muñequeras tirando hacia arriba hasta que solo tocaba el césped con los dedos de los pies.
Mamadou empezó a filar a Fatima colocándome unas anchas bandas de goma elástica alrededor de los pechos y colgando unas plomadas de los anillos de los pezones. Joe se colocó tras de mí, me puso una mordaza de bola y empuñó una fusta.
Fatima me arreó una palmada en el pecho izquierdo haciéndolo bambolear y que la plomada estirase mis ya de por si doloridos pezones. A continuación recibí el fustazo de Joe en la nalga del mismo lado.

Siguió bofetada de Fatima en el otro pecho y fustazo de Joe en la otra nalga. La cadena que estaba enganchada a mi clítoris y pasaba por la argolla de mi collar tiraba hacia arriba por el propio peso del tramo suelto desde el cuello. Los meneos a mis tetas y las sacudidas de mi culo en respuesta a los latigazos de Joe acentuaban los tirones de mi martirizado clítoris. Menos mal que la bola que colgaba del mismo anillo neutralizaba algo del peso de la cadena.
Cuando ya había sufrido unos 25 fustazos y palmeos de teta, pararon un momento y Fatima me colocó una barra separadora en las cadenillas de los tobillos que acortó mi altura dejándome colgada totalmente. Entonces se dedicó a darme palmetazos con su gran mano abierta en el monte de Venus mientras Joe se olvidó de mis nalgas para pasar a arrearme con la punta de la fusta justo en los pezones con una precisión asombrosa.
El dolor que me producían los golpes, acentuado por el efecto de las joyas que perforaban mis delicados órganos y la maldita cadena, me tenía al borde del delirio, Mis ojos desorbitados se comían la pantalla donde se reflejaba mi deliciosa tortura con la hábil filmación de Mamadou.
El dolor y su contemplación me proporcionaron por fin un orgasmo tan profundo y prolongado que volví a mearme sin remedio.
Entonces Fatima, simulando enfado sugirió lo siguiente:

- Esta vieja cerda libidinosa y crápula se mea cada vez que tiene un orgasmo. Es mejor privarla de orgasmos. ¿No os parece?.
- Yo creo que sí. Si lo que le gusta es el dolor para qué quiere un clítoris.
- ¿Se lo quitamos?
- Venga.

Entonces me soltaron del columpio, la cadena, y las gomas elásticas de las tetas, ya visiblemente amoratadas y torturadas por el retorno del riego sanguíneo. Pero no me retiraron el separador de piernas ni la mordaza. Me llevaron sobre la mesa baja de madera y me tumbaron boca arriba. Fatima volvió a atar un hilo de nylon en mi clítoris y empezó a tensar desde un extremo.

- Es mejor que esto no lo veas, vieja lasciva.

Me empujaron hacia atrás la cabeza y Joe me la sujetó colgando del borde de le mesa de forma que yo no pudiera ver lo que le pasaba a mi preciada pepitilla. Mamadou seguía filmando pero apagó la pantalla para que no pudiera ver nada ni de reojo. Aquello iba en serio. Fatima estiraba cada vez más del hilo. De repente cedió. ¡ Diossss, me habían extirpado el clítoris! ¡y me corrí nuevamente del morbo de considerarme una castrada! ¡ya no era mujer! ¡ahora si era un saco de carne para placeres de otros! ¡qué gozo!

Escuché entre una bruma que Mamadou mencionaba, para mi decepción, que ya era casi la hora de terminar.
Me incorporaron, me quitaron la mordaza y me miré con temor mi bajo vientre esperando ver manar sangre. Allí seguía mi argolla bien sujeta al botoncito. Me habían engañado. Habían cortado el hilo cuando estaba tenso al límite y la repentina ausencia de tensión simuló la amputación. Fatima me quitó los anillos de los pezones desenroscando las bolitas que los cerraban. Por las perforaciones pasó dos gruesos clavos. Me pusieron boca abajo sobre la mesa, con las tetas y la tripa encima de ella, arrodillada de manera que mi culo quedaba expuesto sobre el borde.
Entonces Fatima empuñó un martillo y clavó mis pezones en la madera del borde de la mesa. En el anillo de mi clítoris enganchó otra cadena corta que clavó, bien tensa, al borde opuesto de la mesa donde se apoyaban mis caderas. Estaba totalmente inmovilizada bajo riesgo de rasgarme los pezones o el clítoris.
Con uno de los anillos de los pezones trabó los dos de los labios vaginales obstruyendo así el acceso a mi cavidad vaginal. Engancharon las muñequeras al collar con unas cadenas cortas que me permitían a lo más apoyar las manos sobre la superficie de la mesa. Me colocaron el teléfono móvil al alcance y sin más dijeron adiós.

Allí me abandonaron, a las nueve de la noche y empezando a hacer fresco. Podía llamar a alguien en mi ayuda. Pero ni a mi hermana ni a Ricardo los había localizado en los días anteriores. Estaban fuera de cobertura. No quería que ninguna otra persona me viese así. Aunque pensándolo bien... me daba morbo la humillación.
Pasaron unos minutos y escuché jadeos y, con un sobresalto, noté algo frío en mi vulva. Por delante de mi aparecieron dos perros que comenzaron a lamer mi cara. También me lamían el coño. Me asusté, pero pronto reconocí que eran los perros que cuidaban el chalet donde tenían instalado el gabinete SM en que trabajaban los tres negrazos que me acababan de vapulear.
Parecía que los generosos chicos prolongaban gratuitamente, y sin coste adicional para mis finanzas, las humillaciones y el uso aberrante de mi cuerpo por los que les había pagado.

