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El bar del pueblo 5
Escrito por Jorge Jog

Los días fueron pasando, mi relación con mis amos se iba haciendo más y más estrecha. Ellos me iban moldeando a su antojo y, pese a que no se cortaban a la hora de someterme a humillaciones o hacerme putadas, podía ver que estaban realmente contentos conmigo, y con frecuencia recibía inequívocas muestras de cariño por su parte, sobre todo de Tony, aunque siempre se esforzaba en mantener su estatus de superior ante mí. Muchas noches me dejaban dormir en su habitación y, con frecuencia, tenía un cierto acceso a sus deseados cuerpos que, aunque muy restringido, era mayor del que hubiera podido soñar. Yo, por mi parte, estaba absolutamente en la gloria, y mi felicidad superaba cualquier cosa que hubiera conocido hasta entonces. Recuerdo que un día, caminando por el pueblo, Mercedes me detuvo. Yo ni siquiera la había visto, iba como flotando en mi nube de dicha. Ella me preguntó cómo me iba.

-Muy bien, Mercedes, perfectamente. Todo muy bien, ¿y tú? -respondí cálidamente.

-Yo bien, gracias a Dios, ahí con mis achaques -y mirándome a los ojos intensamente me preguntó: -Pero Pedro, ¿eres feliz?

-Claro que sí, Mercedes, de verdad, muuuy feliz -le dije tomando sus ajadas manos entre las mías-. No te preocupes para nada por mí, por favor.

Ella sonrió, aunque no muy convencida, y se alejó. Me pregunté si sospecharía algo de mi nueva situación. Tanto mis amos como yo habíamos sido muy discretos, pero Mercedes era una persona tremendamente aguda y pocas cosas se le escapaban. En cualquier caso, no lo di la menor importancia. En aquel momento no me importaba en absoluto nada que no fuera la felicidad de servir a mis amos.

Se acercaba el carnaval y un día Tony me anunció que un par de amigos suyos vendrían a pasar el fin de semana con motivo de la celebración. Sentí un poco de aprensión. ¿Qué intenciones tendrían mis amos respecto a ellos en relación hacia mí?

El sábado de carnaval llegaron al pueblo los amigos de mis señores. Antes de que estuviesen en casa, Jaime me dijo:

-Esclavo, espero de ti el mejor de los comportamientos con mis amigos. Quiero que nos hagas sentir realmente orgullosos de poseer un siervo tan bueno como tú. Pero si no es así -de nuevo adoptó el terrible tono que empleaba para sus amenazas, que me producía un terror infinito-, te aseguro que las consecuencias para ti van a ser terribles…

Se me secó la boca al escuchar aquello y me puse a temblar. Tony me puso una de sus manazas en mi hombro y me dijo muy bajito con calor:

-Confío en ti, perrito. ¡Sé que lo harás muy bien!

Le sonreí, agradeciendo infinito sus palabras. En ese momento sonó el timbre y, desnudo como siempre, me apresuré a abrir. Al otro lado de la puerta estaban dos hombretones, casi tan grandes y fornidos como mis amos, aunque no tan guapos. Vestían con toda la indumentaria de los moteros. No tuve mucho tiempo de admirarles, no obstante, porque inmediatamente me postré y besé sus pies, dándoles la bienvenida. Ellos estallaron en carcajadas.

-Bueno, bueno -dijo el que parecía mayor-, vaya joyita que tenéis aquí. ¡Y qué bien educado! -y, sin el menor pudor, en cuanto me incorporé me puso su manaza en el culo, me atrajo hacia sí y me dio un lametazo en la cara. Así, agarrándome entró en la casa y saludó a mis amos.

-Esclavo -me informó Jaime-, estos son Alberto -el más mayor, tendría unos 45 años- y Mario -algo más joven, como de 40-. Aunque, obviamente, a ti te da igual sus nombres. Para ti van a ser “Señor” en todo momento, y quiero que los obedezcas absolutamente en todo, igual que haces con nosotros, ¿entendido?

-Sí, Amo -dije con decisión. Y Tony añadió: -Ocúpate de sus cosas, ¡vamos!

Estuve recogiendo sus cascos de moto, sus cazadoras de cuero y toda la parafernalia que llevaban mientras los cuatro se sentaban en el salón y empezaban a charlar animadamente. A continuación, les saqué unos aperitivos y unas bebidas y me quedé a un lado, de rodillas, preparado para servirles cualquier cosa que pudieran necesitar. No obstante, el llamado Alberto me hizo señas de arrodillarme a su lado, junto al sofá, y empezó a magrearme todo el cuerpo sin el menor pudor. Durante un rato estuvieron haciendo a mis amos toda suerte de preguntas sobre mí e informándose sobre lo servicial y obediente que era, todo ello ignorándome como si yo no estuviese presente. Me di cuenta, por otra parte, de que los dos moteros eran indudablemente más amigos de Jaime que de Tony. Probablemente su relación de amistad era anterior a su relación de pareja.