El perro que olfateaba y lamía mi entrepierna se levantó sobre mi pandero e intentó penetrarme. Debía estar bien adiestrado en el arte de follar humanas porque sus intentos eran bastante acertados pero no acababa de conseguirlo. Como mi acceso vaginal estaba cerrado, intenté bajar un poco el ano, a riesgo de mis clavados pezones o del clítoris, para que acertase, cosa que hizo al final sin gran problema dada la monstruosa holgura que mis negros habían dejado en ese agujero. ¿Qué por qué lo hice?. Primero no podía evitarlo. Mis manos enganchadas a mi cuello no alcanzaban a cubrir mi ano. Y sobre todo, lo confieso, ser aún más depravada e inmunda de lo que ya era me arrebataba y me producía un extraño gozo.
Nunca había sido penetrada ni tenido ninguna clase de relación con animales. Esta nueva faceta de mi degradación me hizo dichosa. El perro, sin traba alguna me sodomizó frenéticamente y me proporcionó un orgasmo cuando sentí sus chorros invadir mis intestinos. Al mismo tiempo su peluda piel me proporcionó calor, cosa que agradecí enormemente.

Luego tuvieron su turno los otros dos chuchos. Cuando terminaron noté como resbalaba de mi dilatado ano el semen resbalando por mis muslos. Ellos lo lamieron y dejaron mi culo limpio. Se tumbaron a mi alrededor y me dieron calor, lo que les agradecí infinitamente.
Vi en el reloj del teléfono móvil que ya eran las doce de la noche y, pese a la cálida piel de las bestias mi espalda se encontraba congelada y, aún más, mis clavados pezones y mi estirado clítoris por el frío contacto del metal que los perforaba. Decidí usar el móvil y llamé a mi hermana Virginia. Por fin contestó. Le conté que estaba en el jardín de casa sin poder entrar y congelada de frío y que la necesitaba. No me extendí en más explicaciones. Ya lo vería.
Entretanto la esperaba, los perros quisieron repetir y me encontraba apareada al tercero cuando llegó Virginia acompañada de Ricardo. Ellos se quedaron asombrados de la escena y quisieron quitarme de encima al perro pero les dije que le dejaran terminar.
A Ricardo le resultó difícil desclavar mis pezones con los alicates, ya que no podía apalancar sin dejármelos hechos pulpa. Solo podía tirar. Al menos a Virginia le resultó fácil liberar mi clítoris. Mientras Ricardo sudaba tirando de los gruesos clavos empotrados en la dura madera de teca, virginia me tapó con una manta. Al agacharse, uno de los perros se le abalanzó al culo. No noté que lo rechazase con mucho asco.
Cuando por fin entré en casa estaba deshecha pero feliz. Me acostaron en mi cama después de poner crema hidratante en mis marcas de fusta y alrededor de mis agujeros.
No me levanté de la cama hasta la noche del día siguiente y lo hice con agujetas y dolores por todas partes. En el salón se encontraban mi hermana y mi amante viendo el televisor en una posición que no admitía engaño. Los dos en bolas, Ricardo estaba sentado en el sofá con la verga al borde del asiento y Virginia, a cuatro patas en el suelo tenía en su ano el rabo de mi amante sodomizándose con él ella misma.
Un poco sorprendida les pregunté estúpidamente que hacían. Virginia se levantó poco a poco, sin sacar la verga de mi amante de su culo, hasta sentarse en el regazo de él.

- Estábamos viendo el CD con las imágenes tuyas que han dejado aquí tus negros respondió Virginia- Es la tercera vez que lo vemos y, analizándolo, creo que hemos tenido una buena idea para tu regalo de 50 cumpleaños y que la vamos a ampliar.
- ¿Idea?, ¿Qué idea?
- Hemos visto las llamadas perdidas que nos has hecho, pero estábamos diseñando y encargando unas pequeñas instalaciones en el sótano para atender ese vicio tuyo tan particular como regalo de cumpleaños. Ya está instalado.
- ¿Qué es?.
- Consta de una celda donde te alojarás cuando no estés en uso y de unos cuantos aparatos e instrumentos muy útiles para mortificarte esa viejas carnes impúdicas y depravadas.
- ¿De verdad?. Sois un encanto, os adoro.
- Pero viendo la película se nos han ido ocurriendo más cosas.
- ¿Cuáles?. Estoy impaciente.
- Pues, entre otras, visto el orgasmo que te proporcionó la simulada ablación del clítoris, lo vamos a hacer de verdad. Así disfrutarás crudamente del dolor sin el estuche engañoso del placer. Te marcaremos a hierro candente como símbolo de tu entrega al masoquismo. Para perfeccionarte en la humillación trabajarás las noches de viernes y sábados en el gabinete SM de tus negros como cuerpo disponible. Se grabarán y venderemos en Internet las imágenes de tus diversos usos y abusos. Y también otras con esos animales que tanto te han gustado. Mañana empezaré a entrenarte en el jardín como pony de tiro. Quiero que respondas. Ricardo dice que ya eres demasiado vieja para obtener resultados de ti.


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Perra masoquista es un relato escrito por Zorra de Diego publicado el 10-09-2021 16:03:22 y bajo licencia de Creative Commons.

 

 

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