De ahí pasamos a la comida y, tanto Alberto como Mario encontraron muy graciosa la costumbre de mis señores de darme las sobras de comida llenas de escupitajos. Naturalmente se unieron al juego con entusiasmo, e incluso Mario llegó a darme comida directamente masticada de su boca y Alberto no tuvo ningún reparo en mearse sobre mi alimento, todo ello acompañado de grandes carcajadas por parte de los cuatro osotes.

Tras la comida mis amos salieron a enseñarles el pueblo y los alrededores a sus amigos. No iban a abrir ese día el bar hasta por la noche, ya que habían prometido al alcalde que harían un concurso de disfraces para los más pequeños del lugar. Así pude quedarme tranquilo limpiando, recogiendo y preparando la cena. Lo agradecí, ya que los recién llegados me inquietaban un poco, no sabía por qué. Supongo que era mi intuición, ya que pronto iba a descubrir que no estaba en absoluto equivocado.

A la caída de la tarde los cuatro osos volvieron y Tony y Jaime anunciaron que tenían que irse a abrir el bar. Entonces Jaime les dijo a sus amigos:

-Como es una fiesta principalmente para niños y sus padres no creo que os apetezca nada venir. Podéis quedaros aquí. Tampoco necesitamos al esclavo, ya que la maestra del pueblo vecino va a venir a ayudarnos, así que él os atenderá en todo lo que queráis -les hizo un guiño que no pasó desapercibido para mí-. Solo recordad las normas…

Salió hacia el bar junto a su marido. Me pregunté, con un mal presentimiento, si aquellas “normas” serían lo que yo me imaginaba: límites sobre lo que podían hacer conmigo. Pronto lo sabría…

Pese a mis temores, la velada comenzó bastante tranquila. Alberto y Mario se sentaron a ver un partido, mientras yo les servía bebidas y tapas. Durante mucho rato me ignoraron, hasta que en un momento dado Alberto me ordenó:

-Esclavo, descálzame y dame un buen masaje de pies

Había estado esperando aquello desde hacía rato, así que inmediatamente me puse de rodillas y le quité sus enormes botas y los gruesos calcetines. El olor de sus pies hirió mis fosas nasales. Siempre me ha encantado ese olor, pero los pies de aquel enorme motero, sin duda por tanto tiempo en aquellas botas, eran como otra dimensión. Nunca había olido algo tan apestoso en mi vida. Incluso su amigo hizo un gesto de repugnancia y se apartó. El olor era tan fuerte que hizo que me saltaran lágrimas en los ojos. No obstante, cumplí meticulosamente sus órdenes y me apliqué en masajear aquellos piezacos, primero con los dedos y, poco después -a una orden suya-, con la lengua. El sabor de su sudor era tan terrible que aún hoy lo tengo metido en la cabeza. Naturalmente tuve que hacer después lo mismo con los también gigantescos y hediondos pies de Mario. Durante el partido, aparte de eso, solo utilizaron mi boca como escupidera en alguna ocasión, así como para tragarme su meada cuando necesitaban descargar y no les apetecía levantarse al baño.

Sin embargo, cuando el partido terminó, Alberto se levantó y me dijo:

-Bueno perrito, ya es hora de que nos divirtamos contigo un poco, ¿no?

Me eché a temblar, porque además ya habían bebido bastante, aunque afortunadamente aún estaban lejos de estar borrachos. Entonces Alberto se dirigió a la habitación de invitados, en la que iban a dormir, y volvió con unas gruesas cuerdas, que no supe de dónde habían sacado, y algunas cosas más que yo en ese momento no pude ver bien, ya que Mario me ordenó entonces que me tumbara sobre una pequeña mesa auxiliar que había en una pared, con unos adornos que se apresuraron a quitar de encima. Así lo hice y quedé tumbado sobre la pequeña mesa, sobre la que solo reposaba mi torso, quedando mis brazos y piernas fuera. A continuación, con una destreza y una meticulosidad que me sorprendieron, Alberto procedió a atar mis extremidades a las patas de la mesa. Quedé completamente inmovilizado, mientras, lleno de aprensión, mi corazón latía con fuerza. Mis amos nunca me habían atado. Entonces sentí cómo uno de ellos, no podía ver cual, me arrancó literalmente el plug de mi culo y me clavó su polla violentamente, sintiendo cómo desgarraba mis entrañas. Tuve suerte de que el vibrador me mantuviera constantemente dilatado, creo que si no aquel bruto me hubiera destrozado literalmente por dentro. Aullé de dolor, pero no pude hacerlo mucho tiempo, ya que, después de darme un terrible bofetón mandándome callar, el otro, que ahora pude ver que era Mario, me metió con igual violencia su inmenso pollón hasta la garganta.

Así estuvieron follando salvajemente mi boca y mi culo durante mucho tiempo, intercambiándose las posiciones de cuando en cuando, como solían hacer mis amos, pero estos nunca habían usado mis agujeros de aquella forma tan violenta. Por muy acostumbrado que estuviera ya a pollones de aquel calibre, la bestialidad de aquellos moteros me estaba destrozando.

En un momento dado pararon y Mario se acercó a mi cara y me enseñó un objeto. No reconocí lo que era. Era una especie de pala, como una espátula grande (luego supe que era algo corriente del BDSM). Entonces me dijo:

-Vamos a calentar un poco ese culito que tienes…

Se situó tras de mí y sentí el primer golpe. Fue como una espantosa punzada de fuego en mis nalgas. Nunca había sentido algo igual. No era ni remotamente parecido al dolor que sentía cuando mis amos me azotaban con su mano desnuda. Aullé de dolor, sin poder evitarlo. Alberto, que estaba delante de mí, me ordenó que me callara con un nuevo bofetón, que casi me vuelve la cara del revés. Sin embargo, cuando empezaron a sucederse los dolorosísimos golpes de aquel artefacto en mi pobre culo, no pude evitar seguir soltando exclamaciones de dolor.

-¡Maldito perro! ¿Quieres soliviantar a todos los vecinos? -me dijo con furia Alberto, y, a continuación, cortó un trozo de cinta adhesiva (tampoco sabía de dónde había salido) y me la pegó bruscamente en la boca.

Mario continuó azotando mi culo, hasta que, en un momento dado, Alberto se puso también detrás y noté que abría mi jaula de castidad. Supuse que mis amos le habían dado la llave. Pensé, estúpido de mí, si pensarían darme algún tipo de placer. En lugar de eso, Alberto tomó la pala y empezó a darme en los huevos con ella. Ahí sí, sentí que iba a morir de dolor. Afortunadamente no fue demasiado salvaje y contuvo su enorme fuerza para aquello. Si no me hubiera lastimado irreversiblemente. Por si eso fuera poco, Mario, situado ahora delante de mí, tomó mi nariz entre dos de sus enormes dedazos y me la cerró, impidiéndome respirar al tener tapada la boca. Empezó a hacer el mismo juego que había hecho conmigo Jaime semanas antes en la bañera, manteniéndome sin respiración hasta el límite, para después dejarme tomar angustiosamente una pequeña bocanada de aire, y volverme a impedir respirar.

El tormento de mis huevos, más la tortura de la respiración, me llevaron la cabeza al límite y me desmayé. No obstante, no tardé mucho en despertarme, otra vez en un aullido. Aquellos monstruos habían encendido una vela y me estaban dejando caer cera hirviente por la espalda. El tormento abrasador de cada gota de cera que caía me agitaba los pocos nervios del cuerpo que aún me quedaban sensibles. Por si eso fuera poco, en varias ocasiones acercaron la llama de la vela a mi glande y mis testículos. No os podéis imaginar lo que era aquello. Pensé que los perdería para siempre. Pero aún quedaba lo peor. Alberto, que sin duda era el más sádico de los dos, sacó una navaja y empezó a pasarla por mi cuerpo, primero por mis genitales, después por mi cara, mientras me iba diciendo:

-Tienes suerte de que Jaime no nos deja hacer daño de verdad a sus esclavos. Si no te cortaba ahora mismo esta ridícula pollita inútil que tienes -y después: -Es una lástima no poderte cortar la nariz, o una de estas bonitas orejas, o… ¿y si te sacara un ojo? Bfff, eso sería genial…

No os será difícil imaginar cómo lo estaba yo pasando en el proceso. Comencé a llorar convulsivamente, mientras sentía el frío del acero recorrer mi cuerpo. Creo incluso que me meé encima del infinito terror. Eso no apiadó lo más mínimo a aquellos dos brutos, que en el siguiente rato continuaron dándome con la pala, ahora en todo el cuerpo. Yo ya casi no sentía nada, estaba totalmente destruido.

Finalmente, después de volver a follar mi culo y mi boca, esta vez corriéndose abundantemente en mis doloridos agujeros, Alberto me tapó con cinta adhesiva de nuevo la boca y, sin mediar una palabra más, los dos se fueron a dormir a la habitación de invitados.

Allí me dejaron, atado y amordazado, con el cuerpo lleno de cera y de moratones, hecho una verdadera piltrafa temblorosa. Solo podía dar gracias de que no estaban demasiado borrachos. De haber sido así, estoy seguro de que hubieran perdido cualquier inhibición y me hubiesen herido seriamente, mutilado o incluso matado. Nunca había conocido aquel grado de crueldad. En esa situación me encontraron mis amos, muchas horas después, cuando ya despuntaba el día. Cuando me vieron, Jaime vino hacia mí y me dijo:

-Parece que has pasado una noche agitada, ¿eh, esclavo? -y agitando la cabeza, añadió: -mira que estos pueden ser bestias. Espero que no te hayan hecho nada grave.

Me sorprendió la poca preocupación con que lo dijo. Y sin más, se dirigió a su cuarto. Tony, por el contrario, me miró con genuina preocupación y le hizo un gesto claramente acusador a su marido, gesto que este ignoró por completo. Tony me desató, sin decir nada, me hizo caminar un poco para restaurar la circulación y, a continuación, aún en silencio, me hizo tumbarme y empezó a darme aceite y pomada en todos los moratones de mi pobre cuerpo golpeado. Aunque no veía su cara, era evidente que estaba realmente contrariado por lo que me habían hecho pasar aquellos dos animales. Cuando acabó de curarme, me dijo en voz muy baja:

-Vístete, perrito, y vete a casa. Intenta dormir algo y mañana tómate el día de descanso. No vuelvas por aquí hasta que yo te avise, ¿entendido?

-Sí, Amo -dije, apenas sin voz. Me vestí y marché a mi casa. Casi no había un centímetro de mi cuerpo que no me doliera terriblemente, aunque lo peor eran mis testículos, que se habían llevado la peor parte. Me pregunté si habría quedado estéril, aunque no era algo que me preocupara especialmente. Nunca pensé tener hijos.

A pesar del dolor, estaba tan agotado que dormí hasta el mediodía. Pasé la tarde descansando y tratando de recuperarme, mientras mil sentimientos abrumaban mi mente. A eso de las 8, recibí un mensaje de Tony, que requería mi presencia en su casa. Allí me fui, aún dolorido y, sobre todo, temblando de miedo, pero afortunadamente, cuando llegué, los dos crueles moteros ya se habían marchado.

Iba a adoptar mi posición, pero Tony me hizo levantar y me dijo:

-Perrito, ayer te portaste muy bien, y estamos realmente orgullosos de ti. Hoy queremos recompensarte. Así que dinos, ¿qué te gustaría hacer? Con toda libertad.

No lo dudé:

-Desearía… desearía adorar sus cuerpos, Amo

Ambos sonrieron y, sin decir nada más, se desnudaron. Pasé la siguiente hora tocando y lamiendo aquellos dos corpachones como si la vida me fuera en ello. Pasé mi lengua por sus sobacos, por sus gigantescos bíceps, sus increíbles piernazas, sus dedos de las manos y de los pies, sus plantas, sus pezones, sus ingles, sus huevos, incluso su culo… no dejé un solo centímetro de aquellos magníficos cuerpos sin adorar. Me sentí como si estuviera en el cielo, y pensé que el terrible rato de la noche anterior había merecido la pena. Ellos me contemplaban con hilaridad, disfrutando de verme tan absolutamente embriagado en su adoración.

Tras aquella experiencia, nuestras vidas volvieron a la normalidad. Afortunadamente, mi cuerpo se recuperó totalmente y no me quedaron cicatrices ni marcas. Aquellas dos bestias, a pesar de todo, sabían lo que hacían. Después de unos cuantos días con nuestras habituales rutinas, maravillosas rutinas para mí, una mañana me llevé una sorpresa. Había recibido un mensaje en mi móvil. Era de mi amigo Raúl, que me anunciaba que él y otro de mis amigos, Luis, iban a venir a visitarme el próximo fin de semana. ¡El corazón me dio un vuelco! ¿Cómo iba a gestionar aquello?

Continuará?...


Licencia de Creative Commons

El bar del pueblo 5 es un relato escrito por Jorge Jog publicado el 11-07-2022 09:53:04 y bajo licencia de Creative Commons.

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